Pamplona, junio de 2024
La mañana del viernes hacía una temperatura perfecta y lucía un sol radiante.
El clima parecía haberse puesto de parte de los libreros, que buscaban hacer su particular agosto a principios de junio con una más que esperada feria del libro.
La plaza del Castillo estaba repleta de casetas con ejemplares de todos los géneros y para todas las edades.
La gente, animada, paseaba entre los puestos curioseando y llenando las bolsas y la caja registradora de los comerciantes.
Aitor se estrenaba como librero en la feria.
Notas al Margen apenas llevaba abierta unos días, pero su emplazamiento y la enorme campaña que Leyre había diseñado estaban dando sus frutos.
Intentaba atender a todo el mundo adecuadamente, pero había calculado que la pelirroja estaría ayudándole en la caseta, y muchas personas se marchaban al poco de llegar, hastiadas de esperar, rumbo a la siguiente librería.
Aitor observaba con mezcla de frustración y estupor lo que comenzaba a parecer la definición de «morir de éxito».
—Oye, majico, quiero un regalico para mi nieta. Es vigana —le espetó una anciana, agarrándolo por la muñeca.
—¿Vigana?
—De esas que no me comen carne.
—Ah, sí, ya veo. Es que aquí no tenemos libros de recetas. Solo de segunda mano.
La mujer frunció el ceño. No estaba seguro de si estaba decepcionada o enfadada.
—Pero hay un libro muy bonito sobre animales. Está narrado desde el punto de vista de un perro —oyó decir a una persona justo detrás de la anciana.
Un mechón pelirrojo asomó en su campo de visión y el corazón le dio un vuelco.
—Es un libro de Virginia Woolf. Se llama Flush —explicó Leyre, abriéndose paso y entrando a la caseta sin pedir permiso.
—A mi nieta le encantan los animales. —Los ojos de la mujer centellearon.
Leyre buscó en las estanterías mientras lanzaba una mirada cómplice a Aitor.
—Es este —se lo tendió .
—Me lo llevo —dijo la anciana mientras sacaba el monedero.
Aitor observó hipnotizado el intercambio.
—Hola —saludó una sonriente Leyre cuando la señora abandonó el puesto.
Antes de que Aitor pudiera responder, otro cliente asaltó a Leyre.
Lo mismo le ocurrió a él, y la siguiente hora y media apenas pudieron hablar.
Ambos estaban dando salida a las preguntas y peticiones de los que se acercaban hasta allí.
La mañana estaba resultando muy fructífera y ninguno quería chafarlo.
—Estás en racha —comentó Leyre, risueña , mientras retiraba unas cajas para hacer sitio—. Voy a ir a por algo de comer. Es mejor que no dejemos el puesto solo en ningún momento. Te traigo algo, ¿ vale?
No le dio tiempo a contestar. La pelirroja desapareció tan súbitamente como había llegado. Apenas quince minutos después, estaba de vuelta con dos bocadillos.
—Perdona por empezar, ten ía mucha hambre —explicó con la boca llena mientras le tendía el otro—. Es de lomo con queso.
Aitor lo cogió y la observó un momento. Ella masticaba ajena a su mirada interrogativa mientras hojeaba el inventario, repasando qué libros seguían disponibles y cuáles se habían vendido. Él tenía sentimientos encontrados.
Leyre aparecía y desaparecía, como las mareas.
Cuando estaba, su presencia lo llenaba todo; pero su ausencia dejaba un hueco mucho mayor.
Los días atrás habían sido un infierno sin su apoyo.
Aitor se preguntó cuán egoísta era exigirle nada.
Su tiempo. Quizá se había acostumbrado demasiado a su compañía.
A fin de cuentas, en realidad no tenía nada que reprocharle.
Leyre se había dejado la piel para ayudarlo a abrir el negocio, pero ella también tenía una vida que atender, por mucho hueco que eso dejase.
Hueco.
¿Era eso lo que sentía cuando no estaba cerca?
Decidió que no era momento de reproches. Así que comenzó a dar buena cuenta del bocata como si nada.
Leyre lo observaba de reojo. Había comprobado cinco veces la misma hoja de inventario, sin retener ni uno solo de los libros que quedaban o que se habían vendido .
Intentaba discernir qué era lo que debía decir en realidad .
Cómo podía justificar su ausencia, su vacío de los últimos días.
Sabía que no podía echar nada en cara a Aitor.
