El pacto de las sombras (Inspectora Julia Arrondo 3) Pamplona, junio de 2024
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Pamplona, junio de 2024

El tañido de las campanas de la iglesia de San Cernin provocó el vuelo repentino de las palomas. Las aves abandonaron su refugio de piedra con un zureo alterado. Tocaban a muerto.

La gente comenzaba a salir a la calle después de un día de calor a plomo.

Las calles del Casco Viejo se convertían poco a poco en un hormiguero humano.

Un pequeño flujo de personas elegantes comenzó a arremolinarse en la puerta de la iglesia, hablando entre murmullos y gestos sombríos.

Había un buen número de señoras con melena rubia cortada por encima del hombro, lisa, impecable; todas con un moreno dos tonos superior al recomendado por cualquier dermatólogo, todas con unas perlas blancas colgando de unos lóbulos que más bien parecían colgajos, maltratados por el paso del tiempo y por unos pendientes excesivamente pesados.

Y caros. Muy caros.

Los hombres parecían salir del catálogo de un club de campo, ataviados con polos en distintas tonalidades de azul.

Los que aún conservaban pelo lo llevaban engominado a la perfección, domesticados los caracolillos debajo de la nuca para que no salieran de su escondite.

Se daban grandes palmadas en la espalda, riendo con la ocurrencia de alguno, o cabeceando con las anécdotas de otro.

Los más discretos apuraban cigarrillos puros mientras hablaban entre susurros en círculos más reducidos.

Eran socios de Ardandegi . La mayoría se conocían de toda la vida, y los que habían llegado más tarde, como era el caso de Rufino, nunca gozaban del estatus de los precedentes.

Un patrimonio inmaterial que, de alguna forma, convertía a algunos socios en miembros de primera, y a otros en participantes de segunda.

El sonido del órgano anunció el comienzo de la homilía.

Los fumadores lanzaron las colillas incandescentes a la calle .

Poco a poco, los feligreses llenaron los bancos de las primeras filas.

Una corona de flores presidía el altar mayor adornada con unas cintas de raso que decían De tus amigos de Ardandegi en letras do radas.

Otros centros de orquídeas blancas y crisantemos decora ban el pie del ambón.

El sacerdote y los monaguillos saludaron a la parroquia mientras elevaban las palmas hacia el cielo, dan do gracias a Dios por haber acogido a Rufino en su seno y en su gloria .

Beloki había desechado la idea de ponerse camisa de nuevo y llevaba una camiseta negra discreta.

Observaba a los asistentes al responso, intentando localizar relaciones entre los distintos miembros de la sociedad gastronómica.

Se fijó en que Carla no estaba presente en la misa por su padre, aunque, da das las circunstancias, tampoco le extrañó.

Parecía que las rencillas familiares de antaño habían abierto brechas insalvables.

La pregunta que le rondaba la cabeza era qué podía ser tan grave como para poner un océano y veinte años de distancia con su familia.

Decidió que pasaría él mismo por Elío para charlar un rato con ella. Aún tenían pendiente una conversación con Juan, el jardinero. Quizá podía ser una buena excusa para que ella no lo sintiera como un asalto a su intimidad.

Un traqueteo sobre el suelo de la iglesia lo sacó de sus pen samientos.

La parroquia se llenó con un estrépito que bien podría haber sido confundido con la llegada de varios carruajes.

En realidad se trataba de un ejército de tacones y sus soldados, las chicas del VIP Lady’s.

Una mujer de mediana edad encabezaba la comitiva.

Llevaba una falda negra de tubo por encima de la rodilla y una camisa blanca con tres botones abiertos.

La tela de ambas prendas brillaba como si la hubieran impregnado de cera.

Los atuendos del resto de las chicas variaban en tonalidades que iban desde el naranja chillón al verde lima, pasando por una fantasía de estampados coloridos, todos con el denominador común de haber salido del mercadillo de los sábados.

Las prostitutas sonreían a los caballeros sentados en los bancos al cruzar por el pasillo central.

Algunas incluso con demasiada familiaridad.

Se dirigían a los sitios libres de los bancos en las primeras filas.

Varias de las señoras que acompañaban a sus maridos resoplaban incómodas, farfullando ante el carnaval que inundaba la iglesia.

En el desfile, ocho mujeres de distintas voluptuosidades, formas y tamaños que dejaban poco a la imaginación.

El sacerdote enmudeció durante unos segundos cuando el llamativo cortejo hizo su aparición, por lo que el coro tuvo que improvisar un nuevo cántico.

La última de las chicas del cortejo llevaba un centro de flores en cuyos adornos podía leerse Tus amigas no te olvidan .

Antes de sentarse, se agachó para dejar la ofrenda al lado de la corona de Ardandegi, y el diminuto vestido que cubría su cuerpo se le enrolló alrededor de los muslos acuclillados.

Un murmu llo de desaprobación recorrió los bancos mientras la muchacha buscaba un sitio donde acomodarse.

Cuando por fin localizó uno, la señora que estaba ocupando el banco justo al lado colocó su bolso estratégicamente para evitar que aquella mujer posara cerca sus nalgas experimentadas.

