El pacto de las sombras (Inspectora Julia Arrondo 3) Pamplona, junio de 2024
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Pamplona, junio de 2024

—O sea, que te vas.

Elisa observaba a su marido desde el marco de la puerta del dormitorio, con los brazos cruzados. Aguirre estaba terminando de atarse las zapatillas.

—Sí — respondió, escueto.

Ella apretó los labios, intentando contener la rabia.

—Mamiii —gritó uno de los gemelos—. ¡Me ha quitado el camión!

Elisa miró hacia el techo, con los labios todavía sellados, aguantando las lágrimas. De seguido, clavó la vista en él.

—Sé lo que está pasando, Pablo. No soy imbécil. Te conocí en este estado, pero creí que había sido capaz de ayudarte. Por desgracia, ahora ya solo soy capaz de ayudarme a mí misma.

Un berrinche a dúo explotó desde el salón.

—No puedo más. Tú sabrás qué es lo que quieres en tu vida —sentenció, con la voz quebrada, antes de desaparecer por el pasillo.

Aguirre agachó la cabeza mientras observaba sus cordones. Estaban sucios. Pero no tanto como él se sentía por dentro.

Había sufrido una parada cardiaca en el señorío de Elío fruto del sobreesfuerzo al que había sometido a su corazón.

Al menos, ese había sido el diagnóstico de los médicos.

El tratamiento consistía en revisiones de vigilancia, una dieta sana y un poco de deporte suave.

En unas semanas le colocarían un holter para hacer una valoración más exhaustiva.

Él había pedido retrasar la prueba al máximo, pero el cardiólogo no daba su brazo a torcer.

No recordaba mucho de la ambulancia. Apenas una sucesión de chalecos reflectantes que lo transportaron en volandas por aquel pasillo helado que recorría la galería superior del patio de Elío y la cara de sus compañeros, preocupados, circunspectos.

Luego, en el hospital, con Elisa al lado, fue consciente de que había cosas que iban a salir a la luz de manera inevitable.

Para su sorpresa, su esposa no había dicho nada sobre los resultados de la analítica ni durante su ingreso ni al llegar a casa.

Aquel era el primer intercambio de palabras sobre el tema.

Hasta entonces, todo habían sido atenciones y cuidados.

La chispa de la discusión había saltado cuando había mencionado que iba a volver a comisaría ese mismo día.

En el fondo, podía entender la reacción de Elisa. En la superficie, ambos estaban hechos una mierda.

Los dos puntos de vista confluían en un mismo camino de incertidumbre sobre qué cabía esperar de la relación. Aguirre sabía que su cagada era de dimensiones épicas, pero estaba dispuesto a enmendarla, aunque aquello también pasaba por poner las cosas en orden con sus compañeros.

Terminó de calzarse, se lavó los dientes y pasó por el salón para despedirse.

—¿Te vas, papi? —preguntó uno de los gemelos.

—Sí, pero vuelvo pronto, ¿ vale?

Elisa abrazó a sus hijos mientras le lanzaba una mirada llena de rencor.

Aguirre salió por la puerta de casa sin saber muy bien qué encontraría al volver. Al tomar el coche en dirección a comisaría, escuchó a un periodista de la radio anunciar que el rodaje de Lucía Benítez en tierras navarras tocaba a su fin.

« Esta tarde tendremos una entrevista en exclusiva con la actriz que…».

Cambió de dial al recordar la vergonzosa escena del señorío.

Al llegar, los compañeros con los que se iba encontrando le propinaron una buena ración de palmadas en la espalda, abrazos y miradas serias, a la par que le preguntaban por su estado de salud.

Él le restaba importancia diciendo que solo había sido un susto, que el médico le había recomendado que hiciera vida normal.

Lo cierto es que su remordimiento iba en aumento según crecía la pila de mentiras que iba construyendo.

Cuando entró a su unidad, la cara de Beloki, que estaba tomando un café , lo resumió todo.

—¿Qué coño haces aquí? —solt ó a bocajarro el subinspector.

—Trabajar. ¿A ti qué te parece?

Había dicho aquello sin pensar. A pesar de la situación, había una especie de malestar entre ambos que aún no se había arreglado.

—No sé si es lo más recomendable.

—Sé lo que me conviene. Soy mayorcito.

Los dos se miraron en silencio.

—¡Aguirre! —saludó Ozcoidi, cariñoso, que entraba en ese instante—. ¿Cuándo has llegado? ¿Cómo estás, tío?

—Dispuesto a dar guerra de nuevo —replicó, mirando a Beloki.

— Pero que no sea del mismo tipo que la del fin de semana —bromeó el joven.

Aguirre cabeceó con una sonrisa irónica.

—Vamos a empezar —pidió el subinspector , serio, sentándose. Consultó varios papeles desperdigados—. No sé dónde cojones he metido mis notas… Aquí. Bien. ¿Qué has podido averiguar sobre los negocios de Rufino? —preguntó, mirando a Ozcoidi.

—Pues lo principal es que todo el mundo parece repetir el mismo mantra: que se le daban mal. Lo comentó la propia Carla, su notario…

—Y T ábatha —interrumpió Aguirre.

—¿La puta? —preguntó Beloki .

Aguirre frunció el ceño.

—Me dijo que a Rufino lo habían extorsionado para vender el balneario a precio de saldo. Y que luego intentó salir adelante con la fábrica de colchones, pero se la quemaron. Está claro que hay gente a la que no le interesaba que le fuera bien.

—¿Extorsión? Joder… —murmuró Beloki.

