Vitoria, junio de 2024
Beloki intentó sintonizar la radio, pero la autopista a Vitoria era famosa por su clima inhóspito y su cobertura nula . Lo compensaban las tremendas vistas a la sierra de Urbasa , aunque eso no llenaba el vacío hermético entre él y Aguirre.
Habían convenido que Ozcoidi se quedara en Pamplona de guardia.
Al principio habían intentado que Beloki y Ozcoidi fueran juntos, pero el joven agente había visto una oportunidad de oro para forzar una conversación entre sus compañeros, así que se había excusado con un falso asunto personal.
Al verlos salir en el coche sintió un pinchazo de expectación y de remordimiento.
Habían recorrido la mitad del camino y Beloki y Aguirre llevaban más de treinta minutos sin dirigirse la palabra.
El subinspector movía incesantemente el dial para dar con una señal estable.
Comenzó a oírse el sermón de un sacerdote a través de la única sintonía que llegaba clara y diáfana.
Aguirre lo observó de reojo, desde el asiento del copiloto, con los brazos cruzados.
—No pensar ás dejar eso, ¿verdad?
—No entiendo por qué es la única emisora que siempre tiene cobertura —masculló.
Aguirre volvió la cabeza hacia la ventanilla y observó las montañas.
—A tomar por culo —sentenció Beloki, apagando la radio.
Los dos sintieron el peso del aire hundirse sobre sus hombros. Aguantaron sin decir nada cerca de un minuto más, pero era como si una entidad invisible les apretara el gaznate.
—¿Has pedido la orden para pinchar el teléfono de Jesús Mari Ochoa? —preguntó al fin Aguirre.
—No. Quiero pensar bien qué le cuento a Hornillos.
—Dile que su amigo es un putero y un extorsionador. Y a ver cómo reacciona.
—Muy gracioso.
Silencio.
—Pero sería épico.
—No estar ía mal. —El subinspector dibujó media sonrisa.
Silencio.
—Voy a decirle que necesitamos descartarlo antes de que haya una filtración a la prensa. Que estamos seguros de que no tiene nada que ocultar, pero que es mejor hacer esto antes de que el caso salte a la esfera pública.
—No es mal plan —reconoció Aguirre.
Los dos agentes sintieron alivio ante lo que parecía ser un acercamiento. Era la primera conversación sin reproches de las últimas semanas. Continuaron atentos, cada uno a su cristal, sin cruzar las miradas.
Aguirre intentó centrarse en el caso, pero no dejaba de darle vueltas a todo lo que quería decir a su compañero.
Los pensamientos se le apretujaban en las sienes.
Aun así, estaba tan cansado que optó por guardarse el enfado y conservar la energía para lo que tenían por delante.
Beloki, por su parte, tenía miedo de abrir la boca y mostrarse vulnerable.
Sabía que Aguirre no estaba bien y que la situación entre ambos había escalado hasta un punto que no era sano, pero él no era el mejor orador para mantener una conversación constructiva. Y menos en aquel momento.
Al entrar en Vitoria los agentes siguieron las indicaciones del navegador hasta la dirección en la que estaba registrada la furgoneta gris.
Se trataba de un barrio obrero en la periferia, uno de esos sitios que habían nacido a golpe de fábricas y de promesas de progreso con una identidad tan marcada como el ladrillo rojo de sus edificios.
Barrios incómodos que ni siquiera podían revalidar su triste título, sustituidos por nuevas periferias que crecían conforme al pulso de la ciudad.
Aparcaron el coche y se dirigieron al portal.
La calle parecía tan olvidada como la basura que se arremolinaba con pequeños soplos de viento.
Beloki y Aguirre observaban todos y cada uno de los vehículos estacionados y las escasas personas que cruzaban por allí, memorizando detalles.
Ni rastro de la furgoneta gris que les había indicado Crispín.
Llegaron al portal y lo encontraron abierto .
A nadie en aquel barrio parecía preocuparle en exceso la inseguridad.
Subieron hasta el segundo piso por una escalera desgastada en el centro de los peldaños por el uso.
Había dos viviendas en cada planta. Los agentes llamaron a la puerta B desde el pequeño rellano.
Los recibió un hombre de unos sesenta años, de ceño fruncido y con un pantalón de pijama que pedía a gritos pasar a mejor vida.
—¿Qué quieren?
—Subinspector Beloki y agente Aguirre, de la Policía Foral. Nos gustaría hablar con Jon Ugarte. ¿Es su hijo?
El hombre resopló, conteniendo un improperio.
—¿Qué ha hecho?
—¿Está en casa ?
—No, no está. ¡Josune! —gritó, malhumorado, girándose hacia el pasillo.
Una mujer entrada en carnes, con el pelo rojo y unas raíces tan negras como sus ojos , se acercó a la puerta, secándose las manos con un trapo.
—¿Qué pasa? —preguntó, observando a los visitantes y a su marido.
—Son de la policía . Preguntan por Jon.
—¿Qué pasa? —repitió esta vez, apurada.
—Solo queremos hacerle algunas preguntas.
—Pero ¿ha hecho algo malo?
Beloki hizo un gesto con la mano, pidiendo calma.
—En principio no tienen por qué preocuparse. Solo queremos hablar con él de un caso que estamos investigando.
—Ay, ama … —La mujer se llevó la mano a la frente.
—¿Dónde podemos encontrarlo? ¿ Está trabajando?
—No, trabaja de noche. Estará en el almacén o con sus amigos por ahí.
—¿Qué almacén?
—El almacén de su padre. Suele pasar mucho tiempo allí.
Los agentes miraron instintivamente al hombre.
— Yo no soy su padre —se excusó aquel, levantando las manos.
—Es mi pareja. Mi nueva… pareja —explicó la mujer, avergonzada.
