El pacto de las sombras (Inspectora Julia Arrondo 3) Pamplona, junio de 2024
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Pamplona, junio de 2024

El VIP Lady’s estaba a rebosar. Era viernes por la noche y los fieles al burdel daban rienda suelta a su lascivia y su cartera.

Milagros gritaba órdenes a las camareras, pitillo en boca, desde el fondo de la barra.

De vez en cuando ayudaba sirviendo las co pas que se acumulaban.

El verano estaba tocando a las puertas y las ganas de juerga y las inminentes pagas extra llevaban al club jornadas de trabajo intenso, tanto en la planta baja como en el piso superior.

Aguirre enarbolaba su ron con limón desde una esquina privilegiada, cerca de Milagros.

Distinguió a un par de socios de Ardandegi, la sociedad de Rufino, hablando con dos chicas a las que les triplicaban la edad.

También se fijó en un exjugador de fútbol y un empresario del sector alimentario que habían entablado conversación con sendas mujeres sentadas sobre sus rodillas.

A diferencia de otras ocasiones, aquel ron se le estaba atragantando .

No podía quitarse de la cabeza las continuas discusiones con Beloki.

Le ponía de los nervios la aparente necesidad del subinspector de demostrar que era igual o mejor que Julia .

Que no necesitaba ayuda. Que las líneas que él marcaba en la investigación eran las únicas válidas.

—Te voy a soplar algo de confeti, a ver si te animas —se burló Milagros mientras secaba un vaso de tubo con un trapo demasiado sucio.

Aguirre sonrió con sarcasmo y siguió mirando el fondo de su vaso.

—¿Quieres que llame a Tábatha?

—No, gracias. —No podía dejar de darle vueltas a algo. De pronto, se puso de pie con determinación—. Ahora vengo.

Milagros lo observó salir del local. El segundo y medio que la puerta permaneció abierta hizo agazaparse a todos los hombres del local. Sonrió, satisfecha, como quien observa a las cucarachas huyendo de la luz.

Aguirre recorrió los escasos metros que lo separaban de la gasolinera contigua. Entró a la tienda y se dirigió al mostrador. Había un chico con el pelo rapado y un pendiente de aro plateado en la oreja. Estaba reponiendo unos sándwiches en la neverita junto a la caja.

—Buenas noches —saludó—. Policía Foral.

El chico puso los ojos en blanco mientras lanzaba el último sándwich con poca gana en una balda del frigorífico. Aguirre le mostró la identificación.

—Quiero saber si conserváis las grabaciones de las cámaras de ahí fuera.

—Claro. Pero solo tenemos las de los últimos treinta días.

—¿Seguro? —resopl ó.

—Míralo tú mismo. Ya nos cayó un puro la última vez por no haberlas borrado a tiempo. A  ver si os aclaráis.

—Vamos.

Pasaron a la trastienda. El muchacho observaba con desconfianza a Aguirre, que apestaba a alcohol y tabaco.

El agente también lo vigilaba de reojo mientras encendía un ordenador.

En la pantalla se vio cómo el chico abría una carpeta que rezaba cámaras .

Tenían cinco repartidas por la gasolinera: dos fuera, dos en la tienda y una que apuntaba directamente a la caja por detrás.

Seleccionó las dos cámaras de fuera y fue haciendo clic en todas las grabaciones de ese año, divididas por meses.

Las carpetas estaban vacías. Solo tenía las imágenes de los días que habían transcurrido en ese mismo mes.

— ¿Contento?

—No mucho.

—¿Desea algo más? —pregunt ó el chico con retintín.

—Ponme un paquete de Camel, ya que estás.

—No vendemos tabaco.

—Vale . Buenas noches —replicó, enfadado.

El joven observó a Aguirre perderse de nuevo en dirección al burdel. Al entrar fue directo al fondo de la barra, donde seguía su copa intacta. Milagros no estaba allí, pero la puerta de su despacho estaba entreabierta.

Aguirre no pudo evitar echar un vistazo. Entonces cayó en la cuenta.

Entró como un torrente en la oficina de la meretriz y cerró la puerta tras de sí.

—Mila, me tienes que hacer un favor.

—Yo ya no estoy para esos trotes. Elige a otra cualquiera y déjame en paz.

—Que no digo eso, coño, no te ofendas. Las cámaras — dijo señalando las distintas imágenes en las pantallas del despacho . Parecía un pequeño control de realización—. ¿Cada cuánto borras las imágenes?

—Yo no pongo cámaras en las habitaciones , si es eso lo que insinúas.

—¿Cada cuánto borras las imágenes? —repitió.

La mujer enrojeció.

—Cuando toca.

—Que no te voy a llevar presa, hostia . Tienes una cámara que apunta a la calle, ¿verdad?

