El pacto de las sombras (Inspectora Julia Arrondo 3) Santander, junio de 2024
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Santander, junio de 2024

El olor a salitre y el murmullo que le llegaba desde la playa de la Magdalena hizo que por un momento tuviera la sensación de estar de vacaciones.

Ozcoidi paseaba por la avenida Reina Victoria, una de las zonas más exclusivas de Santander y donde los padres de Beatriz Castañeda tenían fijada su residencia.

De un lado, el mar Cantábrico con un azul infinito.

El agente se detuvo a observar con envidia a los bañistas que disfrutaban despreocupados del día de playa.

Del otro lado, una hilera de casas y chalets rodeados de pequeños árboles, césped y setos muy cuidados .

Miró la pantalla de su móvil por enésima vez. Tras varios días sin saber de Borja, la quemazón interna se había transformado en un ansia difícil de controlar.

Volvió a mirar la playa. La felicidad ajena le sirvió como resorte para provocar un movimiento. Uno que iba a traer consecuencias. Pero tan necesario como el respirar.

«Hola. Estos últimos días han sido una mierda. Me gustaría hablar contigo . Te echo de menos».

La confirmación de lectura llegó al instante, como si alguien hubiera estado esperando al otro lado.

«Cuando quieras. ¿Dónde quedamos?».

El «dónde» era un órdago en toda regla. Un último intento para forzar una salida de aquel agujero y mostrarse sin tapujos al mundo exterior.

«Te llamo más tarde» tecleó para posponer la respuesta y guardó el teléfono.

Ozcoidi había avisado a la Policía Nacional de su presencia en Santander y del curso de la investigación, y estos le habían ayudado a localizar a los Castañeda.

Se trataba de una pareja de ancianos muy querida y conocida en los círculos más distinguidos.

Por fortuna, ambos seguían con vida y mantenían su domicilio en el mismo sitio donde llevaban los últimos cincuenta años.

Al llegar a la dirección indicada el joven agente no pudo evitar sentir tanta envidia como admiración. La vivienda era una construcción única de tres pisos con una fachada de grandes venta nales y una pequeña torre. Parecía más un conjunto monumental que una residencia particular.

Asombrado, tocó al timbre de la verja exterior y una voz joven lo invitó a entrar. Le abrió la puerta un hombre de unos cuarenta años, de pelo espeso, aunque muy bien peinado, y con un uniforme de pantalón de pinzas y camisa blanca.

—Buenas tardes. El señor José Luis y la señora Dolores le están esperando. Pase, por favor.

—Gracias.

El hombre lo acompañó hasta un salón en la segunda planta con vistas al mar.

Al fondo, una pareja de octogenarios hizo un esfuerzo titánico para incorporarse de un sofá con capacidad para diez personas.

En las paredes, fotos antiguas de la empresa conservera, pescadores y cuadros de marinas.

Lo que más llamaba la atención era la enorme cantidad de imágenes de la que parecía ser Beatriz.

Una niña congelada en sus trece años para siempre.

Fotos de su primera comunión, de reuniones familiares, retratos…

Aquel salón asemejaba un auténtico mausoleo.

—Buenas tardes —saludó José Luis, con la voz tan ajada como sus piernas. Le tendía la mano—. Gracias por venir.

—Gracias a ustedes por recibirme. Es una casa muy bonita —comentó, mientras saludaba también a Dolores.

—Es demasiado grande para nosotros, pero solo pensar en mudarnos se nos quitan las ganas de buscar otra cosa.

—Claro.

Silencio.

—Hace mucho que no hacemos esto —reconoció la mujer, retorciendo las manos con nerviosismo mientras se sentaba en el sofá.

—¿A qué se refiere ?

—A hablar con la policía.

Otro silencio.

—Lo entiendo. Y lamento mucho tener que molestarles con preguntas sobre una situación tan dolorosa para ustedes.

José Luis hizo un gesto con la mano para restarle importancia, aunque tenía los ojos vidriosos.

—Encantados de poder ayudar en lo que sea.

—Verán, desde la Policía Foral estamos investigando un posible homicidio y hay algo que nos ha llamado la atención. Lo que voy a contarles aquí es confidencial, pero necesito de su colaboración. ¿Está bien?

— Genaro, ¿puedes dejarnos un rato? —pidió la mujer.

El hombre de servicio abandonó la estancia con discreción. Ozcoidi buscó en su móvil la imagen de Rufino con las tres chicas.

—¿Reconocen a las personas de esta foto ?