— Ahí es donde quería llegar —asintió Ozcoidi—.

He estado revisando la documentación pública sobre el balneario.

Por lo visto, el Gobierno de Navarra lo expropió en 2004 a través de un PEAT , un Plan Especial de Actuación Territorial, para convertir el entorno del río Arga en un corredor termal.

Querían crear algo así como un macrocomplejo turístico de aguas minerales.

La cara del subinspector era una interrogación en sí misma.

—¿El Gobierno?

—He encontrado una nota de prensa. El consejero de Cohesión Territorial de entonces anunció a bombo y platillo que Navarra iba a ser un destino clave en turismo termal para 2010. Al final todo se quedó en agua de borrajas. Nunca mejor dicho .

—¿Qué pasó?

Ozcoidi se encogió de hombros.

—No lo sé. Aquí consta que la empresa adjudicataria del proyecto para la gestión y coordinación es Napar Inversiones Rurales SL. Lo curioso es que es una empresa con sede en Madrid que lleva sin actividad desde 2007.

—Eso son muchos años. —El subinspector meditó un momento—. ¿Quién era el consejero en el Gobierno por aquel entonces?

—Jesús María Ochoa —respondió Ozcoidi, revisando su documentación.

Beloki buscó en internet la imagen del hombre y la proyectó.

—Este hombre estaba en la fiesta el otro día —murmuró Ozcoidi.

—¿Cuántos años tenías tú en 2004? ¿Habías nacido? —bromeó Aguirre.

—Cállate, abuelo —replicó con un capón.

—Me lo presentó Hornillos —indicó el subinspector—. Estaban juntos cuando me acerqué a saludar.

—Vaya —silbó Aguirre—. El juez, el notario y el consejero.

—Exconsejero. Hoy en día es director de Ordenación del Territorio. Por lo visto son los tres socios de Ardandegi.

—En esa sociedad se tienen que cocer muchas cosas.

Beloki consultó la lista de socios que habían obtenido.

—Aquí está , sí: Jesús María Ochoa. Sale en la foto con el resto de los socios.

—¿Y qué hacían por Elío?

—Lo raro habría sido que no estuvieran. Estaba toda la socialité de Pamplona —señaló Ozcoidi.

—Y eran amigos de Rufino.

—No eran amigos —replicó Aguirre—. Ah í es donde está el quid de la cuestión. Tábatha me dijo que gente poderosa lo tenía pillado por los huevos. Que le expropiaron el balneario. Y que luego fueron a por él con la fábrica de colchones.

—Para trabajar en el puticlub casi la podemos fichar en la brigada —dijo Beloki—. Esos amigos han organizado una misa esta tarde en honor a Rufino en la iglesia de San Cernin.

—Eso no quiere decir nada.

Ambos se miraron en silencio.

—¿Pero qué querían de Rufino? —intervino Ozcoidi, cortando aquel conato de bronca—. Le jodieron los negocios y lo dejaron en la ruina. Vivía de la paga de su mujer. Ya lo habían hundido lo suficiente. ¿ Por qué iban a matarlo?

Todos meditaron un momento.

—Quizá sabía más de la cuenta. Quizá tenía información que no convenía que saliera a la luz —elucubró Aguirre.

Alguien tocó a la puerta con los nudillos. Venía con una carpeta con documentos en el brazo.

—Buenos días. Acaba de llegar el atestado de la Ertzaintza sobre la intervención en el colegio Izarra.

—Gracias, déjalo ahí, por favor —pidió Beloki mientras el compañero desaparecía de vuelta a sus quehaceres—. Sigamos con Rufino. ¿Qué hay de su testamento? ¿No has estado hoy con el notario?

—Así es. Rufino y Victoria tenían dos testamentos de lo más normales.

Os he traído una copia. El matrimonio tenía un régimen de conquistas, es decir, todo a medias, salvo los bienes privativos.

Al no estar divorciados de manera oficial, no hay ningún acuerdo de separación.

Si Rufino vivía de la paga de su mujer o no, no es algo que podamos comprobar oficialmente.

—Igual estaban separados , pero tenían buena relación —sugirió Aguirre.

Beloki le miró, frunciendo el ceño.

—¿Qué? —se defendió—. Conozco algún caso.

—Ya —contestó con condescendencia.

— La única persona que podría aclarar si se llevaban bien es el hombre de mantenimiento, ¿no? —sugirió Ozcoidi.

— ¿Quién?

—Juan, el jardinero de Elío. Estaba en la fiesta con Carla y en lo que fuera que montaran después —dijo mirando de reojo a Aguirre—. Al parecer lleva toda la vida con ellos. Es una especie de hombre de confianza.

Beloki meditó un momento.

—Podríamos hablar con él. No perdemos nada. Que nos cuente cómo era la relación entre Victoria y Rufino. Si es que la había.

Ozcoidi asintió, satisfecho.

—El resto del testamento no tiene grandes cosas reseñables. El señorío está considerado un bien privativo porque pertenece desde siempre a la familia de Victoria y, por lo tanto, Carla es su legítima heredera. Rufino no habría podido heredarlo en ningún caso. Pasa de forma directa a Carla.

El agente les repartió unas copias de la documentación.

—Os he subrayado el epígrafe en cuestión.

—Pero aquí pone otra cosa —se extrañó Beloki.

—Sí, dice que Rufino es heredero fiduciario. Pero eso es porque el testamento se hizo cuando Carla era menor de edad. Si os fijáis, ella está designada como heredera legítima hasta que pueda hacerse cargo .