El pacto de las sombras (Inspectora Julia Arrondo 3) Colegio Izarra, 1990 #4
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Colegio Izarra, 1990 #4

Los días posteriores fueron extraños. Hubo una misa por Beatriz en la capilla del colegio a la que los padres no asistieron.

Ningún padre. Los de Bea decidieron incinerar a su hija y hacer un sepelio en Santander dirigido solo a los familiares más cercanos.

El sacerdote de Izarra recordó lo buena alumna que era, lo cariñosa, lo benevolente.

Carla solo tenía ganas de vomitar. Ni siquiera sentía rabia.

El cuerpo aplastado de su amiga contra el cemento la atormentaba.

A la salida de la capilla, el grupo de chicos con el que habían hecho la ouija murmuraba cerca de un seto, observando a Carla, que aquellos días vagaba como un simple cascarón vacío. Uno de ellos se aproximó, con el ceño fruncido.

—Todo esto es por tu culpa. No cerraste la sesión. Te fuiste sin despedirte del espíritu y ahora todos estamos malditos .

Ella recibió aquello con la mirada vacía.

—No es verdad.

—Sí es verdad. Y este lugar está maldito para siempre.

De vuelta a la habitación, el silencio entre Lucía y ella era abismal. Las niñas apenas hablaban. Se limitaban a compartir el espacio y poco más. Lucía también estaba revuelta. Ninguna de las dos sabía cómo hablar sobre lo ocurrido, pero esta vez fue Lucía la que dio el primer paso.

—Carla… Quiero… quiero contarte una cosa. Me siento fatal y necesito sacarlo.

Carla estaba haciendo los deberes en su escritorio. Era una tarde en la que la luz dorada bañaba la habitación. Soltó el lápiz y miró a Lucía, esperando sus palabras.

—Yo … yo sabía lo de Bea.

—¿Qué?

Silencio.

—Que yo sabía lo que le estaba pasando a Bea. La vi varias veces con… con Pedro… Yendo o viniendo del establo.

Carla sintió su corazón latir con fuerza.

—¿Y por qué no dijiste nada? ¿Por qué no me dijiste nada a mí? —Arrastró la silla con furia para ponerse de pie.

—Creía… creía que eran cosas mías. Y como Bea no decía nada… No sé…, no quería armar jaleo en el cole —pronunciaba aquellas palabras con tiento, con miedo.

Carla no lo meditó. Lo sintió en las tripas.

Se abalanzó sobre Lucía y comenzó a abofetearla en la cara. Tenía todo el cuerpo sobre ella, en el suelo, mientras la chica intentaba cubrirse. Las dos lloraban. Los gritos alertaron a las compañeras en el pasillo, que entraron a la habitación y trataron de separarlas.

Carla estaba fuera de sí. Lucía se agazapó en una esquina, asustada. Los profesores no tardaron en llegar. Las separaron y las pusieron en habitaciones diferentes aquella noche. A Carla volvieron a darle un tranquilizante. Pero, en cuanto el efecto se disipó, intentó volver a agredir a Lucía.

Al amanecer, lo que quedaba de la quebradiza mente de Carla hizo un último esfuerzo por denunciar la situación de Beatriz.

Se dirigió a la sala de profesores y les gritó lo que ya sabían, lo que todos los alumnos comentaban por el pasillo.

Pedro Zabalburu estaba pasando unos días en casa por recomendación del claustro.

Carla lo buscó con la mirada en aquella sala y, al no encontrarlo , se supo derrotada.

El director del internado lo tuvo claro.

Ordenó al médico del complejo que examinara a Carla.

Después de una mañana de pruebas físicas y psicológicas, tubos de ensayo, análisis de sangre, pastillas y muchas preguntas, la chica estaba exhausta.

Tanto el médico como la enfermera que la estaban evaluando parecían simpáticos y preocupados de verdad por ella.

—Carla, necesitamos anotar una última cosa. —El m édico hizo una pausa—. ¿Qué crees que le pasó a Beatriz?

Su respuesta llegó cargada de hastío.

—Que se suicidó. Se suicidó porque un profesor estaba… le hacía cosas malas.

—¿Cómo puedes saberlo?

—Los vi. Y ella me lo dijo.

El médico observó a la enfermera.

—Que los viste, ¿dónde?

—En los establos. —La chica se agarró del pelo, al límite por repetir todo el tiempo lo mismo.

El médico la miró unos segundos, dio unos toquecitos con el boli en el papel y continuó.

—Tu compañera de habitación nos ha dicho que a veces hablas sola. Cree que ves cosas donde no las hay.

Carla se quedó rígida.

—No es verdad. Yo no… —cambió a un tono más desesperado—. Lucía también sabía lo de Beatriz. Pueden preguntarle.

—Lo hemos hecho. Lucía dice que no sabe nada. Y que está preocupada por ti. Por lo que tú puedas hacerle. Por lo que puedas hacerte a ti misma.

Carla apretó los ojos y dejó escapar un par de lágrimas.

—No es cierto —murmuró.

—Vamos a hacer una cosa —propuso el médico, como si hubiera encontrado una solución repentina a todos los problemas—. Vamos a trasladarte a un lugar donde podrás descansar un poquito y recuperarte. Donde estarás mejor atendida. Es un centro que tiene mucha experiencia en casos como el tuyo. ¿Sí?

Ella los miró, sin entender nada. Estaba demasiado cansada para protestar. Solo quería dormir, dormir mucho, y despertarse dentro de cinco años, lejos de allí. Lejos de aquella panda de mentirosos. De abusadores. De encubridores.

—La enfermera te acompañará a la habitación a hacer las maletas.

—¿Cómo…? Mis padres… —comenzó a decir.

—Tus padres están avisados. Vendrán mañana por la mañana para despedirse.

Despedirse.

—¿A dónde me llevan?

—Es un centro muy bonito. A las afueras de Madrid, en la sierra. Est á rodeado de un bosque y tiene un jardín muy grande.

—No quiero ir. Por favor, no quiero —dijo, poniéndose en pie de nuevo.

—Sssh… Tranquila —la calm ó el médico, levantando las manos, mientras observaba a la enfermera de reojo, que llegaba por detrás con otro calmante inyectable.

Esta vez ni siquiera opuso resistencia. Ofreció el brazo mientras sollozaba en silencio y volvían a llenarlo de aquella ponzoña que la dejaba sin voz.

No recuerda cómo llegó a la habitación. Tampoco quién hizo su maleta.

Las siguientes imágenes que habitaban en su memoria pertenecían al día siguiente, en la entrada del internado, al lado de una ambulancia que iba a llevarla a Dios sabía dónde. Abrazada a la cintura de su madre, ambas lloraban. Rufino esquivaba el contacto y la mirada con su hija, avergonzado.

Los padres firmaron los papeles allí mismo, delante de ella.

Rufino con vehemencia, Victoria con resignación.

Carla fue invitada a subir a la parte de atrás de la ambulancia.

El interior era de color azul eléctrico y tenía un único asiento con amarres.

Las paredes estaban acolchadas y había una pequeña ventanita que permitía la comunicación con el conductor y el acompañante.

Lloró cuando la ataron a la butaca.

Lloró cuando vio a su madre desviar la mirada al suelo, conteniendo las lágrimas.

Lloró cuando cerraron las puertas de la ambulancia y asumió que aquella podía ser la última imagen que conservara de sus padres.