—Claro, esta es nuestra Beatriz —señaló, la madre, emocionada —. Y estas de aquí eran sus amiguitas del cole, Carla Moreno y Lucía Benítez. Esta chica es ahora actriz, ¿ verdad?

Ozcoidi asintió.

—Y este es Rufino, el padre de Carla —apostilló José Lui s—. Diría incluso que esta foto la tomé yo mismo. Coincidimos muchos domingos en Izarra cuando íbamos a dejar a las chicas para la semana . Un buen hombre.

—No sé si están al corriente de su fallecimiento.

—No teníamos ni idea. — Dolores cabeceó, disgustada.

El joven agente meditó un momento su siguiente pregunta.

—¿Qué pueden decirme de Pedro Zabalburu ?

La mujer rompió a llorar de manera instantánea. Su marido la estrechó con la poca fuerza que conservaba en los brazos.

—Ese… malnacido… —Dolores se ahogaba en sus propios sollozos.

—¿Qué ocurre?

—Ese hombre… es quien abusó de nuestra hija —dijo José Luis intentando controlar el temblor de la barbilla.

Ozcoidi sintió un relampagueo en lo más profundo.

—Tenemos constancia de que lo expulsaron de la orden de los jesuitas hace unos a ños. Había sido denunciado por abusos.

—Cuántos… cuántos niños y niñas… Todos estos años… —D olores lloraba refugiada en el pecho de su marido.

—Sé que estoy abriendo viejas heridas, pero necesito que me cuenten lo que sepan de ese hombre.

—No sabemos… no sabemos con certeza qué es lo que ocurrió en Izarra. Lo que sí puedo decirle es que ese hombre abusó de Beatriz. Y que cuando decidimos actuar, ya era demasiado tarde.

— ¿A qué se refiere?

El hombre apretó con fuerza los puños.

—Ella nos lo contó. Pero no la creímos. No creíamos que algo así pudiera estar pasando. Y  menos a nuestra hija. Hasta que ya no pudo soportarlo más.

Dolores ahogó un grito. La cara de José Luis se ensombreció todavía más.

—Beatriz se suicidó. Se lanzó desde la ventana de su dormitorio.

El agente se estremeció.

—¿Está seguro de que fue un suicidio ?

José Luis movió la cabeza. A diferencia de su esposa, luchaba por contener las lágrimas.

—Nos lo dijo Carla cuando fuimos a recoger el cuerpo de nuestra niña .

—¿Carla lo sabía?

—Sí. Pero aquella pobre muchacha se llevó su propio castigo en vida.

Intentó contarlo , pero el centro cerró filas en torno a Pedro Zabalburu y la tacharon de loca.

Luego la trasladaron a un hospital psiquiátrico.

Nosotros intervinimos, denunciamos el caso, pero los jesuitas tienen mucho poder y la denuncia no prosperó.

—¿ Y qué decía Rufino de todo esto?

José Luis se encogió de hombros.

—Todo este tema de Beatriz nos hizo romper relaciones con cualquier persona relacionada con el colegio .

Solo queríamos dejar eso atrás. Con Rufino hablamos de lo que Carla nos había contado, pero él estaba convencido de la versión de los profesores.

Decía que su hija a veces imaginaba cosas. Que era muy fantasiosa.

Ozcoidi meditó un momento acerca de cuánto debía revelar a aquella pareja .

—Sé que esto no repara la pérdida de su hija, pero han de saber que Pedro Zabalburu falleció de forma violenta hace un par de meses. Es parte de lo que estamos investigando.

Dolores se santiguó, con los ojos anegados, y susurró un gracias mirando al techo.

—No diré que me alegro ni que sea justo —replicó el hombre—. La justicia para nosotros ya no existe.

—¿Qué pueden decirme de Lucía Benítez?

—Era la compañera de habitación de Carla, pero estaba muy unida a Beatriz también. Creo que después de todo aquello ella continuó con sus estudios allí. No estoy seguro. Como le digo, le perdimos la pista a todo lo relacionado con ese maldito colegio.

Ozcoidi observó el agua colocada con milimétrica perfección sobre el posavasos, en silencio, durante unos segundos .

—Les agradezco mucho su tiempo. ¿Puedo quedarme con su contacto por si nos surgiera alguna otra duda?

— Por supuesto.

Ozcoidi se despidió de la pareja de ancianos y abandonó la casa. En cuanto puso un pie en el exterior llamó a Beloki, pero este no respondió. Se giró por instinto a observar la ventana de aquel salón que acababa de abandonar.

José Luis Castañeda lo observaba de pie, desde allí.

Por algún motivo que más tarde comprobaría, sintió un mal augurio.