Ella disfrutaba mucho del tiempo que pasaban juntos, pero Aitor estaba con Julia, y ella la respetaba.
Respetaba su relación. Aunque no podía negar que cada célula de su cuerpo tiraba para pasar más tiempo con el desastre con patas que era aquel hombre.
Aitor había estado en su vida desde siempre, desde aquel campamento de verano en Hondarribia , desde que se hiciera amigo de su hermano, desde que este muriera hacía un par de años.
Era como si la muerte de Mario los hubiera empujado dentro de una lavadora, como si todos esos sentimientos hubieran pasado por una centrifugadora para salir convertidos en otra cosa.
Una más limpia , al parecer, pero menos noble.
Era consciente de que estaba atrapada entre lo que sentía y lo que quería.
Quería no quererle. Pero tenía que luchar con todas sus fuerzas para revertir este sentimiento.
—Bien jugado lo de antes —dijo Aitor.
—¿El qué?
—Lo de la señora. Flush . Eres muy buena leyendo a la gente .
—No creas —se sonrojó—. Yo diría que se me da de pena.
—Sabes que no —rio—. Por ejemplo, ese señor de allí. El que viene andando por la calle. ¿Qué crees que le pega?
Leyre meditó un par de segundos, observando.
—Partida de mus con los amigos, todas las tardes.
Sin excepción. Se juega dinero , aunque no mucho.
Es la única emoción que le queda en la vida.
Se siente atrapado en un matrimonio que no le satisface y le oculta a su mujer su pequeña incursión en el juego.
Ha salido a pasear por prescripción médica.
Colesterol alto. Va a pasar de largo por las casetas sin comprar nada. Solo viene a husmear.
Ambos contemplaron a aquel señor pasear distraído entre los puestos. Llevaba un sombrero de ala ancha, marrón. Y se sonaba la nariz con un pañuelo de tela que tenía hecho un gurruño en la chaqueta.
—Ah, y fuma. Mucho — remató Leyre, murmurando, mientras le miraba el bigote.
El hombre estaba a apenas un par de metros de su caseta. Llegó hasta su puesto con paso distraído, observando los libros. Justo cuando lo tenían delante, se detuvo y tomó un ejemplar de la mesa. Lo hojeó, leyó la sinopsis, vaciló y, finalmente, volvió a dejarlo en su sitio.
Aitor y Leyre contuvieron la respiración. Cuando hubo abandonado la caseta , ambos se abalanzaron a la vez sobre el ejemplar que había husmeado.
—¡Te lo dije! —estalló entre risas Leyre mientras levantaba triunfal el libro.
— El cartero , de Charles Bukowski —leyó él, entrecerrando los ojos—. «Henry Chinaski es un empleado de una compañía de correos que ha perdido por completo las ganas de vivir y al que solo las carreras de caballos le dan algo de alegría y emoción en su vida…» —recitó.
Los dos se echaron a reír tan fuerte que tuvieron que sentarse en el suelo de la caseta. A Leyre le caían lagrimones. El escándalo era tan grande que varios clientes que se acercaron hasta allí les lanzaron algunas miradas reprobatorias.
—Ha sido brutal —reconoció Aitor.
Ella asentía, secándose todavía algunas lágrimas de los ojos.
—Y eso me lleva al punto de partida: se te da muy bien leer a las personas.
—Solo ha sido un golpe de suerte.
—No lo creo —sonrió.
Hubo un silencio que resultó extrañamente incómodo. Fue breve, pero lo suficiente como para que ambos desearan que se acercara alguien más al mostrador.
—Te he echado de menos. Estos días, me refiero —se sinceró él.
Leyre sintió las mejillas arder.
—Siento… siento haber desaparecido. Necesitaba unos días — farfulló.
—Sé que este negocio no es tuyo. Quizá te estoy poniendo en un compromiso y quiero que sepas que me has ayudado mucho. Me estás ayudando mucho, de hecho.
—No es un compromiso. Lo hago encantada. Lo disfruto mucho.
Silencio de nuevo.
Un transeúnte se detuvo a curiosear el mostrador, pero percibió de alguna forma que había interrumpido algo. Los miró a los dos, sin mediar palabra, y se marchó de allí sintiendo que sobraba.
—¿Tienes algo que hacer luego? Quiero invitarte a cenar . Por la ayuda de estos días —explicó él, nervioso .
—No hay nada que me apetezca más —replic ó Leyre con una sonrisa.