Colegio Izarra, 1990 #2
Y entonces Carla forzaba una sonrisa, aunque en el fondo de su corazón sentía que algo no iba bien del todo.
Carla, Lucía y Beatriz eran inseparables en aquellos días.
Algunos domingos Lucía se sumaba al viaje en coche hacia el colegio con Carla y Rufino, cuando sus padres tenían algún compromiso.
Carla y Lucía parloteaban sin descanso y, al llegar, se lanzaban directamente a buscar a Beatriz, que solía llegar un poquito antes desde Santander.
Las tres eran muy distintas. Lucía era todo energía, coraje y resolución, Beatriz era tímida, inocente y algo infantil para su edad, y Carla era la que aportaba cordura y templanza .
Cada aventura, cada trastada, cada plan, solía partir de Lucía .
Beatriz decía que sí a todo de manera automática, y Carla ponía siempre alguna condición.
—Vamos a colarnos en la sala de los profesores —sugirió Lucía en una ocasión.
Beatriz asintió, conteniendo una risita.
—¿Y si nos pillan? —preguntó Carla.
—No va a pasar nada —replicó Lucía, restándole importancia—. Como mucho nos llamarán la atención. No vamos a hacer nada malo.
Y así es como comenzaba cada pequeño apocalipsis.
Un día, cuando Beatriz pasó a buscarlas por la habitación que compartían, llegó con una propuesta que parecía increíble que hu biera salido de su boca.
—En el barracón de los chicos han quedado esta noche para hacer ouija.
—¿Qué es eso? —preguntó Carla.
—Es como un teléfono para llamar a los muertos —explicó Lucía—. ¡Qué guay!
Carla sintió como el vello de la nuca se le erizaba.
—Yo no voy —musitó.
—Venga, no seas caguica.
—Que no —negó con vehemencia.
Pero finalmente fue. Y se convirtió en un error.
De noche , se escabulleron de puntillas por las escaleras y cruzaron la cancha de baloncesto que separaba los edificios.
Escaleras arriba, en el pabellón de los chicos, buscaron la habitación indicada.
Al llegar los encontraron a oscuras, iluminados por la luz de unas velas que habían dispuesto en círculo.
Eran cinco y se daban codazos, riendo y bromeando.
—¡No gritéis! Que al final nos van a pillar —les chistó Lucía.
—Oye, que tú eres la invitada aquí. Menos humos —le advirtió uno de ellos.
—¿Cómo funciona? —preguntó Beatriz, al observar el tablero dispuesto en medio de las velas.
—Tenemos que poner todos la mano aquí —dijo uno, señalando el puntero.
Beatriz y Lucía se sentaron junto a ellos y colocaron los dedos como habían indicado. Carla se quedó de pie, quieta.
—¿Y tú a qué estás esperando?
—Yo no juego.
—No es un juego.
—Pues yo no quiero participar.
—Tienes que participar o te vas. T ú eliges.
—Pues me voy.
Lucía se levantó y la agarró por el brazo. Tiró de ella hacia el tablero.
—No nos hagas quedar como las pringadas. Si éntate.
Carla sintió un escalofrío recorrer su espinazo.
—Es que…
—Ni es que ni nada. No va a pasar nada. Solo vamos a echarnos unas buenas risas. Venga , va —sentenció, haciendo fuerza sobre sus hombros para que se sentara.
Carla claudicó. El grupo comenzó con la sesión .
—Tenéis que cerrar los ojos, poner el dedo sobre el puntero y concentraros. Dejadme a mí. —Hizo una pausa—. Hola. ¿Hay alguien ahí? Queremos hablar contigo.
El puntero no se movió. El resto de los chicos se aguantaban la risa.
—¿Hay alguien con nosotros hoy? Queremos saber quién nos visita.
De pronto, Carla notó que el puntero sobre el que tenía el dedo comenzó a moverse y sintió un reguero de electricidad en todo el cuerpo. Sus amigas respiraban ansiosas, contenían gritos de emoción. Los chicos disfrutaban del espectáculo.
La aguja se desplazó hacia el SÍ .
Todos parecían emocionados.
—¿Cómo… cómo te llamas? —preguntó el chico que guiaba la sesión.
El puntero comenzó a desplazarse lentamente.
Podría haberse dirigido a cualquier letra.
Podría haber sido cualquier otra.
Pero comenzó con la F.
Y luego siguió con la A.
A Carla le invadió el pánico. No tuvo tiempo de pensar . Solo de reaccionar.
Se levantó con un salto lanzando el tablero y el puntero por los aires.
—¿Pero qué haces? ¿Estás loca? ¡No podemos cortar la comunicación así ! —protestó el líder— ¡Puede enfadarse!
—Yo no… no puedo. Yo me voy —dijo con los ojos anegados en lágrimas.
Lucía la miraba llena de rabia. Beatriz, con sorpresa y lástima. El resto de los chicos parecían molestos. Carla corrió a su dormitorio, a su lugar seguro. Al menos, hasta ese momento.
Los días siguientes le costaron un enfado enorme de Lucía y una Beatriz un poco más distante. Lucía le decía que los chicos no pensaban invitarlas más a su dormitorio, que a ver a qué venía esa actitud de loca, que por qué se había comportado así.
Ella no se atrevió en ningún momento a decirle la verdad.
Era demasiado irreal. Demasiado doloroso. Demasiado tarde.
Aunque de morros, Lucía y Carla continuaron compartiendo habitación y aula.
