El pacto de las sombras (Inspectora Julia Arrondo 3) Colegio Izarra, 1990 #3
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Colegio Izarra, 1990 #3

—No he visto nada, pero no hace falta. Sé lo que ese hombre te está haciendo. Se lo contaremos a los profesores. A nuestros padres.

Beatriz rompió a llorar.

—Ellos no me creen.

Entonces Carla se dio cuenta de que aquella batalla se libraba desde hacía mucho tiempo. Que aquello no era una serendipia de ese mismo día ni un hallazgo fortuito. Era un pacto de las sombras que recorrían los pasillos del colegio. Una mancha de aceite que lo empapaba todo.

Esa noche se acostó sin poder pegar ojo. El viento ululaba fuera, rabioso. Deseó que el vendaval se llevara consigo todo lo retorcido, pútrido y dañino del mundo. Lucía, ajena a todo, roncaba a pierna suelta en la cama de al lado.

Los días siguientes, Carla se preguntó cómo podía ayudar a su amiga.

La esperaba en la puerta de clase tras el timbre como un perro centinela para acompañarla de vuelta a la habitación.

Pedro Zabalburu les sonreía desde la pizarra, como si nada.

Él pronto encontró otras maneras. Le pedía a Beatriz que lo ayudara a limpiar los borradores, la sacaba de otras clases con algún pretexto o le ponía tutorías particulares.

Carla supo que no podía jugar a ese juego con las mismas cartas.

Decidió armarse de valor y contárselo a un profesor. Valentín, de educación física , era algo más joven que los demás. Era muy cercano con todo el alumnado y Carla creyó que podría ser un buen aliado.

Un día, tras las clases, se acercó a hablar con él. Nerviosa, le relató con palabras confusas lo que estaba pasando.

«Pedro le está haciendo daño a Beatriz».

«Creo que él la lleva al establo a veces, otras veces la saca de clase…».

« Por favor, ayúdame a contárselo al director».

Valentín la escuchó muy serio. Al final sonrió, le revolvió el pelo con un gesto cariñoso y le pidió que no inventara ese tipo de embustes. Que podían hacer mucho daño. Que seguro que se estaba imaginando algo que no era.

—Pero ella… Beatriz me lo ha contado. Yo lo he visto .

—Basta —pidió Valentín, frunciendo el ceño.

—Por favor, ayúdala.

—Hablaré con el jefe de estudios.

Al día siguiente, en el patio, Valentín se acercó al jefe de es tudios, que estaba vigilando las canchas de baloncesto .

Se colocó discretamente a su lado, le susurró algo y mantuvieron una breve conversación entre asentimientos, rictus serio y tono quedo.

Carla observó toda la escena desde la distancia mientras continuaba con su rutina habitual de juegos.

Su corazón se iluminó con la llama de una esperanza diminuta.

Aquella tarde, después de comer, tenían clase de marquetería.

El sonido de las seguetas rasgando las finas planchas de madera llenaba el aula de un zumbido como el de cientos de insectos.

Hacían pequeños marcos de fotos para colocar en sus habitaciones.

El jefe de estudios tocó en la puerta del aula y dijo algo al oído a la profesora.

— Beatriz Castañeda y Carla Moreno. Salid conmigo.

La clase enmudeció. Todos sabían lo que significaba que el jefe de estudios te sacara del aula en plena clase.

Aquel hombre condujo a las chicas por los pasillos, en silencio. Las llevó a la sala de profesores situada en la otra ala del edificio, cerca de la capilla. Al cerrar la puerta, se sentó delante de ellas, se recolocó las gafas , abrió un cuaderno y comenzó a leer de forma casi mecánica.

—Hemos podido conocer las graves acusaciones que han sido vertidas hacia el profesor Pedro Zabalburu. Nuestro centro se basa en la excelencia a todos los niveles y queremos haceros saber que un comportamiento así es inaceptable.

Hizo una pausa.

—Hemos valorado la expulsión del centro, pero, dadas las donaciones que vuestros respectivos progenitores aportan al proyecto, queremos daros la oportunidad de rectificar y pedir disculpas al profesor.

—¿Qué? —exclamó Carla, poniéndose de pie —. ¿Nosotras? ¿Pedir disculpas?

Beatriz agachó la cabeza y comenzó a sollozar.

—Vigile ese tono, señorita. Usted ha estado en la cuerda floja.

—Ese desgraciado está haciéndole daño a Beatriz. Lo saben. No pueden no saberlo.

El jefe de estudios entrecerró los ojos.

—Vuelva a hablarme en ese tono y la sanción no solo será académica.

Carla abrió la boca. Bea no dijo nada en ningún momento.

—Espero que con esta advertencia les sea suficiente. Y ahora, vuelvan a clase.

Las chicas salieron al pasillo, en estado de shock. Carla miró a Beatriz , que continuaba sollozando, sin apartar la vista del suelo.

—Es increíble —comenzó a decir—. Esto no puede quedarse así. Voy a hablar con mi padre para que …

—¡Cállate! Todo esto es por tu culpa. No tendrías que haberle dicho nada a nadie —replicó Bea, echando a correr de vuelta al aula.

