El pacto de las sombras (Inspectora Julia Arrondo 3) San Juan de Terranova, Canadá, junio de 2024
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San Juan de Terranova, Canadá, junio de 2024

Un atisbo de migraña —o de resaca— asomaba por detrás del ojo derecho.

No estaba segura. Pero había merecido la pena.

La noche anterior, el grupo de expedicionarios a Indonesia se había reunido en el Trapper John’s para ultimar los detalles.

Los ocho viajeros estaban tan emocionados que no podían dejar de brindar.

Eran muchos años de estudio, búsqueda, rastreo y colaboraciones, pero por fin el sónar había dado con algo.

Estaban muy cerca de hacer historia, pero aún más de sufrir las consecuencias de beberse tres pintas por cabeza.

Julia se desperezó, pataleó las sábanas hasta hacerlas un gurruño a sus pies y salió de la cama. Tres bostezos y un poco de agua helada la devolvieron a tierra. El café remató el trabajo. Entre sorbo y sorbo, consultó la lista de cosas que debía meter en el equipaje.

Una videollamada le hizo dar un respingo. Era Ozcoidi.

—Hola, jefa. Joder, perdona, siempre se me olvida las horas que son allí.

—No pasa nada —sonrió, dando otro sorbo—. Lo único que, si no te importa, voy a ir haciendo la maleta.

—¿Te vas de viaje?

—Pasado mañana volamos a Yakarta. Estaremos algunas semanas allí.

—¡Qué envidia !

—Tengo muchas ganas. Pero venga, dispara, que me tienes preocupada.

Ozcoidi tomó aire y le relató el último enfrentamiento entre sus compañeros.

—Entonces Aguirre le dijo que nos estaba tratando como críos, se levantó y se marchó .

Julia escuchaba atenta, con los brazos en jarra. Una oleada de preocupación le hizo desviar la mirada al suelo. Nunca había visto a sus compañeros comportarse así.

—¿Y después?

—Nos fuimos a comer, cada uno por su lado, y Beloki nos dejó una nota avisando de que iba a la misa por Rufino por la tarde. Aguirre estuvo un rato más por comisaría y luego se marchó, y yo me quedé ordenando los indicios. O intentándolo.

—Ya… Hace varios días que no hablo con ninguno . Debería pegarles un toque.

—Estaría bien, sí. Aunque no sé qué te vas a encontrar. Ya te digo que el ambiente está muy raro.

—Bueno, por intentarlo no pasa nada —respondió—. Gracias por contármelo. Prométeme que me mantendrás al tanto de todo, ¿vale?

—Claro.

— Tengo que dejarte. Te mando un abrazo enorme.

La imagen de un sonriente Ozcoidi saludando fue lo último que vio antes de colgar.

Julia se sentó en la cama, cabizbaja. Se sentía responsable de lo que estaba ocurriendo.

De alguna manera, ella era la que había abandonado el barco.

Quizá demasiado pronto, quizá con un equipo no tan cohesionado como creía.

Confiaba al cien por cien en la capacidad de sus compañeros, pero las circunstancias estaban pasándoles por encima, a unos y otros.

Conocía la terquedad de Beloki. También la habilidad de Aguirre para sacar de quicio a cualquiera.

Juntos eran una bomba de relojería; pero a la vez eran inseparables.

El pobre Ozcoidi trataba de mediar sin éxito en una dicotomía demasiado enrarecida per se .

Julia se puso en pie de un salto. Se dirigió al móvil y , mientras buscaba en su agenda de contactos, entró una llamada de Aitor.

—Ahora no puedo hablar. Te llamo en un rato —dijo respondiendo y colgando de seguido, sin posibilidad de réplica.

Marcó el número de Beloki. Se colocó frente a la pantalla del móvil de nuevo, tomó una de las camisetas de la cama y comenzó a doblarla por segunda vez, fingiendo total despreocupación.

El subinspector rechazó la llamada. Julia resopló y volvió a intentarlo.

Tercera vez doblando aquella maldita camiseta.

Esta vez Beloki respondió.

—¿ Qué pasa? —preguntó a modo de saludo. Estaba andando por la calle. La cámara del móvil ofrecía un ángulo contrapica do de su cara.

—Quería saber qué tal estáis . Estoy haciendo la maleta y me he acordado de vosotros —replicó ella, volviendo a doblar la prenda, con una sonrisa fingida.

—Bien.

