El pacto de las sombras (Inspectora Julia Arrondo 3) Pamplona, junio de 2024 #2
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Pamplona, junio de 2024 #2

Los diez mil euros que Milagros le había prestado para salir de allí nunca habían salido de su bolsillo, pero sintió el desplante de Lucía como una traición.

No devolver su tíquet a la libertad le había costado años de rencor, a pesar de guardar cada aparición en prensa, cada recorte de periódico .

Mila sonreía todas las veces que se topaba con una noticia en internet.

Se sentía orgullosa de haber participado en el triunfo de «su chica».

Pero descubrir que seguía visitando la ciudad con frecuencia y no había llegado a saldar su cuenta había abierto una herida profunda y un rencor que parecía ser más aceptable tras palpar el sobre.

—Hueles fatal —dijo Lucía, entre sollozos, apartándose de Milagros.

—Serás puta —la recriminó, indignada.

La actriz sollozó, riendo, secándose las lágrimas.

—¿Estamos en paz?

Milagros asintió.

—Vete. Y no vuelvas por aquí nunca más. Ya no te tengo rencor. Solo te deseo que no vuelvas a una vida de mierda como esta.

Lucía se caló el sombrero de paja de nuevo y se dirigió a la puerta.

—Una última cosa. —Milagros la detuvo. Había recordado algo—. No sé qué relación tenías con Rufino, pero supongo que, como estabas en el funeral, algo lo conocerías. Para hacerle justicia al hombre, has de saber que en su día puso parte de la pasta para sacarte de aquí.

—¿Sabía… sabía que trabajaba aquí? —preguntó, atónita.

—Los clientes conocen todo el catálogo, nena —replicó, encogiéndose de hombros—. Pero Rufino siempre marcó una lí nea contigo por ser amiga de su hija.

—Creo que es tarde para agradecérselo — agachó la cabeza.

Lucía salió del despacho y del local, y atravesó el aire en llamas. Milagros la observó desde el fondo de la barra. Aquella sería la última vez que cruzaría una palabra con ella.

Una vez fuera , la actriz se dobló sobre sí misma y tomó dos grandes bocanadas de aire. Necesitaba sentir que se limpiaba los pulmones de aquella atmósfera sórdida.

«Una cosa menos», pensó .

Fue al coche, arrancó, bajó las ventanillas y subió el volumen de la música.

Se sentía liviana, reforzada, aliviada. Condujo por la circunvalación que rodea la ciudad y tomó la salida de la carretera secundaria que llevaba al señorío de Elío.

Iba tarareando, feliz, mientras pensaba cómo le había sonreído la suerte al escapar del infierno de la prostitución.

Jamás le habló a Javier sobre su pasado.

Su imagen había cambiado mucho desde aquellos años y el nombre que utilizaba para sus encuentros era otro, pero siempre había tenido miedo de que el pasado volviera a tocar a su puerta para arrastrarla a los infiernos.

Ahora podía estar tranquila por fin, y aquello la reconfortaba.

La vegetación comenzó a espesarse a ambos lados de la carretera.

Atravesó el valle de Etxauri y un par de pequeñas localidades.

En las inmediaciones del señorío, se fijó en que el lugar donde habían aparcado el día anterior estaba ocupado por unos aperos de labranza, un pequeño tractor y una furgoneta blanca.

Contrariada , detuvo el coche con los cuatro intermitentes a un lado de la carretera y se dirigió a la puerta del señorío.

La encontró abierta. Juan estaba regando las plantas en el patio con la manguera.

—Buenas tardes —saludó, risueña—. Había quedado con Carla. No sé dónde dejar el coche.

—Sí, disculpa, tenemos todos los cacharros del campo fuer a. ¿Puedes coger el coche y entrar por el camino de tierra que rodea el palacio? Aquí dentro tenemos sitio de sobra. Hay una puerta por detrás. Yo te indico.

Se quitó los guantes y los lanzó cerca de una maceta. Le señaló a Lucía el camino que debía seguir y la esperó en una gran puerta de madera en la otra cara del señorío. Cuando la mujer llegó, le dio las indicaciones pertinentes para dejar el coche aparcado en el establo.

—Si Javier me viera aparcar aquí, estaría orgulloso —comentó ufana.

El jardinero sonrió, afable.

—Carla está arriba, preparándose. ¿Puedo ofrecerte algo de beber mientras esperas?

—No, gracias, estoy bien.

—Tenemos un té que es una maravilla. Normalmente lo servimos calentito, pero con estos calores con hielo y un poquito de limón es muy refrescante. La receta es de Carla.

A Lucía se le iluminó la cara.

—Tomaré uno encantada , gracias.

—Ahora mismo vuelvo. Puedes esperar en este banco .

Lucía se sentó a la sombra del porche, sobre la piedra. Se alegró de que la vida la hubiera empujado hasta allí, hasta hacer las paces con Carla. Ahora solo le quedaba reconciliarse consigo misma.

Y con Beatriz .

—Fresquito, fresquito —anunció Juan, con una sonrisa, apareciendo con un gran vaso de té helado.

—Gracias, tiene una pinta buenísima —dijo Lucía, y dio un buen sorbo.

Juan sonrió.

—¿Te importa si vuelvo a mis labores? Aquí siempre hay algo que hacer.

—Claro . Gracias por el té.

El jardinero se despidió y tomó la manguera. El patio se llenó del aroma a tierra mojada, del sonido del silbido de Juan y de la humedad de las partículas de agua en suspensión.

Lucía se sentía feliz.

Tantos años de culpa por fin iban a verse expiados.