Pamplona, junio de 2024
Aguirre se atusó el pelo frente al espejo del baño en comisaría. Nunca había tenido problemas de alopecia, pero en los últimos años había perdido bastante y le fastidiaba tener que soportar las mofas de los graciosillos de turno en el trabajo.
—¿Aún por aquí? —Un compañero entró al servicio.
—Sí, tengo que salir un momento , pero ya termino por hoy.
—A ver si los de la Brigada vivís un poco más la vida, coño, que es viernes. Todo el día pringando —sermoneó desde el urinario.
—Ale, agur —se despidió Aguirre, apretando la mandíbula.
Iba a pasarse por casa de Lucía Benítez y quería asegurarse un aspecto decente.
Aún era primera hora de la tarde, pero había decidido hacer tiempo para no importunar la siesta.
Llevaba avergonzado desde su incidente en la fiesta de Elío.
Aunque aquel día se llevó un susto morrocotudo, ahora solo le preocupaba causar una buena impresión a la actriz.
Decidió que no iba a esperar más . Él también quería dar carpetazo y descansar el fin de semana.
Salió de comisaría a buen paso. El chalet de la actriz estaba a apenas doscientos metros.
Hacía una tarde de verano adelantado, de asfalto humeante y zumbidos de insectos .
Al cruzar la calle vislumbró los setos que indicaban que aquella gente podía pagarse uno o varios jardineros.
Casas y chalets que habitaban los más pudientes de Pamplona, resguardados del mundo por una cortina vegetal y por una comisaría de policía a pocos metros.
Era una zona tranquila y exclusiva donde casi nunca pasaba nada.
O al menos, no en apariencia. Era raro ver algún coche en la calle.
Los de alta gama descansaban en el garaje de sus dueños .
Como mucho, algún utilitario normalito que probablemente pertenecería a alguna persona de servicio o a alguna visita.
Aguirre llegó a la dirección indicada. Localizó un timbre discreto con cámara. Era pequeño pero intencionadamente visible. Al tocarlo, no sonó. Al menos, no en el exterior. A los pocos segundos escuchó unos pasos aproximándose.
—Buenas tardes, ¿en qué puedo ayudarlo ?
—Usted es Javier Armendáriz, ¿verdad? El marido de Lucía Benítez.
Javier frunció el ceño, cauto.
—Policía Foral —explicó, mostrando la placa. La expresión del hombre se relajó un poco—. ¿Está su esposa en casa?
—No, no está. Mi hija me ha dicho que ha salido.
La cara de Aguirre dibujó una mueca de decepción.
—¿Ocurre algo? ¿Puedo ayudarlos yo…?
—No se preocupe. Estamos investigando un asunto y creemos que Lucía puede aportarnos información valiosa.
Javier asintió serio.
—Si quiere puedo avisarlo cuando llegue a casa.
—Sería estupendo . Le dejo mi contacto.
Aguirre se despidió. En cuanto cerró la puerta, Javier llamó a su esposa, pero esta no respondió. Le dejó un wasap:
Cariño, acaba de pasar la Policía Foral por
casa para preguntar por ti. Llámame
cuando puedas
Aguirre observó un momento a su alrededor.
Estaba rodeado por un laberinto de vegetación y un silencio sepulcral.
De repente cayó en que tenía todo el fin de semana por delante.
Era libre. Durante una fracción de segundo pensó en ir a casa, pero el corazón se le encogió un poco.
Le daba pereza llegar a un griterío de niños pegándose y a una pareja demasiado cansada como para seguir una conversación.
Le apetecía desconectar. Desconectar de verdad.
Una idea fugaz se cruzó por su mente, como un bólido que deja una estela de polvo a su paso.
No. No podía.
No debía.
No era bueno ni sano. Pero quizá esta vez podría ser distinto. Alternar una copa con un vaso de agua.
Podía decirle a Milagros que no lo dejase beber más de dos.
O tres.
Fijarse una hora tope para salir de allí, para llegar a casa, con los niños acostados y las sobras de la cena sobre la mesa.
Ese plan se le hacía más cómodo.
Sí.