El pacto de las sombras (Inspectora Julia Arrondo 3) Pamplona, junio de 2024
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Pamplona, junio de 2024

Antonio Crispín era un hombre de ciencia.

Llevaba más de treinta años al frente de la unidad de Policía Científica y su método y forma de proceder se basaban solo en evidencias.

Era una persona meticulosa, procedimental.

Siempre seguía el camino que las pistas le iban trazando, lo que los resultados iban confirmando.

Sin embargo, algo se movía en su interior.

Un sentimiento sin nombre. Una inquietud.

Las muestras y los análisis que habían recogido en casa de Rufino no terminaban de arrojar certezas.

Algunas incluso apuntaban hacia sitios muy dispares.

Por ejemplo, ahora mismo era imposible establecer la data de la muerte con precisión .

El cuerpo estaba muy degradado, la casa llena de polvo y grasa, y en las habitaciones habían encontrado tantas huellas sin identificar que cualquier hilo que explorar se les antojaba tremendamente costoso y muy poco efectivo.

Pero dentro de Crispín se agitaba algo.

Muchos lo llamaban intuición, aunque él no creía en estas cosas. Eso sería como creer en el horóscopo. Mamarrachadas.

Aun así, no podía dejar de atender ese impulso.

La mancha bajo el cadáver había dado resultados compatibles con flujos gástricos de Rufino.

Es decir, el hombre había vomitado. La cuestión es que no se podía trazar nada más allá: ni sustancias tóxicas ni el tipo de alimentos que había ingerido.

Pero si la casa se encontraba cerrada desde entonces…

Había otra posibilidad que en su momento habían pasado por alto.

Con estos mimbres, decidió ponerse en marcha.

Subió al coche y se dirigió al caserón del malogrado Rufino. La zona estaba acordonada mientras la investigación permanecía en activo, así que debía encontrar todo tal y como lo dejaron.

Crispín atravesó el jardín lleno de maleza.

Era como si aquella pequeña parcela se hubiera asalvajado todavía más en los últimos días.

Al llegar al porche, dejó la bolsa de deporte en el suelo y se puso el buzo y las protecciones para los pies.

Se enfundó unos guantes de nitrilo y tomó algunas bolsas de muestras que introdujo en el bolsillo.

Para finalizar, se colocó la mascarilla de FPP 2 por si las moscas.

Se rio para sí mismo con esta última ocurrencia. Las moscas eran las únicas que no habían abandonado aquel lugar.

Antonio traspasó el cordón policial. El calor de los últimos días había convertido la casa en un cocedero.

El zumbido de los insectos era intenso. Sin nadie que ventilara o controlara las temperaturas, el caserón rezumaba un olor avinagrado, mezcla de químicos, putrefacción y el rastro de la muerte.

Un escalofrío le recorrió el espinazo al ver que la puerta principal estaba abierta. Era algo sutil, apenas un par de centímetros. Pero estaba claro que, de nuevo, no había signos de haber sido forzada.

«Mierda», pensó.

Antonio no había traído ningún arma. No creía que fuera a necesitarla. Le dio por pensar que quizá la puerta no cerraba bien, pero enseguida recordó haber estado haciendo pruebas con sus compañeros para descartar esta hipótesis. Volvió a probar la manilla con cuidado, desde dentro.

Cerraba a la perfección.

Una gota de sudor comenzó a deslizarse por la espalda.

Puede que unos vándalos o algún morboso hubiera entrado a profanar la escena. Si lo habían hecho, quizá hubiera sido en otro momento.

O puede que aún siguieran allí.

Decidió terminar rápido con lo que le había llevado allí y salir lo antes posible.

Se movió de puntillas, como si fuera un ladrón con un ridículo buzo blanco.

El roce de la tela de protección al andar se propagaba por toda la planta baja.

Crispín apretó los dientes y se encomendó a todos los santos en los que no creía.

Él se había pasado media vida en el laboratorio.

Nunca había sido patrullero ni nadie que se las hubiera tenido que ver en un enfrentamiento cuerpo a cuerpo.

Ni siquiera le había hecho falta aprobar el examen físico para ingresar al cuerpo.

Se había hecho con una plaza por ingreso directo como licenciado.

