Señorío de Elío, junio de 2024
Carla respiró el aire húmedo y pesado de la cripta. Sintió cómo se le erizaba el vello de la nuca y cerró los ojos.
Allí siempre hacía frío.
Las catacumbas de la iglesia de Elío eran un remanso de paz para los que ya no estaban en este mundo y un lugar que Carla había tomado por costumbre visitar casi a diario.
La primera vez que bajó aquellas escaleras era muy pequeña .
Tenía apenas siete años y estaba con la abuela Fabiana .
Fue la primera vez que la anciana le habló del legado familiar y de sus ancestros.
De las mujeres y los hombres que habían protegido y conservado la que hoy era su casa.
Hablaba en un tono neutro, informativo, como si estuviera obligada a recitar aquello que su madre le había contado un día, y a esta, la madre de su madre.
No había ni pizca de afecto en sus palabras o en su voz.
Solo la responsabilidad de legitimar una herencia transmitida por vía sanguínea, como si fuera un atributo genético más.
Para Fabiana, Elío era su vida, su presente, su pasado y el fu turo de los que vendrían. Carla era otra pieza más dentro del ensamblaje en una línea que había que mantener y perdurar.
Carla, en cambio, solo había recibido una única lección por parte de la abuela hasta la fecha, y era que todo tenía que estar en su lugar.
Los animales, en el campo . Los sirvientes, en sus casas.
Y los señores en palacio , al calor de la chimenea y del escudo heráldico.
La recordaba como la mujer de armas tomar que era, siempre de negro, siempre impertérrita, viviendo sola en aquel lugar hasta el mismo día de su muerte.
Victoria, la madre de Carla, había sabido navegar la personalidad férrea de Fabiana y tenía un criterio propio.
Decidió hacer las cosas a su manera, así que, cuando se mudó a Elío tras separarse de Rufino, pidió a Juan y a su padre que vivieran con ella dentro del palacio.
En ese entonces, Fabiana llevaba más de dos décadas muerta y la mansión era demasiado grande para ella sola.
Sin embargo, la sombra de su madre parecía proyectarse en cada esquina.
De hecho, no le faltaba razón.
La abuela Fabiana había fallecido por causas naturales: su pro pia terquedad.
Resbaló en el baño y se dio un golpe tremendo en la cabeza contra la bañera.
Una reacción rápida de los empleados la habría librado de una muerte segura, pero cada cosa debía estar en su sitio y en aquel momento ellos se encontraban en sus dependencias fuera de palacio.
La bañera se tiñó de rojo y Fabiana se fue de este mundo tal y como había llegado a él: desnuda, sola y envuelta en un charco de sangre.
Carla recordaba el funeral de su abuela como el primer evento traumático de su infancia.
El sacerdote vestido de gala en el patio de palacio, con el ataúd abierto.
La homilía bajo un cielo gris que no se atrevió a arrojar lluvia por miedo a las represalias de una mujer que bien podría haber controlado los elementos.
Un total de diez personas, como mucho , contando a la familia, los empleados, el alcalde y alguien más que pasó por allí con la excusa para curiosear alrededor de la fortaleza ignota, famosa en el pueblo.
La pequeña Carla nunca había entendido el significado de lo que suponía que alguien desapareciera del mundo porque lo cierto es que, para ella, la abuela nunca terminó de desaparecer del todo.
Desde el primer día tras su muerte, Carla veía la tela de la falda de Fabiana a la vuelta de cada esquina.
Era un fogonazo oscuro, sutil. Al principio creyó que sus sentidos le estaban jugando una mala pasada.
Más tarde comenzó a sentir su presencia en cada habitación, vigilante, cuando acompañaba a sus padres al palacio para arreglar los asuntos pendientes que había dejado la matriarca.
No podía explicarlo, pero sabía que era ella.
La sentía asomándose en cada estancia, controlando que todo siguiera tal y como ella había encomendado.
Un día la escuchó.
Se sobresaltó al oír su voz quebrada llamándola. Era apenas un susurro . Por un momento creyó que era su madre la que la reclamaba, pero, al acercarse, solo encontró la cara de preocupación de Victoria.
Si jugaba en el patio, una voz enfadada la reprendía.
Si curioseaba en alguna habitación, volvía a escuchar a alguien llamándola desde la otra punta del palacio.
La abuela Fabiana no hallaba la paz fuera de este mundo y tampoco pensaba dejar que su nieta lo hiciera.
A no ser que las cosas continuaran haciéndose a su manera.
La preocupación de Victoria fue en aumento. El comportamiento de su hija era extraño, pero se negaba a aceptar que la niña estuviera perdiendo los cabales.
Carla observó que aquella sensación desaparecía entre semana, cuando estaba en el colegio, lejos del señorío. Allí su abuela no podía tocarla con los dedos huesudos ni asustarla con amenazas veladas.
Nunca compartió el secreto con nadie. Nunca creyó que fuera algo que alguien pudiera creer. Ni siquiera ella misma.
Pero la vida iba a enseñarle otra cosa.
Carla .
El aire helado de la cripta pareció moverse un poco. Carla estaba de pie frente a la tumba de su madre y de su abuela.
Apretó fuerte los ojos.
