Pamplona, junio de 2024
Lucía subió el volumen del altavoz. Sonaba «Rasputin» de Boney M a todo trapo. Se bamboleaba delante del espejo del baño de su habitación, contoneándose mientras cantaba en riguroso playback el éxito de los setenta.
—Joder, mamá, ¿puedes bajar un poco el volumen? Parece mentira que te lo tenga que decir yo a ti —pidió Maika, que acababa de aparecer con un pantalón de pijama y cara de haber resucitado de la siesta en contra de su voluntad.
—Ay, perdona, cariño. Sorry —se apresuró a dejar el altavoz en un berreo medio.
—¿Te estás preparando para salir? ¿No es un poco pronto?
— Voy a ver a una amiga.
Su hija enarcó una ceja.
—Vale… Pues pásalo bien. —Maika dio un beso en la mejilla a su madre y desapareció por el pasillo bostezando y arrastrando los pies.
Lucía se observó en el espejo. Se había puesto su mejor base de maquillaje, polvos de sol, máscara de pestañas y un toque de rubor en las mejillas.
Tenía la intención de parecer arreglada, aunque sin pasarse.
Era como si fuera a tener una primera cita con un chico, solo que esta vez la persona a la que quería impresionar era Carla.
No pretendía ir más allá de mostrarse segura de sí misma, una mujer triunfadora, tal y como la habían pintado los medios y las revistas de papel cuché. Necesitaba plantarse delante de Carla con toda la confianza del mundo, al menos con toda la que los remordimientos le permitieran.
Había decidido guardarse para sí misma la cita que tenía con ella.
Javier no iba a entender los motivos que la llevaban a realizar una sesión de espiritismo con una amiga de la infancia.
Demasiado que explicar para una herida que ni siquiera ella había sido consciente de que no estaba cerrada del todo.
El pasado siempre la había perseguido. Solo que esta vez la había alcanzado de pleno. Y, lejos de salir corriendo, Lucía había decidido enfrentarlo. Aunque antes tenía otro pequeño asuntillo que solucionar.
Se miró por última vez al espejo. Se había decidido por un vestido en tonos ocres, blancos y un marrón suave para resaltar su tez bronceada, unas sandalias beige y un gran bolso de rafia. Parecía estar a punto de tomar algo en un chill out ibicenco, más que acudir a una sesión de mediumnidad.
—¡Me voy! —avisó a su hija, y dio un portazo.
Estaba nerviosa. Tenía tantas cosas que preguntar a Carla.
Quería saber qué había sido de ella, qué ocurrió cuando la sacaron del colegio, qué la había llevado a tener esta vida, a pasar tantos años en Canadá…
Y, sobre todo, cómo era que tenía ese particular don.
Había algo en todo esto que le ponía los pelos de punta .
Revivir lo de Beatriz no iba a ser sencillo, pero si lograba comunicarse con ella, aunque fuera solo por un momento…
El sonido de un claxon la sacó de su ensimismamiento.
No estaba acostumbrada a conducir, siempre lo hacían Javier o el chófer del rodaje de turno.
El semáforo llevaba varios segundos en verde y ella no se había movido, lo que había provocado la consiguiente protesta del conductor de atrás.
Rebosante de valentía como se encontraba aquella tarde, mostró un dedo en forma de peineta por el espejo retrovisor y continuó con su marcha.
La primera parada en su periplo a la caza de sus demonios fue el VIP Lady’s.
El corazón comenzó a acelerársele a un par de cientos de metros de distancia.
Sabía que, siendo un persona je público, dejarse caer por un burdel de extrarradio coparía la portada de los periódicos de manera instantánea.
Por suerte para ella, el aparcamiento del prostíbulo estaba prácticamente vacío a aquellas horas.
Además, había escogido las gafas de sol más grandes que tenía y un sombrero de paja de ala ancha.
Rozaba la línea de llamar más la atención por los accesorios que por la presencia en aquel local .
Tomó aire, se recolocó las lentes en el retrovisor y se insufló ánimo.
Tocó a la puerta metálica con suavidad y esperó unos segundos.
Nada.
Volvió a llamar con los nudillos, un poco más fuerte.
Nadie se asomó por allí.
Probó una tercera vez, golpeando con el puño cerrado.
Una sarta de improperios se oyó del otro lado, y Lucía se retiró unos centímetros de la puerta .
Le abrió Milagros, quien, cegada por el sol de fuera, tardó unos segundos en acostumbrar la vista.
—¿Lucía ? ¿Pero qué cojones haces llamando? ¿Y qué haces con ese sombrero? Anda, pasa, no me seas ridícula.
—Yo no quiero…, no es necesario entrar. ¿No?
—Ahora no me vengas con remilgos. Vamos a mi despacho, coño, que aquí me estoy achicharrando.
Lucía estiró el sombrero un par de centímetros hacia abajo.
Tuvo que quitarse las gafas de sol por fuerza para evitar tropezar en la oscuridad de neón de aquel antro.
Lo primero que le llamó la atención fue el olor.
Habían pasado más de veinte años y no era el mismo local, pero el olor era el mismo.