Carla se quedó plantada, enmudecida.

Aquel viernes, de regreso en Pamplona, en el coche, aprovechó la soledad del vehículo junto a su padre para pedir ayuda.

—Papá, tengo que contarte una cosa.

—Lo sé. Me ha llamado el director del colegio —replicó enfadado, sin mirarla.

Carla se dio cuenta de que estaba rodeada de una tela de araña tan entretejida que era casi imposible escapar.

—Me han dicho que tus amigas y tú estáis extendiendo rumores sin sentido por el colegio. Como me entere de que esto sigue así te meto una tunda que te dejo temblando.

Carla se estremeció. Nunca le había puesto la mano encima, pero algo le decía que no tendría reparos en cambiar eso.

Agachó la cabeza.

—Lo siento, papá . No volverá a ocurrir.

La vergüenza que su hija le acababa de hacer pasar con el claustro de profesores les pasaría factura.

Rufino agradeció que su suegra no estuviera viva para mirarle por encima del hombro.

Estaba seguro de que Fabiana le habría culpado a él por el com portamiento de Carla.

Aquella mujer estaba continuamente po niéndolo a prueba.

Se la tenía jurada desde el día en que se casó con Victoria.

Nunca lo consideró suficiente. Y puede que no lo fuera, porque su continuo idilio con el alcohol y alguna pequeña parafilia hizo que le costara más de la cuenta consumar el matrimonio y traer a Carla a este mundo.

Rufino nunca había estado interesado en tener descendencia.

Simplemente hizo lo que tocaba. Ahora se lamentaba de haber tenido que cumplir órdenes toda su vida.

De casarse con Victoria para unir fortunas y de ver crecer a una hija medio loca que no le interesaba lo más mínimo.

Se había convertido en la marioneta de sus padres y de su suegra, pero no iba a consentir que la niña lo dejara en evidencia.

Carla escuchó a sus padres discutir los dos días siguientes, día y noche. Durmieron en habitaciones separadas. Los sollozos de Victoria se oían a través del pasillo y hacían estremecerse las paredes y el corazón de Carla.

El domingo, de vuelta en Izarra, Carla se sentía desconsolada.

Se acostó pronto. Lucía estaba emocionada porque había visto en el cine una película en la que un hombre rico de Los Ángeles se enamoraba de una prostituta y la cubría de lujos.

Se durmió cotorreando sobre la actuación de Julia Roberts y lo guapísimo que era Richard Gere.

Un sonido despertó a Carla de madrugada.

Esta vez no había sensación de hielo ni sombras en las esquinas.

Se acurrucó en la cama y aguzó el oído. Quizá había sido un animal. O el viento.

Ahí estaba el sonido de nuevo.

Era un ruido metálico. Parecía que provenía de la ventana.

Se armó de valor y se destapó. Se levantó de puntillas y se dirigió a la ventana.

Un escalofrío le recorrió la espalda cuando le pareció ver una tela blanca que el viento estaba trayendo hasta su cristal.

Era la falda de un camisón.

Carla abrió la ventana con cuidado, y entonces fue cuando la vio.

Bea, con el pelo revuelto, los ojos hinchados, el pijama al viento.

Bea de pie en el alféizar, apretando los ojos, sollozando en si lencio.

— ¡Pero qué haces! —gritó y susurró al mismo tiempo . Estaba aterrorizada—. ¡Venga, entra!

Beatriz negó con la cabeza .

—No pienso entrar. Estoy cansada —dijo llorando, con el aliento entrecortado.

—¡Por favor, es peligroso! Bea, voy a llamar a los profesores —la amenazó.

—Ya no importa, Carla. Lo he intentado. Tú lo has intentado . No puedo vivir así. No lo soporto.

Beatriz dio un paso sobre la piedra.

—¡Bea, no! ¡Entra, por favor! —Carla ya hablaba a voz en grito.

Lucía se revolvió en su cama con el jaleo.

La siguiente imagen viviría para siempre en la retina de Carla. Solo en la suya.

Beatriz dio un paso al vacío y cayó desde el tercer piso.

El sonido de su cuerpo estampándose contra el suelo terminó por despertar al resto y el edificio entero se sumió en un caos de gritos, llantos y luces.

Los profesores de guardia intentaron contener al alumnado. Muchos lloraban histéricos ante la visión del cadáver de Beatriz, cuyos fluidos comenzaban a expandirse por el cemento. Enseguida cubrieron el cuerpo con una sábana mientras llegaban los bomberos, los servicios de emergencia y la policía.

Una sábana que se empapó deprisa de una mancha oscura.

Las siguientes horas fueron un baile inconexo de destellos, frío , náuseas y preguntas.

De los profesores. De la policía. De la propia Lucía.

De otros compañeros. Carla miraba, pero no veía; oía, pero no escuchaba.

Era como si estuviera debajo del agua, donde el tiempo se ralentizaba y las imágenes estaban borrosas. Apenas podía hablar.

Recordaba mirarse el antebrazo mientras un sanitario le clavaba una aguja. Pero no recordaba sentir el acero sobre la piel. Apenas un borrón de cara que le decía que aquello le ayudaría a dormir, a descansar un poco.