El pacto de las sombras (Inspectora Julia Arrondo 3) Colegio Izarra, 1990
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Colegio Izarra, 1990

El traqueteo del coche la despertó de súbito. Era la señal de que habían tomado el desvío hacia el camino privado que llevaba al colegio. El trayecto no solía llegar a las dos horas. Quizá hora y media, sobre todo con buen tiempo.

Carla se sentía cansada y con el corazón arrugado como una bola de papel.

El funeral por su abuela la había impactado.

El ataúd abierto en medio del patio. El vestido negro de encaje, como una novia tenebrosa.

La herida en la cabeza, que habían intentado disimular sin mucho éxito.

La escenificación del rito en torno a la muerte, la primera, la más cercana.

La certeza de que jamás volvería a ver a aquella mujer a la que admiraba y temía a partes iguales.

O eso creía.

Habían depositado su cuerpo en la gélida cripta de la iglesia de San Andrés, frente al palacio de Elío.

El funeral lo había oficiado don Severino, el cura de confianza de la familia, y los asistentes al sepelio no habían llegado a la decena: Carla, Victoria, Rufino, Juan, José Ignacio, don Antonio, el alcalde de Etxauri, y dos vecinas cotillas que siempre tuvieron ganas de entrar en el palacio.

Después de dar sepultura a Fabiana, Victoria había querido quedarse a pasar la noche en el señorío.

Le prometió a su hija que la acompañaría de vuelta al cole al día siguiente.

Era habitual que Rufino llevase y trajese a Carla cada semana de Izarra, pero su madre había decidido sumarse al viaje en esta ocasión.

La familia necesitaba estar más unida que nunca.

Aquella noche Carla había elegido una habitación cercana al dormitorio de sus padres.

Ninguna estaba del todo preparada para acoger invitados.

De hecho, todas, incluso la de Fabiana, habían ido pudriéndose con el paso del tiempo y la inacción por mantenerlas en buen estado.

La abuela era terca con preservar todo en su statu quo , hacer que cada cosa permaneciera en su lugar .

Todo debía tener su sitio, su espacio. Y esos límites no debían ser traspasados nunca.

Por eso dejaba morir al palacio, antes de renovar nada.

La piedra asomaba en las paredes, como si rasgara el papel pintado desde dentro.

Era el caso del cuarto que Carla ocupaba esa noche.

La niña aguzaba el oído, atenta a los lamentos de la casa, que crujía por cada herida abierta, con la lámpara de aceite encendida sobre la mesita de noche.

Oyó algo en el pasillo.

Unos pasos justo delante de su habitación.

Asustada, tiró de la manta de lana llena de polvo, pero no le daba para taparse la cabeza . Su madre entró descalza, con un camisón de raso. Sonrió al ver a su pequeña intentando aparentar normalidad.

—Cari ño —dijo, sentándose sobre la cama y acariciándole el pelo—. ¿Crees que podrás dormir hoy?

Carla asintió, aunque no parecía muy convencida.

—Este sitio es muy diferente a nuestra casa.

Es más grande. Y la cama no es muy cómoda —rio mientras ejercía presión con una mano sobre el colchón, haciendo rechinar los muelles y moviendo el cabecero de hierro dorado—.

Pero será solo hoy . Es una manera de honrar a la abuela. Mañana iremos de vuelta al cole. ¿Sí?

—Vale —contestó la niña, con la confianza renovada.

—Si necesitas cualquier cosa, estamos en la habitación de al lado. Ahora intenta dormir .

Se despidió con un beso, apagó la lámpara de aceite y dejó a Carla en la oscuridad más absoluta, tan solo rota por la luz de la luna que se filtraba a través de una hendidura de la pesada cortina de terciopelo.

Oyó un murmullo en la habitación de sus padres.

Apenas podía percibir las palabras, pero sabía de lo que estaban hablando.

Su padre le preguntaba a su madre sobre los planes con el señorío.

Victoria quería renovar el palacio poco a poco, devolverle su esplendor.

Rufino le hablaba de vender. Era siempre la misma discusión, solo que esta vez tenían que tomar una decisión real.

La abuela ya no estaba y el legado, de una u otra manera, debía continuar.

El murmullo fue en aumento hasta que las voces cesaron.

Aquello solía terminar con papá durmiendo en otra habitación, pero en aquella ocasión no podía permitirse el lujo de moverse a otra estancia.

Habría que desempolvar mucho antes de poner a punto otra cama.

Así que Carla supuso que había claudicado en su disputa verbal, al menos hasta la mañana siguiente.

El canto de los grillos la arrulló, acompasando su respiración a la de la casa .

Al final cayó en un sueño profundo. La manta, pesada , sujetaba su cuerpo en una cavidad del colchón que se abombaba en la parte central, impidiéndole moverse.

Era como si fuera un insecto atrapado en una crisálida de lana y polvo.

El sueño duró poco. Aun dormida, sentía frío en la cara y en los dedos de los pies. Aquello la mantuvo en un estado de duermevela, luchando con su propio cuerpo por ignorar los calambres que se iniciaban en los dedos y le recorrían la pierna hacía arriba.

Un golpe seco le hizo abrir los ojos de súbito .