Recuerda . Cada cosa, en su sitio. Cada persona, en su lugar .
Ella asintió levemente y apretó todavía más los ojos. Unos pequeños destellos de luz bailaron detrás de sus párpados y una lágrima se abrió paso entre los pliegues.
Aquello no iba a terminar nunca. Su única esperanza era aprender a convivir con ello.
—Carla, ¿estás ahí?
Ella negó con la cabeza.
—Carla, tenemos visita.
Como despertando de un trance, reconoció la voz de Juan, que la llamaba desde la puerta de la iglesia.
Se secó las lágrimas, recolocó la corona de flores ya secas que descansaba sobre el nicho de Victoria y se dirigió escaleras arriba, hacia la luz del día y el calor de aquella tarde de junio.
Juan la observaba desde la puerta.
—Mira —señaló el jardinero hacia un hombre con un chaleco amarillo que manejaba un topógrafo en medio de la carretera.
Carla miró a Juan, volvió a mirar al hombre y se acercó dando grandes zancadas a él.
—Buenos días —saludó el individuo, al verla.
— Buenos días. ¿Le puedo preguntar qué es lo que está haciendo?
—Trabajar.
—Eso ya lo veo. ¿Qué es lo que está midiendo?
—El terreno.
Carla resopló .
—¿Le importaría ser más específico?
Esta vez fue el hombre el que suspiró con hastío.
—Oiga, a mí me han mandado aquí a que mida el terreno, no a estar de charla. Quiero terminar e irme a mi casa cuanto antes, si le parece bien.
— Lo que pasa es que está midiendo terrenos que son de mi propiedad.
—Ya. Pues eso dígaselo a la empresa que me envía.
—Si me da los datos, lo haré encantada.
El hombre rebuscó en su pantalón algo y le tendió una tarjeta de visita con mala gana.
—Suerte si la atienden —se despidió.
Carla la cogió, escrutó al técnico y después se dio media vuelta sin decir nada.
—Es increíble —protestó al llegar a la altura de Juan.
—¿Qué es increíble?
—Esto —apuntó hacia el hombre—. Si piensan que voy a deshacerme del señorío…
—La llevan clara —completó él, con una sonrisa complaciente.
Un coche que llegaba por la carretera fue aminorando la velocidad.
Era un Porsche Cayenne negro, parecía recién salido del concesionario.
Carla y Juan observaron al vehículo hasta que se detuvo a su altura, lo que terminó por consumir la paciencia del topógrafo, que recogió el trípode y se dirigió a su coche de mala gana.
Javier Armendáriz apareció tras la luna tintada de la ventanilla.
—Buenas tardes —saludó, afable—. No sé si llegamos en buen momento.
Lucía se asomó desde el asiento del copiloto, oculta tras unas enormes gafas de sol. Hizo un pequeño gesto a modo de saludo, levantando un poquito la mano, casi avergonzada.
—Es el momento perfecto —replicó Carla, viendo como el técnico de medición desaparecía por fin—. Por favor, aparcad el coche ah í —indicó un pequeño descampado—. Os esperamos dentro y así vamos preparando todo —añadió, agarrando a Juan por el brazo y arrastrándolo dentro.
Juan frunció el ceño mientras acompañaba a Carla a la puerta.
—¿Qué ocurre ?
—Creo que recuerdas a Lucía de la fiesta. Pero ya te había hablado de ella antes.
—Lucía … ¿Del colegio?
Ella asintió, seria.
—Entiendo.
—Ayúdame a poner una mesa en el jardín con algún refresco .
—Por supuesto. ¿Puedo preguntarte una cosa?
Carla lo escudriñó, extrañada.
—Antes, en la cripta, la estabas oyendo , ¿verdad? —Ella miró al suelo—. ¿La sigues escuchando ?
—Por favor, ve a por los refrescos. Gracias —dijo mientras desaparecía en dirección al jardín.
Juan sintió un puñetazo en el corazón.
—Vaya, esto es aún más impresionante sin tanta gente dentro —apuntó Javier Armendáriz, que atravesaba en aquel momento el zaguán.
Lucía Benítez iba agarrada de su brazo. Parecía una persona con miedo a tropezar y caer. Era incapaz de sostener la vista con ningún interlocutor.
—Así es —replicó el jardinero, forzando una sonrisa—. Por favor, acompáñenme.
—¿Vamos a tener la suerte de ver el jardín? —agradeció Javier, halagado —. ¿Qué es esto? —Se refería a un almacén lleno de aperos de labranza antiguos y polvo.
—Antes era el establo, pero ahora lo utilizamos para guardar las herramientas del campo. Y esta puerta de aquí es un antiguo taller de herrería.
Javier admiraba las estancias por las que pasaban de camino al jardín.
También llamó su atención una vieja bodega con enormes toneles cubiertos de polvo.
Lucía intentaba estirar un poquito el cuello, parapetada tras la espalda de su marido, para no perder detalle de las distintas partes del palacio.
Recordaba a Carla hablando de la casa de su abuela cuando eran niñas. Una vez incluso la invitó a dormir. Pero aquella visita nunca llegó a producirse.
Imposible, después de lo que ocurrió.