El pacto de las sombras (Inspectora Julia Arrondo 3) Tortura, junio de 2024
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Tortura, junio de 2024

Pero había algo en la recámara de su pensamiento que no le daba tregua.

Los abusos en el internado de Izarra, la trama corrupta con los terrenos del balneario, el testamento de Victoria…

Estaban destapando algo. Eso le decía su instinto mientras su cabeza le daba vueltas a lo que José Luis Castañeda le había contado sobre su hija.

Un detalle concreto le escamaba .

A Carla la tacharon de loca. La enviaron a un psiquiátrico. Y ellos mismos habían denunciado al centro a favor de la joven, pero no había prosperado.

Mientras rumiaba todo aquello vio el desvío indicado.

Salió de la autopista en el último momento.

Recorrió un par de k ilómetros por una carretera que pedía a gritos un nuevo asfaltado hasta que llegó a Tortura.

Sabía que se trataba de la localidad que buscaba gracias al GPS , pero no había ni un solo cartel que así lo confirmara.

Es más, aquello no podía ni siquiera denominarse «localidad».

Se trataba de un conjunto de tres casas y una ermita diminuta, dispuestas en un espacio de menos de un kilómetro cuadrado.

Aparcó el coche en la única calle, una pista asfaltada cuesta arriba de unas pocas decenas de metros que desembocaba en la iglesia.

Una mujer faenaba con una azada en el terreno circundante de una casa.

A juzgar por el ritmo y la intensidad de la labor, la señora llevaba empleando aquella herramienta desde mucho antes de que Ozcoidi naciera.

El joven se apeó del vehículo. Ella levantó la cabeza y lo observó extrañada, como si fuera el primer ser humano que veía desde hacía mucho tiempo.

—Buenos días. Soy Víctor Ozcoidi, de la Policía Foral de Na varra.

La mujer puso los brazos en jarra y se secó el sudor con un pañuelo. Tenía el pelo corto, apenas unos centímetros de cabellera. Llevaba puesta una bata de cuadros azules a modo de casulla. Las manchas de tierra la delataban como su uniforme de trabajo diario.

—¿Policía de Navarra por aquí? Ay, mi madre.

—No es nada, solo quiero hacerle unas preguntas sobre sus vecinos —sonrió.

—¿Qué vecinos? —preguntó, extrañada, mirando a su alrededor.

—Tengo entendido que aquí vivía Pedro Zabalburu.

La mujer torció el gesto.

—El cura pedófilo.

Ozcoidi se sorprendió con una respuesta tan a las bravas.

— Quería saber si le conocía, o si puede contarme algo sobre él.

—Pues poca cosa le puedo decir. Lo que sabía ya se lo conté a la Ertzaintza. Que vivía en esa casa de ahí y que no se relacionaba con nadie.

Esta vez fue Ozcoidi el que miró a su alrededor.

—Ahí vive mi hermana —señaló la mujer hacia la tercera casa—. Que no hablaba ni con mi hermana ni conmigo, vamos. Y mejor. No queremos saber nada de gentuza como esa.

—¿Sabe cómo o cuándo desapareció?

Ella negó con la cabeza.

—¿No vio ningún comportamiento fuera de lo habitual? ¿Algo distinto que le llamara la atención? Seguro que aquí… aquí están muy tranquilos. Tranquilas —matizó.

—El tiparraco se pegaba todo el día en casa.

Solo salía una vez por semana para hacer la compra en Vitoria y como mucho a pasear por aquí cerca.

Me enteré de que lo habían encontrado cuando vino la Ertzaintza a preguntar.

Ya decía yo que el coche llevaba parado varias semanas en el mismo sitio. Lo único…

Silencio.

—Lo único distinto que puedo contarle es que hace unos meses tuvo visita. Una furgoneta blanca.

—¿Se fijó en la matrícula?

La señora negó en rotundo con la cabeza.

—Era mediados de febrero, más o menos. Me acuerdo porque acababa de volver de casa de mi otra hermana después de pasar unos días fuera por Santa Águeda.

Me extrañó porque escuché el ruido de un motor cerca de la hora de cenar y ya ve que por aquí solo se pasa si se viene de propio.

Me asomé a la ventana de la cocina, pero con el agua que caía no se distinguía mucho.

Por la mañana ya no estaba. No sé si fue un amigo que se quedó a dormir. O una amiga —sugirió con malicia .

—Está bien, muchas gracias. Si recuerda algo más, no dude en llamarme —dijo Ozcoidi, tendiéndole una tarjeta.

La mujer la cogió, desconfiada. La observó por las dos caras y se la guardó en el bolsillo.

—¿ No va a preguntarme nada más?

—¿Tiene algo más que contarme?

—No —replicó, decepcionada—. Bueno, ¿quiere llevarse un par de calabacines?