El pacto de las sombras (Inspectora Julia Arrondo 3) Pamplona, junio de 2024
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Pamplona, junio de 2024

Beloki ató con fuerza los cordones de sus botas de monte.

Era una de sus escasas pasiones. Le encantaba salir en largas marchas los fines de semana libres junto al club de montaña.

Otras veces prefería ir solo. Más que un hábito era una necesidad, su momento de desconexión en la naturaleza y lo más cerca que había estado de conectar consigo mismo.

Por eso, en momentos de tensión como aquel, intentaba aprovechar cada hueco disponible para alejarse de todo.

—¿Al monte a estas horas ? —preguntó Nekane, al verlo a punto de salir con el pantalón de trekking , las botas y las gafas de sol.

—Sí, creo que me voy a dar una vuelta cerca de Etxauri. Volveré para cenar.

—Compra pan —le pidió ella, despidiéndose con un escueto beso en la mejilla.

Beloki planeaba pasar por el señorío de Elío y ver si Carla o Juan andaban por allí.

Tenía varias conversaciones pendientes con uno y otro que podrían ayudar a hacer avanzar la investigación.

Ir de esa guisa le permitía fingir un encuentro casual y dar una vuelta por la peña de Etxauri después para oxigenar la mente de cara al fin de semana.

Salió del garaje esquivando el trasiego de los vecinos, que se habían lanzado a las calles aprovechando aquel clima.

Era viernes por la tarde y aún quedaban varias horas hasta el anochecer.

Animado, tomó la circunvalación de salida de Pamplona.

Decidió ir por una ruta alternativa, aunque igual de bonita.

Optó por la autovía A-12 en dirección a Estella y disfrutó del paisaje de los primeros campos de cereal que comenzaban a pintar sus crestas doradas.

El sol, mientras tanto, daba una pequeña tregua huyendo poco a poco hacia la línea del horizonte .

Enseguida cogió la salida hacia una carretera secundaria y subió el volumen de la radio.

Serpenteó en las curvas de aquella vía desierta que discurría paralela al río Arga.

A cada lado se abría un prado de un verde distinto, un campo repleto de flores de colza y otros con rebaños de vacas pastando tranquilamente.

Si no hubiera discutido antes con Aguirre, aquel habría sido un momento bastante placentero.

No podía quitarse de la cabeza la mezcla de rabia y desasosiego que le causaba el comportamiento de Aguirre.

Sabía que no estaba bien, que se sentía incómodo recibiendo órdenes suyas, pero necesitaba entender hasta qué punto era algo que él mismo estuviera provocando.

Apretó el volante con las manos y chasqueó la lengua.

Había intentado evitarlo, pero tenía que sentarse a hablar con él.

Decir las cosas de frente . Aclarar lo que fuera necesario.

Sabía que Ozcoidi tenía razón . El muchacho estaba sufriendo de lo lindo viendo la guerra que se había instaurado entre sus compañeros.

Tenía razón en que no solo estaba afectando a la relación, sino también a la investigación.

Se prometió que el lunes se sentaría con Aguirre. El fin de semana iba a darles tiempo de sobra para meditar y enfriar un poco la bronca.

Beloki divisó el cartel del desvío hacia Belascoáin.

Apenas unos metros después, aminoró la marcha.

Estaba pasando justo delante del balneario que había pertenecido a la familia de Rufino y que el Gobierno de Navarra había expropiado años atrás .

Parecía estar congelado en el tiempo. La construcción databa del primer tercio del siglo xix y se conservaba intacta.

Constaba de tres pisos con planta en forma de L, similar a un enorme caserío, y de una capilla anexa.

Ambos edificios estaban rodeados por una campa con una pequeña fuente circular y unos jardines sorprendentemente bien cuidados.

Al fondo, entre los árboles, se veía una caseta junto al río.

Beloki supuso que aquello era la estación termal que servía las aguas mineromedicinales a todo el complejo.

