El pacto de las sombras (Inspectora Julia Arrondo 3) Señorío de Elío, junio de 2024 #2
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Señorío de Elío, junio de 2024 #2

—Buenas tardes otra vez —saludó Carla desde el jardín. Había dispuesto una mesa de madera con varias sillas, un mantel de tela blanca con bordados delicados y unos vasos de cristal.

—Vaya vistas —silbó Javier—. Desde aquí se oye el río y poco más, ¿no?

—Así es. Eso sí, el palacio es tan antiguo que ya hace el suficiente ruido por sí solo —bromeó Carla.

—Hola , Carla —saludó Lucía, tímida.

Carla la observó. La actriz aún permanecía oculta tras sus gafas de sol.

—Hola , Lucía. Me alegro de que hayas podido acompañarnos.

Aquello pareció insuflar algo de vida a Lucía, que sonrió y se quitó las gafas con cuidado.

—Por favor, tomad asiento —pidió Carla, haciendo lo propio—. Juan, ¿te importa traer algo de picar?

Juan se detuvo a medio camino de posar su trasero en otra de las sillas. Miró a Carla un momento, en silencio.

—Claro. Ahora mismo.

—¿Vino está bien? —preguntó ella, y sin esperar respuesta de sus invitados sirvió tres copas.

—Perfecto . Es una de nuestras pasiones. Hemos pensado en comprar un viñedo por la zona de Estella. Aunque a título personal soy un devoto del Malbec y no es para nada una zona apropiada para cultivarlo —rio.

—Desde luego esta no es la zona más soleada del mundo. —La anfitriona les tendió las copas y brindó con ellos—. Por la vida. Por los reencuentros. Por los acuerdos.

Javier y Lucía dieron un gran sorbo, satisfechos.

—Bueno , hablemos de negocios —sugirió Javier—. El otro día me quedé pensando en las distintas formas de colaboración para los proyectos de reforestación. Creo que puedo servir como nexo entre varias empresas que…

La siguiente hora, Carla y Javier se dedicaron a debatir fórmulas, precios, número de plantones y posibles socios y empresas para las que Javier podría hacer de intermediario en proyectos de reforestación.

Lucía, mientras tanto, se sirvió un par de copas más.

Con el tercer vino, aburrida de la conversación sobre negocios, se levantó y dio un par de pasos en dirección al prado que tenían enfrente.

—¿Puedo…? —preguntó a Carla.

—Claro . Explora lo que quieras.

Lucía echó a andar feliz y distraída por el terraplén de hierba.

Pasó cerca de un estanque pequeño y seco que tenía la pintura desconchada y pedía un arreglo a gritos.

Justo al lado, un abrevadero de piedra a rebosar de agua que parecía llevar allí doscientos años presumía de un musgo perenne.

El césped crecía salvaje en esa zona y unos metros más allá se levantaban unas colmenas, dispuestas contra un murete.

Carla la miraba de reojo, desde la distancia. Seguía como podía la conversación con Javier. Se giró un momento en dirección al palacio, buscando a Juan.

No lo vio, pero su corazón perdió un latido durante un instante.

Un vestido negro la observaba desde la ventana de la galería superior.

Javier se dio cuenta del gesto de susto.

—¿Todo bien…? —preguntó, llevando los ojos en aquella dirección.

—Sí, perdona. Es que no localizo a Juan y quería pedirle que trajera algo más de picar.

—No te preocupes, estamos más que servidos. ¿Dónde está Lucía? — Miró a su alrededor.

—Creo que estaba explorando el jardín.

Carla volvió a observar la ventana. No había nada allí, pero percibió aquella sensación de nuevo en la nuca .

Lucía continuaba con su pequeña incursión en el terreno del señorío.

Aquella zona de la finca estaba más cerca del río, el sue lo era más húmedo, más blando, y la vegetación, más frondosa.

Le llamó la atención la linde con el terreno contiguo, una pequeña valla que separaba la propiedad de Carla de una granja de ovejas, justo al lado.

El rebaño pastaba tranquilamente, con la cadencia de los cencerros mezclándose con el sonido del agua y el de las ovejas arrancando de raíz pequeños brotes de hierba.

El reflejo repentino de unos destellos incidió en sus ojos.

Era un cristal que acababa de moverse. Se fijó en un invernadero que se alzaba unos metros más allá.

Estaba rodeado de plantas y flores muy llamativas.

Juan salía de él agarrando unas raíces enormes y se dirigía a un cobertizo de madera contiguo.

Lucía se acercó con curiosidad. Cuando vio al jardinero entrar en la cabaña, aprovechó para colarse dentro del vivero.

Un festín de colores en forma de pétalos y tallos le nubló la vista.

Había pequeños esquejes en periodo de maduración para convertirse en plantones, los futuros arbolitos que usaban para las replantaciones.

Caminaba despacio envuelta por una borrachera de colorido natural.

Llegó al fondo, donde la humedad era más incipiente.

Había una zona con enormes macetas. Se acercó a curiosear y estiró los dedos hasta casi tocarlas.

—Es mandrágora —oyó a sus espaldas, y dio un brinco, asustada.

Juan estaba de pie, a un par de metros, observando a la intrusa.

—Lo siento —murmuró—. Estaba paseando y he visto todo el colorido y solo quería…

—Veo que has descubierto nuestro pequeño vergel —saludó Carla, que apareció de pronto.

Lucía agachó la cabeza, avergonzada.

—No pasa nada —la relajó, con una sonrisa.

—¿Dónde está Javier?

—Ha ido al servicio. He venido a buscarte. Creo que os marcháis ya.

—¿Es comestible? —preguntó, señalando la mandrágora.

—Bueno, se podría comer, pero en pequeñas cantidades. Los usamos para las sesiones. Para potenciar los sentidos —explicó Juan.

—¿Qué sesiones?

Carla observó un momento a Juan, en silencio. Era como si le reprendiera. Luego miró a Lucía.

—Sesiones de mediumnidad —confesó, a media voz.

La actriz parpadeó, sorprendida. Recordó la fiesta en Elío y la conversación que tuvo con el periodista.

—Un reportero me dijo el otro día que tenían una sesión contigo.

—Sí, ofrecí algo íntimo para unos pocos. Era la primera vez que me atrevía a hacer algo en directo.

—¿Puedes… puedes hablar con ellos ?

Carla se encogió de hombros, seria.

La actriz sintió un empuje repentino. Quizá por fin podría enmendar las cosas .

—Me gustaría… Me gustaría hablar con Beatriz —propuso .

Carla hizo una mueca de sorpresa.

—Sé que han pasado muchos años, pero… creo que… —balbuceó Lucía .

—Claro —respondió Juan, al ver que Carla no reaccionaba—. Pásate mañana, si quieres.

Javier llegó en ese instante al umbral del vivero. Parecía sofocado.

—Vaya, estabais todos aquí y yo sin enterarme —bromeó—. Lucía, cariño, tenemos que irnos.

—Ah, sí, claro —replicó , jovial, mientras se acercaba a su marido. Al pasar a la altura de Carla, le apretó el brazo con cariño —. Gracias de antemano. Nos vemos.

Ella sonrió, diligente.

— Será un placer.