Pamplona, junio de 2024 #2
Aguirre enarcó una ceja.
—Hay foros de gente que practica úrbex o espiritismo que hablan de las ruinas del colegio Izarra y de Beatriz. Muchos dicen que el lugar está maldito y hablan de distintos rituales para ponerse en contacto con ella.
— El tío en pelotas del atestado de Izarra —recordó Aguirre, en voz alta.
Ozcoidi asintió.
—Hay quienes hablan de sensaciones, ruidos o incluso algunos declaran haber visto a una joven correteando por los pasillos de lo que queda del edificio.
—Joder, qué mal rollo.
El joven agente se encogió de hombros con una sonrisa.
— Creo que todos tienen en común ir buscando algo de adrenalina.
—La cuestión aquí no es solo la leyenda negra. Si un profesor ha aparecido muerto en aquel lugar puede que se trate de algo ritual, o vinculado a la leyenda de Beatriz —meditó Beloki—. Otro tema más que comentar con Carla.
—Y con Lucía —señaló Aguirre.
—Yo me encargo de localizar a los padres de Beatriz, si es que siguen vivos —se ofreció Ozcoidi.
—Pedro Zabalburu tampoco parecía una joyita. ¿Sabemos algo más de su vida?
—Nada, aparte de lo que comentamos. Exjesuita, expulsado de la orden por acusaciones de abusos. No tenía familia y vivía solo en ese pueblo de cuatro casas.
—Quizá podamos preguntar algo más a los vecinos —sugirió el subinspector.
—Me lo quedo —asintió Ozcoidi.
—Vas a resolver el caso tú solito al final, ¿eh? —rio Aguirre.
—Dadme tiempo. Estoy pensando que igual es mejor visitar a los padres de Beatriz y el pueblo de Pedro Zabalburu en persona. No sé si por teléfono me van a hacer mucho caso.
—Pero avisa primero a la Ertzaintza o a quien corresponda, que después de lo de Vitoria nos la tienen jurada —puntualizó Aguirre.
—¿Qué ha pasado?
Beloki y Aguirre se miraron.
—Ese tal Jon ha resultado ser una especie de traficante de basura. Va visitando lugares abandonados y recogiendo objetos de todo tipo para luego venderlos. Aunque viendo el almacén que tenía lleno de trastos, no sé si tiene mucho éxito.
—¿ Un almacén? Pensaba que solo tenía la caja con la basura que recogió en el colegio Izarra.
Aguirre soltó una carcajada.
—Era una nave industrial con estanterías hasta el techo, llenas de mierda.
—¿Y qué hacía en casa de Rufino?
—Al parecer se enteró de la existencia de la mazmorra sexual en una conversación con Ibai Matute, el muchacho que encontró el cadáver de Rufino. Por lo visto hay gente que paga muy bien por juguetes sexuales… usados.
Ozcoidi dejó caer la mandíbula, lívido.
—Joder, qué asco. ¿Y se llevó algo?
—Tenía otra caja con un par de consoladores, dildos y otros cachivaches. Beloki se la ha dejado de regalo a los de la científica de la Ertzaintza.
—La cuestión es que la visita de Jon a casa de Rufino fue cir cunstancial. O eso quiero pensar —matizó el subinspector—. No creo que tenga nada que ver con su muerte.
—Yo sigo diciendo que me parece mucha casualidad que el mismo grupito que encontró el cadáver de Izarra encontrase también a Rufino —apuntó Aguirre.
—Ya los interrogamos y esa vía no nos llevaba a ningún sitio —replicó Beloki.
Aguirre se encogió de hombros.
—En otro orden de cosas —intervino Ozcoidi, viendo que el ambiente entre sus compañeros volvía a ponerse tenso—, he podido hablar con Mercadona.
El repartidor confirma que hizo una entrega el tres de febrero a las 13:04 en casa de Rufino.
La persona que recogió la compra coincide con la descripción de Rufino.
Así que sabemos que al menos a esa hora estaba vivo.
—Bien, vamos acortando el margen —meditó el subinspector.
Los tres permanecieron en silencio durante unos instantes.
—Me encantaría ver por un agujerito lo que ocurrió en aquella casa —resopló Ozcoidi—. Tengo verdadera curiosidad por saber qué…
—Un momento.
Aguirre se había puesto de pie.
—Las cámaras.
—¿ Qué cámaras? —preguntó Beloki.
—La gasolinera.
—Las cámaras de la gasolinera no nos sirven. Borran sus grabaciones cada treinta días. Además, ¿qué quieres ver desde ahí? Solo se ve la carretera.
—Si sabemos que Rufino muri ó el tres o cuatro de febrero podemos rastrear qué coches pasaron por la carretera que lleva a su casa ese día, a partir de la hora de entrega del Mercadona.
—La gasolinera no…
—Ya te he oído , joder. Que parece que te empeñas en tirar por tierra todo lo que digo.
Beloki observó a su compañero.
—Empiezo a estar cansado de tu actitud, Aguirre.
— ¿Mi actitud? —replicó, sarcástico—. Aquí el único que no se soporta eres tú.
—Cuidado.
Los dos se midieron con la mirada. Ozcoidi observaba atónito la escena.
—Ya está bien, ¿no? Parecéis dos críos —protestó el joven.
Los dos agentes miraron a su compañero.
—No sé qué os pasa, pero creía que el viaje a Vitoria era una buena oportunidad para poneros frente a frente. Lo que sea que tengáis el uno con el otro tenéis que arreglarlo de una vez, porque esto ya no se trata solo de vosotros dos. Estáis entorpeciendo el caso. Y es agotador estar en medio.
Aguirre y Beloki permanecieron mudos, con el ceño fruncido y los brazos cruzados, sin mirarse.
—Voy a hacer un par de llamadas y me voy a Santander a ver si hay suerte con los padres de Beatriz Castañeda. Espero que el ambiente esté mejor cuando vuelva.