Pamplona, junio de 2024
Ozcoidi parpadeó con fuerza un par de veces.
Tenía los ojos muy secos. Las horas delante de la pantalla pasaban factura.
Cuando decidió opositar para el cuerpo siempre se imaginó en la calle, en plena acción, corriendo detrás de algún delincuente o realizan do prácticas de tiro.
La realidad de la Brigada de Delitos contra las Personas era bien distinta.
Tenían momentos de acción y adrenalina —más de lo que le gustaría a su madre—, pero lo cierto es que el día a día requería de bastante trabajo de investigación documental, bucear en fichas policiales, archivos, leer informes…
Se trataba de una labor tan poco gratificante como necesaria, aunque casi siempre tenía recompensa.
Con lo que tampoco contaba era con tener la atención dividida.
Miraba el móvil dos veces por minuto, esperando un mensaje de Borja que no llegaba.
Se sorprendió de su repentina dependencia.
¿Cómo había pasado aquello? Aún no terminaba de aceptar que pudiera gustarle un chico.
Su atracción por las mujeres no había desaparecido, de eso estaba seguro.
Pero era como si de repente no importase cuál era la carcasa, sino quién estaba debajo.
Aquello simplificaba y complicaba mucho las cosas.
Pero, sobre todo, acojonaba. Las etiquetas.
Los prejuicios. La intolerancia. ¿Qué diría su familia?
¿Y sus amigos? ¿Qué pensaría su ex? ¿Tendría que dejar de jugar al fútbol?
Joder , no podía pensar en eso ahora. Necesitaba concentrarse. Se prometió a sí mismo que dedicaría algo de tiempo a pensar en ello.
Pero no ahora.
Repasaba con atención el atestado de Vitoria, buscando información sobre Beatriz Castañeda. Había otro dato inesperado que su instinto le decía que podía ser de relevancia. Sonrió para sí mismo mientras lo anotaba en su cuaderno.
El sonido del teléfono lo sacó de su burbuja.
—¡Beloki! Dime.
—Estamos en la comisar ía de Lakua, con la Ertzaintza.
—¿Visita cordial?
—Para nada —replicó el subinspector—. Hemos detenido a Jon Ugarte.
—¿Qué ha pasado?
—Nos hemos personado en un almacén de su propiedad y ha intentado huir. ¿ Estás en comisaría?
—Sí, estoy con papeleo y creo que he encontrado algo.
—Vale, lo hablamos a la vuelta. ¿Está Crispín por ahí? No me coge el teléfono.
—No sé, llevo sin salir de la oficina dos horas. ¿Qué ocurre?
—Se va a librar de una buena. Con la de mierda que había en ese almacén, la científica de la Ertzaintza tiene curro para dos años.
El tal Ugarte va recopilando cosas que roba por ahí.
Es un pieza de cuidado. Si ves a Crispín dile que me llame.
Por lo pronto, envíame las fotos de lo que encontraron en la buhardilla de los jueguecitos de Rufino. Necesitamos contrastar unos objetos.
—Vale, ahora mismo. Pero, aprovechando que estás allí, te cuento lo que he averiguado: el cadáver de Izarra, Pedro Zabalburu, es un exjesuita que fue expulsado de la orden por abusos.
— Sorpresa —ironizó Beloki para sí—. Gracias por la información. Mañana ampliamos. Nos vemos a primera hora.
Beloki deshizo el camino hacia la sala del interrogatorio. Estaban en la comisaría de la Ertzaintza, así que eran ellos quienes guiaban la conversación. Aguirre observaba a través de un cristal, con el ceño fruncido.
—¿Nada? —preguntó el subinspector, colocándose al lado de su compañero.
—No me dejan pasar. Siguen con un cabreo de tres mil pares de pelotas.
Beloki resopló.
—Déjame probar una cosa.
El subinspector tocó con los nudillos a la sala y abrió sin esperar. Aguirre, desde el otro lado, observó la jugada.
—Disculpe, oficial. Necesito un minuto con usted.
El agente de la Ertzaintza hizo una mueca y se levantó de la mesa. Jon quedó cabizbajo mientras el abogado de oficio que le habían asignado le susurraba un par de consejos.
—Acabo de recibir las fotografías de nuestro atestado. Coinciden con los elementos que hemos confiscado en el almacén.
—Perfecto —respondió, de mala gana—. ¿Me pueden dejar terminar con el interrogatorio?
—A nosotros también nos gustaría hacerle un par de preguntas. Era el objetivo inicial.
— Creía que su objetivo inicial era ponerse a disparar en una zona llena de negocios y civiles sin avisar al cuerpo policial de la jurisdicción correspondiente —espetó, con sarcasmo .