Parecía venir del baño. Intentó adaptarse a la oscuridad, pero no veía nada.

Otro golpe.

Cerró los párpados con fuerza. De pronto, la puerta emitió un crujido, seguido de unos pasos.

Pensó en mamá levantándose al baño. Pero era más como si alguien saliese de ahí.

Las pisadas se acercaban a su habitación.

Eran lentas, arrastradas. Se detuvieron al otro lado de la puerta.

Si era mamá, Carla no iba a abrir los ojos para comprobarlo.

Le dolían las sienes y la mandíbula intentando mantener su vista sellada.

Los pasos sonaron junto a su cama.

Sintió un frío súbito en los pies, distinto al anterior.

Un frío de mármol.

—No, no, no —susurró, como si quisiera acallar el miedo que nacía en su cabeza.

Un aire helado le tocó la cara y le hizo estremecerse .

Carla.

Su cuerpo quiso dar un respingo. Habría jurado que acaba ba de escuchar su nombre. Pero no era la voz de mamá. Era la voz de…

Carla.

Era ella.

No.

Imposible.

No podía ser.

Su cuerpo se tornó un bloque de hielo. No podía mover los músculos. No podía moverse. Estaba encajada en el hueco del colchón. La cabeza le palpitaba y los dientes le rechinaban , intentando forzar hasta la extenuación su último reducto de resistencia : no abrir los ojos bajo ninguna circunstancia.

Deseó llamar a su madre, pero tenía el aliento congelado.

Abre los ojos.

La niña negó con la cabeza. No podía hablar. No podía mover la lengua.

Abre los ojos.

Unas ganzúas invisibles parecían empujar los párpados hacia arriba. Ella se resistía, pero aquella fuerza era mucho más poderosa.

Entonces abrió los ojos y la vio.

Vio su pelo sucio. Su herida en la cabeza. Su vestido negro. Sus dedos retorcidos como raíces.

Quiso chillar, pero no tenía voz .

«Cada cosa en su sitio. Cada persona en su lugar» , dijo aquel ser que le acariciaba la cara con la punta de un dedo huesudo.

Su cara era una calavera cubierta por una piel oscura, parecida al cuero . El aliento le olía a cerrado, a cripta, a maldición .

De pronto, la presión gélida desapareció, sus músculos se relajaron y también lo hizo su esfínter.

El grito que salió de sus pulmones fue como el primer llanto de un recién nacido.

Su madre apareció y trató de calmarla . Carla no fue capaz de verbalizar lo ocurrido.

Solo le pidió a su madre que pasara el resto de la noche con ella.

Al final tuvieron que dormir los tres en la misma cama porque no encontraron otras sábanas de repuesto.

Ella no fue capaz de hablar del incidente. De aquella visión. Y le atormentaba pensar que pudiera volver en cualquier momento.

Ahora, en el coche, en el camino de tierra que llegaba al colegio, su madre se giró preocupada.

—Cariño, ¿has podido dormir este rato? ¿Has descansado un poco?

Carla asintió. Se sentía segura en aquel lugar. Lejos del señorío. Lejos de la abuela. De la muerte personificada.

Las siguientes semanas pasaron en relativa paz. Cuando volvía a Pamplona, Carla pedía no salir de casa. No quería volver a pisar Elío. Durante un tiempo lo consiguió, pero su padre co menzó a hartarse de aquel comportamiento infantil e injustificado.

Así que al final no tuvo elección .

Al principio logró quedarse dentro del coche un par de veces.

Intentaba distraerse con Juan, que la llevaba a cazar renacuajos, a visitar el río, a regar las flores.

El padre de Juan, José Ignacio, hablaba con Victoria en tono quedo, preocupado.

Carla sabía que estaban hablando de ella.

De su comportamiento. Pero ellos no podían sentir lo que ella sentía. Ver lo que ella veía.

Siempre estaba atenta a cada esquina. A cada crujido.

Y, para su desdicha, no tardó en volver a verla.

A veces, en el patio. Otras, al doblar una esquina, en el medio del salón. Siempre de negro. Siempre sucia. Siempre mirándola como si le debiera algo, como si esperara. Casi nunca hablaba, pero las veces que lo hacía le decía lo mismo.

Cada cosa en su sitio, cada persona en su lugar.

Ella lloraba, salía corriendo. Le rogaba que se marchara. Que la dejara en paz.

Con el tiempo, aunque seguía asustada, se acostumbró. Trató de ignorarla, pero empezó a verla en más sitios. En la cripta. En mitad del pasillo. Otro día la escuchó en el baño. Golpeaba con fuerza la puerta, le pedía a gritos salir. Como si no fuese consciente de su propia muerte.

Carla aprendió a vivir con la sombra de su abuela cosida a la espalda . Y, aunque no pudo pasar página, lo integró. Jamás se lo contó a nadie. Sus padres la observaban preocupados, pero nunca le preguntaron nada. Temían obtener una respuesta que no supieran gestionar.

Sus días en Izarra fueron un bálsamo. Al menos al principio. Carla pasó de ser una chica risueña a reservada. Lucía Benítez, su compañera de habitación, la reprendía de vez en cuando diciendo que se había vuelto un muermo.

—Chica, alegra esa cara. Que pareces una lechuga mustia.