El pacto de las sombras (Inspectora Julia Arrondo 3) Pamplona, junio de 2024
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Pamplona, junio de 2024

—Esto es una guarrada —protestó Crispín.

—Seguro que has visto cosas peores —bromeó Ozcoidi mientras se ajustaba los guantes de nitrilo.

Los dos agentes vaciaban el contenido de la caja requisada a Jon Ugarte.

En una situación normal el equipo de la científica de la Ertzaintza se habría quedado a cargo del análisis, pero Beloki había presionado para traerse el material de Vitoria a Pamplona .

Estaban en medio de una investigación por homicidio y no podían dejar escapar ninguna oportunidad.

—Esto me lo quedo — anunció Ozcoidi, levantando el anuario.

—Todo tuyo —replicó Crispín, arrugando la nariz—. El resto entiendo que no interesa mucho, ¿no? ¿Necesitaréis ADN ?

—Que te lo confirme Beloki al llegar. Lo mismo encuentras algún pariente lejano.

— Muy gracioso.

El jefe de la científica tomó la caja llena de trastos y se dirigió a su puesto mascullando algo.

Ozcoidi cogió el anuario y lo hojeó. Se detuvo en la fotografía de una clase en concreto.

Entrecerró los ojos para leer el pie de foto.

Las hojas estaban humedecidas por el paso del tiempo y la tinta se había corrido en algunas partes, pero todavía era perfectamente legible .

Recorrió los nombres de los alumnos y dejó escapar una sonrisa que confirmaba sus sospechas.

Hizo el camino de vuelta hacia su puesto en la oficina. Al llegar se encontró con sus compañeros allí, trabajando cada uno en su portátil. Se preguntó si su pequeña treta para provocar una conversación entre ambos habría servido de algo.

—Buenos días . Os veo muy concentrados.

—Acaba de llegar el informe de WhatsApp del teléfono de Rufino —respondió Aguirre, sin mirar a su compañero.

—Joder, ya era hora. ¿Algo que reseñar?

—Hay cosas, sí. Lo tienes en tu correo. Échale un vistazo y hablamos.

La siguiente media hora la dedicaron a estudiar a fondo los mensajes .

—¿Estáis listos? Yo creo que ya podemos ir poniendo cosas en común —dijo Beloki yendo a la pizarra . Desenfundó el rotulador azul y miró a sus compañeros.

—El chat con Victoria —comenzó Aguirre—. Hablaban periódicamente cada mes y casi siempre era para comprobar si la transferencia había llegado, la que le hacía Victoria. Hasta el último mensaje. Ahí es cuando se pone interesante.

Aguirre enchufó el proyector y señaló la captura de imagen de la conversación.

Rufino, puedes pasarte por Elío? Hoy no

me encuentro bien. Tenemos que hablar

del testamento. Y  de la transferencia

Ok, me paso por allí a las siete

Los tres se quedaron pensativos un momento.

—Es un mensaje del 25 de enero. Es del día que murió Victoria. El entierro fue el 27 de enero —comentó Aguirre mirando sus notas.

Beloki dibujó una marca en la línea temporal de la pizarra.

— Menciona que se encuentra mal. Quizá la pobre mujer lo estaba barruntando —comentó Ozcoidi.

—¿Estaría Carla presente en ese encuentro entre su madre y su padre? —preguntó Beloki.

—No hay ningún chat abierto con su hija. No tenían contacto. Ni siquiera un «feliz Navidad» o algo por los cumpleaños. Nada.

—¿Y si lo ha borrado?

—El contacto está, pero no tiene ningún tipo de conversación asociada.

—Todavía tenemos pendiente pasar por el señorío para hablar con ella. Aprovecharé para preguntarle sobre esto —comentó Beloki.

—No entiendo qué pudo haber pasado entre Carla y su padre para tener este tipo de relación. Tuvo que ser algo muy grave —r eflexion ó Ozcoidi—. Me cuesta imaginarme en una situación así.

—La familia no se elige. Y no siempre se tiene la suerte de caer en la adecuada —murmuró Aguirre.

Ozcoidi se sonrojó un poco.

—Aquí hay otra cosa que también es interesante —continuó Aguirre, mostrando otro chat en el proyector—. Una conversación con Miguel Ángel, el notario.

Rufino, me ha llamado Victoria. Quiere

cambiar el testamento. Llámame cuando

puedas

—Aquí no hay ninguna respuesta de Rufino, pero el mensaje aparece como leído. Es del 24 de enero.

—Justo el d ía antes de morir.

—¿Cambiar el testamento? Algo estaba ocurriendo, está claro —sentenció Ozcoidi.

—Victoria era consciente de que le quedaba poco tiempo. Creo que Miguel Ángel va a tener que dar unas cuantas expli caciones más — insinuó el subinspector—. ¿Puedes volver a hablar con él ?

—Claro —respondió Ozcoidi.

—El resto de las conversaciones no tienen mucho interés: hay un chat de todos los socios de Ardandegi donde comentan cenas, partidos de fútbol , timbas de mus y poco más.

Alguna foto subida de tono de vez en cuando.

Vaya panda —murmuró Aguirre, compartiendo otra imagen de esa conversación—.

Un momento. Aquí hay un chat con Jesús Mari Ochoa —anunció, expectante.

Rufino, felices fiestas. Tenemos que quedar.

A ver si nos vemos por la sociedad

El proyecto se reactiva. Esta vez vamos

a por todas. Te llamo en un rato

Hay que moverse rápido. Llámame

y te doy instrucciones

— El primer mensaje es del 27 de diciembre, el siguiente del 8 de enero. El último del 2 de febrero a las nueve y veinte de la noche —indicó Aguirre .