—¿Todo bien entonces?

— Sí. ¿Vienes a Pamplona?

—No, en un par de días volamos a Indonesia. Vamos de expedición. Os tengo que contar muchas cosas, hemos encontrado lo que parecen ser los restos de un barco. Mark está muy emocionado.

— Me alegro. —El rictus de su cara parecía indicar lo contrario.

—Entonces ¿qué tal va la investigación?

— Bien.

—¿Sí?

—Sí.

Julia resopló y lanzó la camiseta sobre la cama con desdén.

—Mikel…

—Qué.

—Que me ha llamado Ozcoidi. No sé qué os pasa, pero me gustaría entenderlo y, en la medida de lo posible, ayudar.

—No pasa nada. Ya sabes cómo es esto.

—Sé cómo es. Por eso sé lo duro que es estar en tu posición . T oca repartir trabajo y tomar decisiones. Y a veces puede ser com plicado.

Beloki se encogió de hombros.

—Es lo que hay.

—¿Qué tal está Aguirre?

—Insoportable .

—¿Por qué?

—Estoy… estamos preocupados por él.

—Ozcoidi me ha contado algo.

—Entonces ya sabes lo que hay.

—No podemos dejar que vuelva a caer.

Beloki miró un par de segundos al suelo, pero no respondió.

—Lo estoy haciendo lo mejor que puedo —dijo al fin.

Julia se sorprendió al oír esto en boca de su compañero. Beloki no solía expresarse así. Era un tipo con un corazón enorme, pero le costaba horrores hablar de sus sentimientos.

—No me cabe la menor duda. Solo digo que si necesitas ayuda, avísame.

—Lo haré.

—Incluso con la investigación.

Esta vez el subinspector apretó un poco la mandíbula.

—Claro. Ahora tengo que dejarte. Estoy llegando a comisaría.

—Un abrazo, Mikel.

La llamada se cortó de golpe y Julia se quedó pensativa durante un par de segundos.

« A la mierda».

Marcó otro número de teléfono y volvió a coger la misma camiseta para doblarla por quinta vez .

—¡Julia! ¿Cómo estás? —saludó Aguirre. La pantalla del móvil mostraba al agente moviéndose por casa. De fondo se oían chillos y algún que otro berrinche.

—Bien, bien. Quería saber qué tal estáis, que hace varios días que no hablamos.

—Pues a tope, como siempre. Con la investigación, ya sabes… ¡Elisa, me voy! —gritó hacia el otro lado del pasillo. Salió al rellano dando un portazo—. Igual se corta, que voy a entrar en el ascensor.

—Tranqui. ¿Qué tal va el caso?

—Ahí vamos —torció un poco el gesto—. No está siendo fácil. Beloki está que no hay quien lo aguante.

—¿Ah, sí? ¿Y eso…? —La inspectora volvi ó a doblar la camiseta para evitar el contacto visual con su compañero.

—Pues las mierdas de siempre. Está perdido, no se deja ayudar y nos trata como a críos. Estamos dando palos de ciego.

—Seguro que vais por buen camino. Mikel tiene mucho criterio.

—Pues esto no avanza.

—Te oigo entrecortado.

—Que esto no av…

La llamada se cortó.

Julia lanzó la camiseta sobre la cama con ganas.

Aguirre le devolvió la llamada. Al descolgar, la imagen se veía pixelada.

—Estoy… […] garaje… —El sonido llegaba por fascículos.

—Bueno, ¿y tú qué tal estás? —La inspectora no quería dejar pasar aquella oportunidad.

—Bien y hasta las pelotas.

— ¿Y eso? ¿A la vez?

—Beloki me tiene frito , Elisa está todo el día encima de mí y estoy un poco hasta los cojones.

—Igual solo están preocupados.

Se hizo el silencio durante un momento. Aguirre estaba dentro de su coche, con el móvil apoyado en el salpicadero, saliendo del garaje. No miró a la inspectora.

—Y ahora tú también, ¿no? —preguntó con ironía .

—Yo solo…

—Se va a cortar. Voy a pasar por una zona del garaje sin cobertura. Hablamos en otro momento.

Aguirre finalizó la llamada de forma unilateral.

Julia agarró el móvil con rabia y se sentó en el suelo a los pies de la cama, lo apretaba de la misma forma en que apretaba los dientes.

Aitor volvió a llamar.

Rechazó la llamada sin responder y dejó caer el móvil sobre la cama.