—Oiga, somos compañeros. Ya le he dicho que solo queríamos hablar con el chico por la investigación en curso en Navarra. Luego la cosa se ha complicado. Nadie ha sido herido. Todos cometemos errores.
—Ya, claro.
— Seguro que no quieren que interpongamos una queja por entorpecer la investigación en curso —soltó el agente de la Policía Foral.
—¿Nosotros? —La sorpresa en la cara del agente de la policía vasca parecía genuina—. ¡Qué gratuito!
—Acabamos de saber que el cadáver que apareció en Izarra pertenece a un cura jesuita denunciado por abusos. ¿No creyeron relevante incluir eso en el informe?
El oficial de la Ertzaintza abrió la boca, incrédulo.
—No me digan que no estaban al tanto. Mi compañero lo ha descubierto en media mañana, buceando en la información.
No creo que ustedes sean tan torpes. Así que solo me queda pensar que ha sido encubierto de manera deliberada.
Si quiere puedo incluir este pequeño error en nuestras diligencias.
O puede dejarnos pasar y hablar dos minutos con el chico, y aquí paz y después gloria. ¿Qué me dice?
El agente apretó los labios hasta que la piel que los bordeaba se tiñó de un color blanquecino.
—Dos minutos —replicó, al fin—. Ni uno más. Estaremos aquí mismo vigilando.
Aguirre observó a su compañero con cierta admiración.
—Luego me lo explicas —pidió mientras entraban a la sala.
Jon levantó la mirada y puso los ojos en blanco, hastiado, cuando vio quién entraba.
—Qué poco te alegras de vernos. Sonríe un poco, hombre, que somos los buenos.
—Muy gracioso.
—Solo vamos a hacerte un par de preguntas.
El chico miró al abogado, que asintió.
—¿Qué quieren?
—Queremos saber qu é hacías en casa de Rufino.
—Nada. Ya se lo he dicho. Úrbex.
—Mis cojones —soltó Aguirre bajo la mirada reprobatoria de su compañero—. ¿Entonces por qué huiste de nuestro compañero?
El chaval volvió a agachar la cabeza.
—Será mejor que colabores. Más rápido y menos doloroso para todos.
—Me asusté.
—Seguro que sí. Pero ¿me puedes explicar qué hacía esto en tu almacén? —Beloki le tendió su teléfono, que mostraba unas imágenes de varios juguetes sexuales encontrados en la buhardilla de Rufino.
Jon miró hacia otro lado.
—¿Eres un pervertido? ¿Te va la marcha a ti también? —pregunt ó Aguirre.
El chico le soltó una mirada cargada de odio.
—No me digas que ibas a usarlos. Espero que los laves un poco primero, hombre. O lo mismo te gustan así.
El chaval se puso de pronto en pie y pegó con ambos puños sobre la mesa .
—¡No son para mí, imbécil! —rugió.
Aguirre lo miró divertido, viendo cómo entraba a su provocación.
—¿Entonces para quién son? —preguntó Beloki.
Jon los miró con rabia. Luego miró a su abogado, que le devolvió una mirada expectante.
—Son para un comprador.
—O sea, que comercias con esta mierda. ¿El resto de los objetos son también para vender o es más bien Diógenes? —apretó Aguirre.
—Oiga… —comenzó a protestar el abogado.
Beloki dio un codazo a su compañero . Resopló y entrelazó los dedos sobre la mesa, mirando a Jon de frente.
—Mira, que robes o dejes de robar es otro delito por el que nosotros no vamos a empapelarte ahora mismo. Solo necesitamos que colabores. Te hemos situado en dos escenas de un crimen en menos de tres meses. Y de las dos te has llevado alguna reliquia. Comprenderás que estemos algo desconcertados.
Jon volvió a agachar la cabeza.
—¿Te has llevado algo más de casa de Rufino?
—No —murmuró el chico, en voz baja.
—¿Has tocado algo más?
—No. Solo fui directo a la buhardilla.
—¿Y cómo sabes lo que había allí?
—Me lo dijo Ibai.
—¿Ibai…? ¿Ibai Matute?
El otro asintió.
Beloki miró a su compañero.
El oficial de la Ertzaintza entró por la puerta y se quedó mirándolos en silencio durante un par de segundos. El subinspector le devolvió la mirada.
—Bien, nosotros ya nos vamos. Procura no meterte en m ás líos.
Los agentes de la Policía Foral se despidieron.
—Nos llevamos la caja de los objetos robados en Izarra. Los consoladores, látigos y demás se los pueden quedar ustedes —r emató al pasar por delante del agente de la policía vasca.