—Muy bien, gracias. ¿Podría darme la dirección del almacén?
Apuntaron las indicaciones y se despidieron. Nada más cerrar la puerta, comenzó una retahíla de reproches y juramentos a la que decidieron no prestar atención.
— El sitio está a quince minutos de aquí —comprobó Beloki.
Recorrieron un par de manzanas hasta que comenzaron a ver espacios más abiertos y naves industriales.
Fábricas de toldos, industrias mecánicas, tiendas de muebles…
Justo antes de la salida a la autopista, giraron por una calle que daba a un pequeño grupo de naves.
Todas tenían la fachada beis, grandes puertas batientes y vistas hacia un descampado donde solo vivían el viento, hierbajos e insectos.
—Mira —señaló Aguirre en voz baja.
Una furgoneta gris que coincidía con la descripción y la matrícula que les había proporcionado Crispín estaba aparcada frente a una nave que tenía la puerta abierta.
Los agentes se miraron y no necesitaron cruzar ni media palabra más.
Aparcaron a veinte metros de distancia, apagaron el motor, comprobaron sus armas y salieron con sigilo del vehículo. Beloki hizo un gesto a su compañero para entrar en posición paralela, abarcando la mayor parte del espacio de la entrada. Aguirre asintió.
Entraron con tiento al almacén. Les llevó unos segundos adaptar su visión a una luz mucho más tenue, casi en penumbra.
Aprovecharon para echar un vistazo a su alrededor.
El lugar era diáfano y de techos altos, pero estaba repleto de estanterías metálicas de varios pisos.
Algunas de ellas tomaban bastante altura, hasta casi rozar el tejado.
Otras, las más cercanas a la puerta , tenían apenas tres o cuatro baldas.
Los cachivaches que las habitaban eran de lo más variopinto.
Figuritas de cerámica, ropa antigua, vajilla, jarrones, cubertería, instrumentos musicales, ruedas, llantas, juguetes…
Todas , eso sí, tenían un denominador en común: la mugre.
El polvo se acumulaba sobre los objetos formando una fina capa similar a la ceniza.
No parecía haber ninguna clasificación aparente más allá de un etiquetado precario a base de pedazos de cinta de carrocero, amarillenta, escritas a mano con rotulador .
Los músculos de ambos agentes estaban en tensión. A simple vista, no había nadie. En uno de los laterales había un escritorio de oficina desvencijado con algunos papeles encima y un transistor donde sonaba el último éxito de la radiofórmula.
De pronto, escucharon un silbido en el fondo de la nave acompasado a la melodía de la radio.
Alguien parecía estar manipulando un objeto metálico, ajeno a la presencia de los policías.
Beloki observó fugazmente a un chico fuerte , vestido con una camiseta de tirantes blanca y un pantalón corto varias tallas más amplio.
Arrastraba un saco que desbordaba restos de chapa hacia una de las esquinas del almacén .
Beloki miró a Aguirre y se llevó el dedo índice sobre la boca, pidiendo silencio.
—¡Buenos días! — gritó el subinspector, en tono amistoso.
El chaval dio un respingo y el silbido cesó de inmediato. Los observó de lejos, cauto, y se acercó unos pasos entre las estanterías.
—Buenos días —respondió, limpiándose los restos de polvo y aceite sobre el pantalón—. ¿Tienen cita?
— No. Estamos buscando a Jon Ugarte.
El chico se detuvo a una distancia prudencial.
—¿Y quién pregunta por él?
—Policía Foral.
Lo siguiente apenas ocurrió en una fracción de segundo.
Jon se giró de súbito y echó a correr hacia el fondo de las estanterías, sin mediar palabra.
—¡Por ese lado! —gritó Beloki a su compañero mientras ambos sacaban el arma y se dividían para cubrir los dos lados del almacén—. ¡Alto!
Pero el muchacho no pensaba detenerse.
Jon tropezó con distintos objetos mientras huía.
Le protegía el laberinto de estanterías, pero los agentes solo tenían que seguir la escandalera.
De pronto , el ruido cesó y lo perdieron de vista.
Fueron tan solo unos segundos hasta que alcanzaron el fondo la nave .
Una puerta entreabierta daba a una antigua oficina, y dentro había otra puerta al exterior.
—¡Mierda! —gritó Aguirre corriendo de nuevo hacia la puerta de entrada.
Beloki optó por salir al exterior desde aquel sitio, empuñando su arma. Tenía las pulsaciones muy por encima de lo recomendable . Aquel lado de la nave daba a otra calle de negocios del polígono totalmente desierta. El chaval parecía haberse volatilizado .
Aguirre había alcanzado la entrada de nuevo atravesando el interior. Al salir a la calle escuchó el ruido de un motor poniéndose en marcha.
—¡Eh! —gritó a la furgoneta gris, que comenzaba a moverse.
No lo pensó un segundo.
Hacía varios años que no disparaba un arma. Se encomendó a los pocos santos que conocía, apuntó a la rueda y disparó.
El sonido del proyectil atravesó el aire.
No acertó en ningún sitio.
Sabía que era peligroso ponerse a disparar en una zona donde podía aparecer cualquiera en cualquier momento.
—¡Mierda! —gritó , bloqueado, dando un puntapié a un guijarro cercano.
En ese momento, el subinspector hizo su aparición. Beloki sujetaba el arma firme, sereno.
Emitió un único disparo. Después, el sonido de un reventón de neumático.
La furgoneta zigzagueó peligrosamente, hasta que quedó cruzada en medio de la calzada. Justo cuando el muchacho salió del vehículo a trompicones para continuar con la huida, Aguirre se echó con todo su cuerpo sobre él.
—Me parece que vas a tener que dar muchas explicaciones —escupió mientras le ponía unas esposas.