Beloki hacía anotaciones con el rotulador sobre la línea temporal de la pizarra.

—Rufino no contesta en ningún momento —se fijó Ozcoidi.

—Pero sí que hay llamadas esporádicas a Jesús Mari —recordó Aguirre.

— Sea lo que fuere, Jesús Mari prefiere hablar en persona o por teléfono —indicó el subinspector—. No sé qué se traían entre manos, pero voy a pedir una orden a Hornillos para pincharle el teléfono.

—Vas a pedir a un juez corrupto permiso para escuchar las llamadas de su amigo. Seguro que te la concede, claro que sí —b romeó Aguirre.

—Si no lo hace, va a tener que dar muchas explicaciones. Ade más, quiero enfocarlo como protección ante la prensa antes de involucrarlo en la investigación formalmente.

—¿Y por qué no hacerle un interrogatorio como a todo el mundo? —preguntó Aguirre.

—¿ Citarle a declarar en comisaría? ¿En serio? Dándole tiempo para preparar su respuesta, filtraciones a la prensa… Eso sí que no tiene pies ni cabeza —replicó Beloki.

Aguirre se quedó mirando a su compañero. El ambiente volvía a enrarecerse .

—Mientras estabais en Vitoria, he podido averiguar un par de cosas interesantes —cortó Ozcoidi—.

¿Os acordáis de Napar Inversiones Rurales?

La empresa adjudicataria del proyecto de corredor termal , el que quería convertir la zona del balneario de Belascoáin en una especie de macrocomplejo de baños medicinales.

Llevaba sin actividad desde 2007. Pues bien, da la casualidad de que ha cambiado de administrador hace un par de días y ha presentado balance de cuentas.

Parece que se reactiva. Y  os vais a quedar de piedra cuando sepáis quiénes son los administradores.

Beloki y Aguirre le miraron expectantes.

— El antiguo administrador era un tal Santiago Colmenar. Puede que no os diga nada este nombre. Pero ¿y si os digo que está casado con María Jesús Ochoa?

Los otros fruncieron el ceño.

—Es la hermana de Jesús Mari. Santiago Colmenar es su cuñado.

—Qué sorpresa —ironizó Aguirre.

—Pues el nuevo administrador, bueno, nueva administradora en este caso, es Asunción Matellano.

—No me suena.

—Normal. Es una mujer de noventa y tres años de Madrid. La madre de Santiago Colmenar.

— Qué torpes, de verdad. Hace falta tener poca vista — refunfuñó Beloki.

—Supongo que andan tramando algo y est án intentando colocar a la mujer de muñeco de paja.

Persona inimputable. Administradora sobre el papel, cero poder en la práctica.

Jesús Mari fue consejero de Cohesión Territorial en el Gobierno en 2004.

El proyecto termal no acabó de salir adelante, pero está claro que algo se está moviendo ahora que vuelve a estar en el poder —remató Ozcoidi.

—«El proyecto se reactiva» —volvió a leer Aguirre, señalando el chat de WhatsApp entre Jesús Mari y Rufino—. Sea lo que fuere, Rufino estaba al tanto.

Los tres meditaron durante unos segundos.

—Parece que tenemos bastante centrado el tiro por este lado —comentó Beloki, animado—. En cuanto terminemos la reunión llamaré a Hornillos. En otro orden de cosas, todavía tenemos pendiente hablar con Lucía Benítez.

— Esta tarde me paso por su casa —contestó Aguirre.

—Sobre eso. Tengo algo interesante por aquí —mencionó Ozcoidi poniéndose los guantes de nitrilo de nuevo y tomando el anuario, triunfal.

—Sí que te ha cundido el día, ¿eh? —bromeó Aguirre.

—Trabajo mejor cuando no molestáis —replicó, burlón.

El joven pasó las páginas aprisa, aunque con delicadeza.

—Aquí está. Vais a alucinar con las pintas, pero el pie de foto no deja lugar a dudas. —Tendió con cuidado el pequeño libreto.

Beloki y Aguirre se acercaron, intrigados.

En la página se veía la foto de una clase de adolescentes, niños y niñas, uniformados con un jersey rojo y pantalón o falda gris.

Aparecían en dos filas, de pie, con un monumento de piedra detrás y rodeados de vegetación.

En la fila de abajo, tres niñas, serias, miraban fijamente a cámara .

El pie de foto indicaba sus nombres: Carla Moreno, Lucía Benítez y Beatriz Castañeda.

—Son ellas —murmuró Beloki—. Estudiaban juntas.

—Así es. Pero fijaos en el profesor .

—Pedro Zabalburu. ¡Joder!

—El cadáver de Izarra era el profesor de las chicas.

El silencio se apoderó durante un momento de la sala.

—¿Creéis que guarda algún tipo de relación?

—¿Qué sabemos de Beatriz Castañeda? —preguntó Beloki.

—La verdad es que no mucho —reconoció Ozcoidi—.

He encontrado un par de noticias muy breves.

Parece que fue un suicidio, y ya sab éis que antaño no se daba mucha cobertura a este tipo de sucesos para no «contaminar».

Beatriz era de Santander, hija de un empresario conservero, José Luis Castañeda, y de Dolores Benavente, su esposa.

—¿Hemos hablado con ellos? — Ozcoidi negó con la ca beza—. Pues pégales un toque. Quizá puedan contarnos algo más.

—El caso es que Beatriz murió en 1990. La noticia apenas tuvo repercusión y el colegio siguió su andadura con normalidad. No hay mucha más información al respecto. Lo que sí que he encontrado ha sido mucha leyenda negra.