Pamplona, junio de 2024
La anilla de la lata de Coca-Cola chocaba con el aluminio de forma rítmica, impulsado por el dedo pulgar, que jugueteaba con ella .
Clac, clac.
Era un chasquido metálico incesante, impertinente.
—Cariño…
Javier Armendáriz leía el periódico tranquilamente sentado en el porche del jardín con un café al lado. Era uno de sus momentos favoritos del día y la estridencia de su mujer jugando con el refresco se lo estaba echando a perder.
—Ah, sí, perdona —contestó, distraída.
—¿Qué haces tú bebiendo eso? Creía que no te gustaba.
—Tiene mucho azúcar.
—Ya. ¿Y has cambiado de opinión?
—Me apetecía.
Javier cerró el periódico y observó a Lucía, despatarrada en una de las butacas, con la lata apoyada en el estómago y mirando al infinito.
—¿Qué te pasa?
—Nada.
—En serio. ¿Es por el rodaje?
—Ya ha terminado.
—¿Ah, sí? ¡Qué bien! ¡No me habías dicho nada!
Ella sonrió, melancólica, mientras levantaba el pulgar haciendo un gesto de victoria. Javier suspiró y miró hacia el suelo.
—No pareces muy contenta.
—Solo estoy descansando , asimilando.
—Otras veces no te he visto así.
Ella se encogió de hombros.
—De hecho, creo que llevas así desde la fiesta del otro día en el señorío de Elío.
Lucía se acomodó en la butaca y apoyó la lata de refresco en el suelo.
—¿Hay algo que quieras contarme?
—No.
—¿Seguro ?
—Sí.
Javier meditó un momento.
—No sab ía que conocías a la dueña de ese sitio.
— Estudiamos en el colegio juntas.
—Es la primera vez que oigo hablar de ella. No me lo habías contado nunca.
—Porque perdimos la relación de muy jóvenes.
—¿Qué pasó?
Lucía se incorporó.
—¿A qué viene este interés tan repentino por tu parte? —preguntó malhumorada.
—Bueno, me pareció muy interesante lo que nos contó el otro día y había pensado en invertir en la fundación. De hecho, me gustaría reunirme con ella para que me cuente un poco más.
Su mujer le observaba con cara de póker.
—He pensado en pegarle un toque para ver si tiene un rato esta tarde , o mañana. ¿Me acompañarías?
Ella se incorporó, empujada por un resorte.
—Sí…, sí. Claro. Por supuesto. ¿Cuándo la vas a llamar?
Javier la observó con media sonrisa .
—¿Quieres que la llame ahora?
—Si no te importa…
Su marido tomó el móvil, se puso de pie y marcó el número. Caminó descalzo, despreocupado, por el césped mullido y verde del jardín. A los pocos segundos , Lucía lo escuchó charlar. Sonreía mientras paseaba y gesticulaba con pequeños aspavientos. Al colgar, volvió con ella.
—Hemos quedado mañana.
Lucía abrió los ojos y él intuyó una chispa de entusiasmo.
—Y me ha preguntado si t ú nos acompañarías.
—¡Claro! Voy a pensar qué me pongo —añadió mientras desaparecía escaleras arriba.