Olía a cuerpos, a sudor, a alcohol. A desinfectante y tabaco.
A problemas de pareja, de drogas, de vida.
El aire pesaba mucho más que en cualquier otro lugar porque cargaba con la culpa de los que iban y la desgracia de las que querían escapar.
Era un infierno performativo donde cada alma tenía asignado un papel y era muy difícil salir de tus propias líneas.
Aunque dirigiera su mirada al suelo, Lucía notaba el repaso que le estaban dando las chicas que tomaban copas con los clientes. Era como si ver a aquella señora de buena estirpe metida en aquel tugurio supusiera algún tipo de triunfo personal. Minipunto para el equipo de las putas.
Milagros la guio hasta una puerta al final de la barra.
Al entrar se encontró con algo más parecido a un control de realización de televisión que a un sitio donde llevar las cuentas.
Había varias pantallas que mostraban las distintas cámaras repartidas por el lo cal, especialmente en las zonas comunes, el aparcamiento, el bar y los pasillos.
En las habitaciones no estaba permitida la videovigilancia.
Lucía pensó en la ironía de la legalidad que protegía a los consumidores de prostitución, pero exponía continuamente a las chicas que la ejercían.
La actriz se quedó de pie unos segundos, observando la oficina .
Las paredes que un día fueron blancas, un calendario de papel con motivos navideños, algunas estanterías con cuadernos, una caja fuerte y un escritorio destartalado con papeles desparramados y un portátil.
Milagros se sentó en su silla giratoria y aplastó el sempiterno cigarro que colgaba de la comisura de su boca en el cenicero. Acto seguido, se encendió otro.
—Siéntate —ordenó.
Lucía miró la única silla disponible, delante del escritorio. Tenía restos de polvo y ceniza justo donde debía posar su trasero, así que dobló levemente las rodillas, se sujetó la melena detrás de la oreja y sopló con suavidad para esparcir la suciedad y limpiar el asiento.
—Por Dios —protestó Milagros, poniendo los ojos en blanco y cruzando los dedos sobre la mesa—. Bueno , ¿has traído el dinero?
Ella asintió y lanzó un abultado sobre encima de la mesa.
—Diez mil euros . Puedes contarlos.
—No te preocupes, me fío de ti —sonrió, con sarcasmo, mientras ponía el sobre en la caja fuerte—. O me fiaba, hasta que nos diste la espalda.
Lucía agachó la cabeza.
—No fue nada personal.
—Claro que no era personal. Era dinero. Pero podrías haber tenido la decencia de devolverlo. Tuve que dejar a muchas chicas sin su sueldo para hacerte el favor. Y parece que te importó bien poco que no volvieran a ver un dinero que era suyo.
—Tardé mucho en sostenerme económicamente.
—El dinero no tiene fecha de caducidad. Pero parece que tu memoria sí. Nunca podrías haber salido de aquí sin mi ayuda.
—Lo sé. —Lucía se retorcía los dedos, nerviosa. No era capaz de cruzar la mirada con Milagros.
La mujer lanzó un hondo suspiro.
—Sabes que te quería como a una hija, ¿verdad?
La actriz notó sus ojos ponerse vidriosos. Asintió conteniendo las lágrimas.
—Te has convertido en una actriz tan buena que ya no sé si me la estás dando con queso ahora mismo o no. Voy a optar por creerme que todavía tienes algo de corazón ahí dentro.
—Lo siento muchísimo —respondió Lucía , con la voz entrecortada y la nariz taponada—. Nunca quise hacer daño a nadie. Solo quería salir de aquí y empezar una vida nueva.
—Eso es lo que queremos todas, muchacha.
Lucía rompió a llorar. Esta vez fue un llanto descontrolado, casi infantil. Milagros volvió a poner los ojos en blanco y resopló con desgana. Aplastó el segundo cigarrillo en el cenicero.
—Anda, ven aquí. —Abri ó los brazos y extendió el olor a sobaco por gran parte de la habitación.
Lucía se apretujó contra el pecho de la que un día fue su mentora. Le había venido de golpe toda su primera juventud. La muerte de sus padres en el accidente. Las deudas. La soledad . No tenía dinero y, por lo tanto, no tuvo opción . O de haberla tenido, no la había contemplado.
La oportunidad se le presentó un día de trabajo como azafata en un palco, en un partido de fútbol.
Una cosa llevó a la otra, una invitación velada, una fiesta tras el partido y una proposición indecente que le proporcionó un buen fajo de billetes y la posibilidad de explotar su exuberancia para pagar la matrícula de la escuela de interpretación más cara de Madrid.
Así es como conoció a las chicas del Lady’s, así es como Milagros la acogió en su seno.
Recordaba aquellos años llenos de manos sucias, aliento con sabor a whisky y el convencimiento de que pasaría pronto.
Milagros siempre intuyó que ella era especial.
Era cierto que la quería como a una hija.
Por eso se propuso darle la oportunidad de salir de allí.
Sabía que, de no conseguirlo, tarde o temprano terminaría volviendo a su lado.
Pero la muy puta lo había logrado. Su primer anuncio.
Un cortometraje. El primer largo. Y de ahí a la fama nacional e internacional.