La chica hizo oídos, ojos y nalgas sordas al desplante y, al llegar a su posición, se limitó a desplazar el monedero de la mujer con un movimiento de cadera que hizo crujir la madera del asiento.

Beloki observó la escena anonadado. Nunca había visto semejante espectáculo de carne y color, muchísimo menos en una iglesia.

Algunos de los hombres se esforzaban por mantener la vista al frente y evitar cruzar la mirada con esas mujeres, pero muchas sonreían, los saludaban, cuchicheaban y los señalaban descaradamente, condenándolos como mínimo a esgrimir una sarta de mentiras o de explicaciones ante sus esposas.

—Hermanos y hermanas —saludó el sacerdote—. En estos momentos en los que la muerte deja de ser algo lejano y se convierte en una realidad que nos golpea, surgen en nosotros muchos interrogantes. Nuestro hermano Rufino…

Un nuevo taconeo hizo girar la cabeza de los feligreses hacia la puerta.

Esta vez el murmullo fue escandaloso. Aun escondida detrás de unas enormes gafas de sol, era imposible ocultar que la persona que acababa de aparecer en el templo era Lucía Benítez.

La actriz caminaba con la cabeza gacha y los pasos cortos, rápidos, intentando buscar el banco más cercano donde ocultarse.

Vestía una blusa crema y unos pantalones de traje de tela ligera.

Los socios de Ardandegi y sus esposas se giraban con curiosidad y admiración, hasta que se sentó en las últimas filas.

La mujer que capitaneaba el ejército de prostitutas también se giró para ver qué o quién era lo que estaba causando más revuelo que su propio desfile.

La reconoció al instante.

«Tócate los cojones», pensó.

Trató de concentrarse en la homilía del sacerdote, que había subido dos tonos su lectura de la palabra de Dios para volver a atraer la mirada de los feligreses, sin éxito .

Beloki volvió la cabeza hacia Lucía. La actriz estaba sentada dos filas por detrás.

El subinspector recordó la fotografía que habían encontrado en casa de Rufino.

Ozcoidi había confirmado que Carla y Lucía habían sido amigas en la infancia.

Aquella relación era cuando menos llamativa, así que anotó mentalmente preguntar a Carla por ello cuando fuera a visitarla.

— Recibe, Señor, el alma de tu servidor Rufino, a quien te has dignado a llamar de este mundo a tu presencia para que, libre de todo pecado, le concedas la paz y la vida eterna.

El rito continuó su curso hasta el momento de la comunión.

Los feligreses hicieron una fila en el pasillo central para pasar a comulgar.

Lucía permaneció en su sitio, con las gafas de sol puestas, estrujando el bolso con nerviosismo.

La mujer al frente de las prostitutas se levantó, se estiró la falda de tubo y caminó con paso firme hacia el fondo de la iglesia.

En lugar de colocarse en la línea para recibir la hostia, decidió ser ella la que iba a repartirlas.

—Hola, Lucía. Que ya ni saludas —susurró sentándose discretamente al lado de la actriz.

Ella la observó por encima de las gafas de sol.

—Hola, Milagros —murmuró, nerviosa, alejando unos centímetros su trasero.

—Te he visto en el periódico estos días. Estás trabajando mucho, ¿no? Qué suerte. A nosotras tampoco nos va mal. Abrimos otro local, ¿sabes? El Lady’s se nos había quedado un poco pequeño.

Lucía volvió a asentir y observó la fila de comulgantes, que poco a poco iba reduciéndose .

—Me alegro de verte —mintió.

Milagros soltó una carcajada sonora que retumbó en las paredes de la iglesia .

—No hace falta que te alegres. Solo hace falta que no reniegues de tu pasado. El pasado te persigue , y créeme, siempre te encuentra.

Lucía se estremeció.

—¿Qué quieres?

—Lo que me debes.

—¿Lo que te debo?

—Estamos orgullosas de ver hasta d ónde has llegado. Cuando una lo consigue, todas lo conseguimos.

Lucía apretó el bolso con rabia.

—Tengo fotos. Y  el libro de cuentas.

—Por favor, no. Tengo familia y ahora…

—Diez mil euros tienen la culpa. Una cantidad irrisoria para ti, imagino.

La actriz suspiró, resignada.

—¿Cómo?

—En metálico. Tienes setenta y dos horas. Pásate por el club. Por los viejos tiempos —remat ó. Le dio unas palmaditas en el muslo antes de levantarse y atusarse la falda de nuevo.

Lucía se quedó cabizbaja, reduciendo la piel de su bolso a un gurruño informe. Milagros taconeó de vuelta a su sitio en las primeras filas. Al pasar al lado de Beloki, lo saludó coqueta con un baile de dedos.

La música del coro le había impedido captar la conversación entre las dos mujeres.

Sin embargo, era evidente que no había sido una charla agradable.

Antes de que se diera cuenta, Lucía Benítez abandonó la iglesia dejando una estela de dudas tras de sí y más de veinte adúlteros pensando en posibles explicaciones.