El balneario le recordó que aún tenía pendiente pedir la orden a Hornillos, así que decidió saldar aquello cuanto antes.

Localizó el número del juez en la agenda y llamó.

—Joder, Beloki , que no son horas —saludó el magistrado, con la voz cavernosa.

—Para nosotros la rueda no para, señoría —replicó el subinspector.

—¿Qué se te ofrece? —Su voz tenía un tono de ligera desgana.

— Necesitamos pedirle una orden para pinchar el teléfono de Jesús María Ochoa.

—¿Jesús Mari? ¿Estás loco? ¿Por qué?

Beloki resopló por la nariz.

—Hay… ciertos indicios que le vinculan de manera muy estrecha con Rufino.

—Coño , es normal, eran amigos, de la misma sociedad.

—Ya , la cuestión es que hay una serie de mensajes que si se filtraran a la prensa serían terribles para el consejero. Tendría que dar muchas explicaciones. Y no queremos citarle para declarar de manera presencial en comisaría. Sería un escándalo.

Hubo un silencio al otro lado de la línea .

—¿Me está extorsionando, subinspector?

Beloki meditó su respuesta dos segundos.

—Para nada.

—Bien… Envíame el impreso con la solicitud e intentaré darle salida cuanto antes .

—¿No podríamos saltarnos esa parte? Ya que…

— Hay que hacer las cosas bien, ¿no, subinspector? No nos gustaría que un fallo procedimental echara por tierra alguna prueba de cara a un posible juicio.

—Así es, señoría —coincidió después de un breve silencio—. Le envío el documento ahora mismo.

—Gracias —colgó.

Beloki sabía que Hornillos pondría sobre aviso a Jesús Mari.

Pero para llegar hasta él todavía podían dar un pequeño rodeo.

Siguió conduciendo un par de minutos más hasta que visualizó la puerta del señorío de Elío.

Había un tractor y varios aperos de labranza en el exterior aparcados junto a una furgoneta blanca.

Beloki maniobró como pudo para encajar su vehículo en el escaso sitio que quedaba.

Sacó su teléfono móvil y buscó en su correo la plantilla de solicitud para el juez que tenía preparada para estos casos.

Redactó rápidamente el objetivo de su petición y cumplimentó los nombres.

Solo que esta vez no incluyó únicamente el nombre de Jesús Mari, sino que añadió al documento el de Miguel Ángel López de Haro, el notario.

Puso a Aguirre y Ozcoidi en copia y cruzó los dedos mientras presionaba el botón de enviar.

Satisfecho, se guardó el teléfono y salió del coche. La tarde continuaba su marcha apacible, con el zumbido de los insectos llenando el aire.

Beloki se dirigió a la puerta del palacio y tocó la argolla.

—¿Hola? —preguntó, a voz en grito.

No obtuvo respuesta.

Esperó unos segundos y repitió la operación.

Nada.

Suspiró, desencantado. Quizá estaban haciendo algún recado.

Decidió rodear el edificio. Recorrió un camino de tierra que lo llevaba a uno de los laterales, donde había una gran puerta.

Estaba abierta.

Sabía que podía meterse en un lío, pero optó por entrar a curiosear. Puso un pie en el interior, con sigilo.

—¿Hola? —gritó de nuevo desde el patio, alertando de su presencia.

Esta vez oyó pasos en la galería abierta del piso superior.

—¿Carla? Soy el subinspector Beloki, de la Policía Foral .

Silencio.

Los pasos continuaron hasta que cesaron de golpe .

Beloki estaba en medio del patio, observando a su alrededor .

Había una manguera de la que todavía salía un pequeño reguero de agua.

Las flores y macetas estaban mojadas, recién regadas.

Y un vaso con restos de hielo y hierbas reposaba sobre un banco.

Era una escena que en cualquier otra ocasión le hubiera transmitido calma.

Solo que en aquel ambiente había algo que no encajaba.