Iban a clase juntas y Carla tuvo que esperar con paciencia a que Lucía fuera olvidando poco a poco el incidente.
Beatriz ocupaba la habitación contigua. Con el paso de los días, comenzó a encerrarse más en su cuarto.
Carla lo achacaba a otro enfado con ella.
Lucía intentaba sacarla de su cueva, pero la chica solía responder con evasivas.
—¿Qué narices le pasa a Bea ? Está rarísima.
Aquel fue el punto en el que Lucía comenzó de nuevo su acercamiento a Carla. Había encontrado otro frente común contra el que blandir su espada.
El día en que debían hacerse las fotos del anuario, los alumnos esperaban su turno con el fotógrafo agrupados por clases .
La instantánea se tomaba delante del altar de los jesuitas , un enorme monumento que parecía haber caído del cielo justo en la explanada de césped frente al edificio principal.
Era como un retablo de iglesia, solo que hecho de piedra y rodeado de vegetación.
Cuando le tocó a su clase, pese a las recientes desavenencias, las chicas se colocaron juntas en primera fila.
Detrás de Beatriz se situó el tutor, Pedro Zabalburu, que, un par de segundos antes de la fotografía, posó las manos con cariño sobre los hombros de esta.
A Carla no se le pasó por alto aquel detalle.
Tampoco cómo su amiga se estremecía como si la hubiera tocado un bloque de hielo.
Una de las tardes en las que Bea salía de clase y disponían de algo de tiempo libre, Carla le sugirió ir a dar un paseo por los al rededores.
—No puedo —se excusó.
—¿Por qué no? No tenemos exámenes, ni tarea.
—No puedo —repitió ella, y se marchó, sin despedirse.
Entonces Carla resolvió fijarse en todos sus movimientos .
De la habitación al desayuno, del desayuno a clase, de clase al patio, del patio a clase, y después de clase siempre desaparecía un rato.
Igual tenía nuevas amigas. Y no podía culparla, Lucía a veces era insufrible.
Pero le entristecía haber perdido a su compañera sin más explicaciones.
Igual se veía con un chico y aún no quería decirles nada.
La vigiló un par de semanas, hasta que un día se atrevió a seguirla.
Cuando sonó el timbre que anunciaba el fin de las horas lectivas, Carla se escabulló entre el reguero de niños y niñas que salían en tromba al exterior.
Vio cómo su amiga doblaba la esquina del edificio, rodeaba la capilla y se dirigía a los establos.
Aquello le extrañó. A Bea le daban alergia la mitad de los animales del mundo y no estaba apuntada a equitación.
Tenía un papelito que le había dado el médico que la eximía de aquellas clases.
Bea entró al establo y estuvo allí unos minutos. Carla se preguntó qué sería lo que hacía su amiga allí, pero no quería acercarse y que la sorprendiera espiando. Al cabo de un cuarto de hora, comenzó a oír sonidos ahogados. Le pareció distinguir pequeños gritos. Sollozos.
Carla se asustó y se apresuró hacia la cuadra.
Justo antes de llegar, Beatriz salió llorando. Andaba como si estuviera pisando brasas. Como si sintiera un dolor descomunal.
Carla se quedó paralizada de nuevo. Quiso correr a abrazar a su amiga, preguntarle qué le pasaba, pero no quería que se enfadara con ella por haberla seguido. Justo cuando decidió dar la vuelta y abordarla en la habitación, Carla vio a Pedro Zabalburu salir del mismo sitio del que había salido Bea.
La sinapsis fue inmediata.
Carla sintió un mareo repentino. Asco. Dolor.
El profesor parecía ajeno a su entorno y, sobre todo , a la presencia de Carla. Simplemente caminó con las manos en los bolsillos hasta perderse en la maleza, entre los miles de recovecos que conformaban los jardines que rodeaban el internado.
Cuando se recompuso, Carla echó a correr hacia los dormitorios. Golpeó la puerta de la habitación de Beatriz con fuerza.
Nadie abría.
Siguió golpeando, hasta que alguien al otro lado contuvo un sollozo.
—Bea, soy Carla. Sé que estás ahí. Ábreme, por favor.
—No puedo , voy a ducharme.
—Me da igual. Tengo que hablar contigo. Es urgente. Por favor, ábreme.
Beatriz titubeó al otro lado, pero finalmente abrió. Estaba temblando como una hoja, con la toalla del baño cubriéndole el cuerpo. Tenía algunas briznas de paja en la cabeza y unos moratones diminutos y redondos en torno a las muñecas.
Carla hizo como que no vio nada.
—Qué quieres —preguntó su amiga, con desgana.
Carla se sentó en la cama . Se le llenaron los ojos de lágrimas antes de hablar .
—Lo he visto. —Beatriz perdió el color en la cara de golpe—. Sé lo que ha pasado.
La chica se quedó de pie, temblando, con la toalla bien agarrada. No sabía qué responder.
Carla se levantó y la abrazó.
—Te he visto salir del establo. Y le he visto salir a él. Tienes que contarlo. Es un cerdo. No tiene ningún derecho a…
Bea la empujó con violencia.
—¡Tú no sabes nada! —gritó —. ¡No has visto nada!
Carla se quedó muda. Intentó abrazarla de nuevo, pero Beatriz volvió a zafarse.
—Te he estado vigilando. Sabía que no estabas bien. Sabía que te pasaba algo. No debes tener miedo, voy a ayudarte. Voy a contarlo todo.
—¿Qué vas a contar ? ¿Qué has visto?