El pacto de las sombras (Inspectora Julia Arrondo 3) Señorío de Elío, junio de 2024
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Señorío de Elío, junio de 2024

Lucía intentó mantener los ojos abiertos. Lo intentó muy fuerte.

No pudo.

Sentía la cabeza desconectada del resto del cuerpo, como si los circuitos que enviaban órdenes a sus músculos hubieran sido seccionados.

Después de varios minutos de lucha, logró parpadear.

Se vio a sí misma sentada en una silla. Atada. Con bridas en las muñecas.

Le costó procesar esa información. Era como si estuviera viendo una de sus películas. Quizá estaba en un set. No recordaba con claridad haber llegado allí.

La cabeza le daba vueltas. De pronto, le sobrevino una arcada.

Un súbito torrente de vómito salió disparado de su boca, des controlado.

Comenzó a toser. Eso la espabiló un poco, aunque le irritó bastante la garganta.

Abrió más los ojos, al tiempo que to maba conciencia de la situación.

No estaba en un rodaje. Era real. Y había algo en aquel lugar que le resultaba tan familiar como in quietante.

Estaba en una habitación antigua que tenía una lámpara de flecos de color burdeos colgando del techo.

Tenía una silla de ma dera delante y las paredes lucían un papel desconchado.

Las contraventanas, cerradas , impedían el paso de la luz, pero la estancia contaba con una iluminación tenue que provenía de la puerta entreabierta a su espalda.

Carla.

El señorío de Elío.

Sintió un chispazo al recordarse a sí misma en el banco de piedra, observando cómo el jardinero regaba las plantas mientras ella tomaba un té helado.

El jardinero. El té .

Tosió un poco más. No sabía si aquello había sucedido hacía una hora, o un día.

De repente, oyó un ruido. Era alguien gruñendo, haciendo un gran esfuerzo físico , como si estuviera arrastrando un saco. El sonido provenía del patio y se colaba por toda la corrala.

Lucía contuvo la respiración. Las ganas de toser. Otra arcada.

Hizo un esfuerzo por dominar su propio vómito antes de volver a montar una escandalera. La mezcla de fluidos y bilis le quemó la garganta y le produjo una tos reprimida a duras penas que le hizo expulsar parte de aquel líquido por la nariz.

Al menos había logrado que no se escuchase mucho.

Un portazo a lo lejos. Un vehículo. El ruido de un motor.

Su cerebro hizo la sinapsis más pertinente en aquel momento: tenía que escapar.

Su cuerpo recibió el chute de adrenalina reservado para situaciones extremas.

Observó a su alrededor, y a sí misma. No había ningún objeto en el cuarto, y estaba atada a una silla de madera antigua. Tenía los pies sueltos.

Podía ponerse de pie. Intentó incorporarse, pero le resultaba muy complicado.

No contaba con muchas fuerzas y la silla te nía un asiento bastante ancho.

Al tercer intento, lo logró. Estaba en una posición bastante incómoda, con las rodillas ligeramente flexionadas y la silla colgando en su espalda.

Le temblaban tanto las piernas que debía pensar rápido cómo actuar.

Recorrió la habitación con la vista. No veía nada que pudiera ayudarla .

De repente, se dio cuenta de que había un espejo anclado a la pared.

Recordó una escena de acción que habían rodado dos años atrás.

Se observó a sí misma un segundo en el espejo.

Tenía vómito por el pecho, el cuello y las mejillas.

El pelo enredado. Los ojos irritados. Estaba horrible.

Pero pudo ver el tipo de silla a la que estaba atada.

Y sabía que no aguantaría un par de envites.

Tomó aire y lo expulsó , tratando de sujetar el miedo e infundirse ánimos.

Se puso de medio lado y se concentró. Sabía que aquello iba a doler.

Tomó un pequeño impulso, como si fuera a saltar, solo que se enfocó en poner el cuerpo de medio lado.

El impacto contra el suelo le causó un dolor agudo en el hombro, tanto que no pudo evitar dejar escapar un grito y varias lágrimas.

Sintió algo deslizarse por el brazo, puede que sangre caliente. Algunas astillas se le habían clavado en la piel y el codo le palpitaba mientras comenzaba a hincharse.

Respiró un par de veces para tratar de calmarse. Solo se había desprendido una pata . «Voy a necesitar más fuerza», pensó. Tomó aire de nuevo . Era consciente de que aquello la podía dejar malherida, pero no tenía otra opción. Cogió impulso y repitió la operación .

Esta vez gritó de dolor. Pero mereció la pena.

El respaldo de la silla se había soltado de la base y era posible que se hubiera hecho una fisura en el hombro.

Pero había logra do desprenderse de su cárcel .

Las muñecas, unidas aún al respaldo por las bridas, le dejaban la opción de sacudirse la pieza de madera hasta librarse del todo de ella.

Sollozando, terminó de liberarse. Ahora estaba de pie, con bridas en sendas muñecas, pero con ambas manos libres.

Miró a su alrededor. No sabía dónde estaban su bolso ni sus pertenencias.

Salió lo más rápido posible de la habitación y se dirigió a la galería.

No podía correr, tenía los músculos aún dormidos y el dolor comenzaba a pasarle factura.

Comprobó que efectivamente estaba en Elío.

Recordó el día de la fiesta y se ubicó a sí misma en el palacio.

Solo tenía que bajar hacia el patio y salir.

Podría ir corriendo por la carretera hasta el pueblo de Etxauri, a apenas unos cientos de metros de allí.

No dejó de llorar ni un momento mientras buscaba las escaleras de acceso al patio. Se había hecho daño en una pierna también, pero no fue consciente hasta que intentó caminar más rápido.

Encontró el acceso al piso inferior y bajó cojeando los peldaños de madera. Recordó que su coche estaba aparcado allí dentro , pero, sin las llaves y en aquel estado, no podría conducir.

Cerca de la puerta de entrada, oyó pasos al otro lado.

Se paralizó. No podía quedarse allí dentro . Pero salir en aquel momento era exponerse.

Miró de nuevo al patio. Había otro acceso lateral al edificio, el que había utilizado para entrar con el coche.

Corrió lo más rápido que pudo hacia la otra salida.

Empujó la enorme puerta de madera, controlando sus sollozos ansiosos y su respiración entrecortada.

Logró hacer el hueco suficiente como para huir.

Una bocanada de aire caliente le dio en la cara .

Estaba comenzando a caer el sol, pero el bochorno todavía se hacía notar.

Delante de ella estaba el jardín donde días atrás Javier y ella habían estado tomando algo con Carla.

El jardín terminaba en un pequeño murete derruido y parecía alongarse hasta el infinito con el prado anexo.

Sin pensarlo, echó a correr. Las lágrimas atravesaban sus ojos y salían disparadas hacia las sienes mientras iba tomando velocidad.

Oyó gritos a sus espaldas.

La habían descubierto.

Tenía que pensar rápido sus opciones.

No podía volver hacia la carretera. La interceptarían fácilmente.

Sus pies volaban prado abajo, en dirección al río.

De pronto, vio una cancela que guardaba un corral de ovejas. Los animales pastaban tranquilamente, apretujados , ajenos a la urgencia de Lucía.

Sin pensarlo, atravesó la valla y se agazapó entre ellos. Temblando, valoró qué hacer.

No sabía a lo que se enfrentaba. Pero era consciente de que solo iba a tener un último intento de escapar con vida.