Y de eso hacía varias décadas. De hecho, estaba cerca de jubilarse.

Si le tocaba vérselas con alguien , tenía todas las de perder.

Respiró profundamente detrás de la mascarilla. Valoró retirársela un segundo para poder tomar más aire, pero el ambiente estaba tan cargado que resolvió que sería contraproducente.

Armado de valor, entró en la cocina. Todo seguía tal y como lo habían dejado. La mesa aún puesta. El fregadero lleno de cacharros sucios.

Un crujido en el suelo de madera de la planta superior le hizo dar un respingo.

Quizá era el viento. O la propia humedad. Era una casa vieja. O algún pequeño roedor que…

Ñec, ñec, ñec.

Eso no era un crujido . Eso eran pasos. Contuvo el aliento y se quedó muy quieto.

Ñeeec.

Alguien se había detenido en la planta superior. Quizá estaba igual de atento que él. Se imaginó a sí mismo y a quien fuera arriba, ambos detenidos , aguzando el oído y esperando a confirmar la siguiente señal de alerta.

Respiraba a pequeñas bocanadas, como si no quisiera mover el aire en exceso. Miró a su alrededor rápidamente.

¿Qué era mejor? ¿Esconderse? ¿Actuar rápido y salir cuanto antes de allí?

¿Estaba seguro de que había alguien?

Ñeeeeeec.

«Mierda, mierda, mierda».

Con el corazón en un puño, se fijó en una puerta de la recocina. Igual podía meterse allí. A la vez, si quienquiera que estuviera en la casa le daba caza, no tendría ningún tipo de escapatoria.

Ñec, ñec, ñec, ñec.

Los pasos habían vuelto. Pero esta vez estaban bajando las escaleras. No había duda. Ni tampoco tiempo para decidir.

Crispín dio cuatro zancadas con poco cuidado para saltar hasta la despensa.

Quienquiera que estuviera en la casa con él lo había oído, porque el sonido de los escalones cesó de golpe.

Ahora eran dos animales en una misma jaula. Ambos conscientes de la presencia del otro. Solo quedaba determinar quién era el depredador, y quién, la presa.

Antonio apoyó la espalda en la pared y cerró los ojos con fuerza.

Deseó haber compartido su inquietud con algún otro compañero que hubiera podido acompañarle.

Tendría que haber venido con Dani . Sí, él era joven y fuerte.

Ahora solo le quedaba rezar. Él, que no había pisado una iglesia en su vida, se vio de pronto murmurando una plegaria en silencio .

El crujido de la madera sonó de nuevo, aunque ahora mucho más acelerado. Parecía un tambor rodando escaleras abajo. Desde luego aquella casa era de todo menos discreta . Bajaban las escaleras a toda velocidad.

Los sonidos cesaron. Alguien estaba en el recibidor, la estancia entre el salón y la cocina, justo delante de la puerta que daba a la calle.

Crispín podía oír la respiración de esa persona desde su escondite.

Juraría que era alguien con el corazón tan acelerado como él.

Sentían la presencia del otro, pero ninguno se atrevía a dar el siguiente paso.

De pronto, se oyó un golpetazo tremendo. Era la puerta principal . Acto seguido, se oyeron unas pisadas por el jardín, entre la maleza, aceleradas.

Esta vez Crispín tampoco lo pensó dos veces.

Si la intuición lo había llevado hasta allí , la vocación lo hizo salir de su agujero.

Corrió como pudo hacia la puerta, la abrió a toda prisa y vio la silueta de un hombre joven llegando al otro extremo del jardín.

—¡Eh! —gritó, sin pensarlo mucho.

El chico no se giró.

Antonio atravesó el vergel de nuevo en un alarde de valentía. Alcanzó sofocado la puerta que daba a la carretera. En aquel instante , una furgoneta gris doblaba la esquina dejando una nube de polvo y desapareciendo a toda prisa.

Pero no tan rápido como para que Antonio no pudiera anotar la matrícula mentalmente.

Hizo algunos aspavientos para disipar la nube de polvo que el vehículo había dejado tras de sí, tosiendo, mientras sacaba el móvil del bolsillo.

Tecleó, tembloroso. En apenas dos tonos, descolgaron al otro lado.

—Han entrado en casa de Rufino. Apunta esta matrícula.