El pacto de las sombras (Inspectora Julia Arrondo 3) Pamplona, junio de 2024 #2
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Pamplona, junio de 2024 #2

—Entonces Rufino tampoco podía ser extorsionado con otro tipo de patrimonio. Volvemos a la hipótesis de que hay algo que quizá sabía y convenía mantenerlo con la boca cerrada.

—Así es.

—Yo tengo otra cosa —anunci ó Aguirre.

El agente sacó su móvil, buscó algo y lo dejó encima de la mesa. Comenzó a reproducirse una grabación en la que se oía rui do de ambiente y pisadas. Enseguida, escucharon algunas frases en otro idioma y a Aguirre respondiendo.

—Tábatha me dijo que un yonqui que vivía en el convento de Aranzadi hacía «encargos», trabajos sucios. Se llama Ramón. Antes de ir a Elío estuve haciéndole una visita.

—¿Le grabaste sin su consentimiento…? — preguntó el subins pector—. Sabes que eso…

—Eso no nos sirve de una mierda en un juicio, pero nos puede ayudar a nosotros. —La grabación continuaba reproduciéndose bajo las palabras de los agentes. Aguirre levantó un dedo pidiendo silencio, con media sonrisa dibujada en la cara—. Aquí.

«Quien me contrató podría meterte a ti en la cárcel si se entera de que andas metiendo las narices donde no debes».

Aguirre dio pequeños toquecitos en el móvil, triunfal.

—Y esperad.

Un ruido parecido al de la niebla de un televisor antiguo se escuchó durante unos segundos. Parecía alguien estrujando pedazos de papel antes de tirarlos a la basura. Un minuto después, comenzaron a oírse pasos y, de nuevo, frases en otro idioma. Por fin, se escuchó a Ramón otra vez.

«Hola. Han venido y preguntado por ti. Un madero. Por lo de Rufino. Te va a salir caro mantenerme con la boca cerrada. […] Tres mil euros . ¿Cómo que…? […] Que te follen. Sí, sí. Ala, que te den. No vuelvas a llamarme. ¿Me oyes, imbécil? […] Será gilipollas … ¡Mihail, pásame el mechero!».

La grabación continuó algunos segundos más, con Ramón tarareando un vals y soltando unos cuantos improperios.

—¿Pero cómo…? —preguntó Beloki.

—Le regal é un paquete de tabaco con un pinga. Tenía pila para una hora, más o menos. El resto de la grabación no tiene desperdicio si quieres escucharle cantar algunas coplas, pero no hay nada más interesante para la investigación.

— No sé si esto aporta mucho —replicó, Beloki, pensativo .

—Joder, tenemos la prueba de que estaba hablando con alguien sobre Rufino. Hablaba con la persona que le encarg ó quemar la fábrica.

—No hay manera de saber quién es —insistió Beloki.

—Podemos pedirle una orden a Hornillos para pinchar el teléfono de Jesús Mari. Así vamos descartando.

—Como si fuera a dártela.

Aguirre pegó un golpe en la mesa.

—¿Pero por qué te empeñas en tirar por tierra todo lo que digo? —preguntó, furioso.

Beloki parpadeó, sorprendido.

—No lo hago —contestó, con calma.

—Nos tratas a todos como si fuéramos críos.

—Te recuerdo que hace un par de días estabas en el suelo sin pulso .

Aguirre dibujó una mueca de incredulidad y se puso en pie.

—¿Ahora te debo agradecimiento eterno por salvarme la vida? Pues gracias, capitán, oh, mi capitán —replicó con ironía.

Beloki buscó ayuda, mirando a Ozcoidi.

El joven agente levantó las manos en el aire, con hastío .

—Creo que tenéis que hablar y solucionar lo que sea que tengáis entre vosotros. El ambiente está muy raro. Y eso no ayuda ni a la investigación ni al equipo.

Los dos masticaron por un momento la sabia afirmación que acababa de salir de la boca de su compañero.

—Voy a por un café —murmuró malhumorado Aguirre.

El subinspector se concentró en los papeles que tenía sobre la mesa, aunque en realidad era incapaz de leer nada. Se sentía confuso y dolido. Tampoco podía cruzar la vista con Ozcoidi, que aún permanecía en la sala.

—Os estáis comportando como chiquillos. Y lo peor de todo es que ninguno de los dos sabe salir de la situación. No dejéis que eso lo estropee —sentenció el joven, que se puso en pie y se dirigió a la puerta.

—¿Tú también vas a por un café?

—No, voy a que me dé el aire. Y creo que tú deberías hacer lo mismo.

Beloki se quedó varios segundos mirando el vacío de la habitación.

Resopló de manera audible mientras se rascaba la cabeza con fuerza.

Tenía claro que había varios frentes de los que tirar e intentaba gestionar y repartir el trabajo con sus compañeros de forma eficiente, pero se sentía desbordado.

Su objetivo era trabajar al mismo ritmo que Julia.

Con ella estaba acostumbrado a ser el segundo de a bordo, a aportar sus puntos de vista y a ahondar en pistas clave.

Todo fluía. Pero estar al mando de una investigación era algo bien distinto.

El ambiente en el equipo no estaba en su mejor momento y se preguntó hasta qué punto era su responsabilidad.

Veía a Aguirre al borde del abismo y no podía evitar sentir cierta rabia y pena por él.

La relación entre ambos se había enrarecido en los últimos días.

Era consciente de que estaba ejerciendo una presión real sobre su compañero, pero no lo hacía de mala fe.

Solo quería evitar que cayera de nuevo al pozo, que se centrara en el caso y que se alejara de las distracciones, pero estaba obteniendo justo lo contrario.

Lo peor es que, aunque lo quisiera como a un hermano, no estaba sabiendo acercarse a él. Quizá estaba siendo demasiado duro.

Pero no sabía ser de otra manera.