—Sí.

—Dime que tienes las grabaciones de hace meses.

Milagros callaba.

—No te voy a amonestar. Al contrario —presionó, impaciente.

—Déjame que mire. ¿Cuál dices?

Aguirre señaló a la cámara 9.

Mila estuvo un rato mirando su pantalla. Apretaba tanto el pitillo que tenía entre los labios que el filtro se había vuelto plano del todo.

—¿Qué fecha necesitas?

—Febrero.

—¿De este año o del pasado?

—De este, joder. ¿Es que aún tienes las del año pasado?

Milagros hizo unos cuantos clics sin responder.

—¿Qué día?

—El 3 de febrero.

Mila asintió, mientras daba una larga calada.

—Aquí la tengo.

Aguirre saltó hacia la madame y estrujó su enjuto cuerpo entre los brazos .

—La mejor. Te has librado de una buena.

—¿Yo? ¿Por?

—Contenta con que no te denuncie por guardar todo desde hace más de un año.

—Serás cabrón. Anda, toma y déjame en paz. —Grab ó una memoria USB y se la tendió.

Aguirre volvió a estrujarla.

—Esto hay que celebrarlo.

—Venga, que te invito a una.

Los dos salieron del despacho. Aguirre guardó el USB en el pantalón y se sentó en la barra. Sonreía feliz, pensando en la revancha que iba a darle a Beloki en sus propias narices. Unos dedos finos y morenos le acariciaron el pecho desde la espalda.

—Hola, mi rey —reconoció la voz melosa de Tábatha.

El agente se giró y la observó de arriba a abajo. Meditó un momento y dejó escapar una sonrisa lobuna.

—¿Estás ocupada?

—Para ti siempre tengo tiempo —replicó mientras le estiraba del brazo en dirección a las escaleras.

Milagros se encargó de que aquella noche corriera de su cuenta.

Iba a salirle mucho más barato aquello que la multa por no haber borrado las grabaciones .

Envío tres rondas de copas a la habitación sin que nadie se lo pidiera.

Pasadas las seis y media de la mañana, Aguirre bajó de vuelta, con el pelo desaliñado , los ojos vidriosos y unos andares dignos de un niño de tres años.

—No irás a conducir ahora, ¿ verdad? —le preguntó Mila.

—No creo que me paren —bromeó, ufano, sacando la identificación policial.

—Guarda eso , idiota. Que al final me vas a buscar un l ío.

—Mila, eres la mejor. Gracias. —Le echó un beso desde la distancia.

La madame suspiró y se metió en su oficina.

El burdel seguía lleno a aquellas horas.

Algunas eran las mismas caras que al inicio de la noche, otros, nuevos integrantes.

Aguirre salió al exterior y una súbita bocanada de aire frío le sacudió en la cara.

La noche comenzaba a despedirse y las primeras luces del alba teñían de rosa y de naranja el cielo frente al burdel.

Subió al coche y se observó a sí mismo un momento en el espejo retrovisor. Daba auténtica pena.

Recuperó una vieja botella de agua de debajo del asiento y le dio un par de tragos. Hizo unas gárgaras antes de tragarla. Volvió a mirarse en el espejo.

El cristal le devolvió la misma imagen, solo que con unos hilillos de baba cayendo por las comisuras de los labios.

Se palpó el bolsillo trasero del pantalón y sonrió satisfecho al notar el USB .

Carraspeó un par de veces, arrancó y se dirigió a casa.

Las luces de la ciudad y los focos de los coches ejercían un extraño efecto caleidoscópico que lo despistaban un poco .

Llegó con cierta dificultad y la cabeza abotargada a su garaje.

Tomó el ascensor y subió hasta el rellano.

Se pegó casi medio minuto intentando encajar las llaves en la cerradura, maldiciendo el escándalo que estaría montando hacia dentro de casa.

Lo último que quería era despertar a Elisa. Su objetivo era escurrirse en la cama con sigilo y despertarse dentro de un par de horas.

Pero la vida tenía otros planes.

Al entrar en casa, Elisa estaba de pie en el salón, con los ojos rojos. Parecía haber estado llorando. Lo miró con desprecio cuando vio el estado en el que llegaba.

—Llevo una hora llamándote al puto móvil —escupió.

—Lo… lo tengo apagado. No me había dado cuenta —se excusó, sacándolo del bolsillo y mostrando la pantalla.

Silencio.

—Das pena — dijo ella, cabeceando, derrotada—. Y no estoy dispuesta a pasar otra vez por esto.

—Yo…

—Dúchate, anda — cortó—. Tienes que ir a la comisaría. Han llamado al teléfono fijo. Llevan intentando localizarte un buen rato.

— ¿Qué? ¿Por qué…?

—Beloki ha muerto.