Pamplona, junio de 2024
Ozcoidi aparcó el coche cerca del Mercado del Ensanche, en el corazón señorial de Pamplona . Tenía la dirección del bufete abierta en el navegador del móvil, pero desvió su atención un momento para ver si tenía algún mensaje de Borja.
Nada.
Resopló, decepcionado, mientras consultaba de nuevo el camino. Había salido pitando de comisaría . De hecho, no habían pasado ni quince minutos desde que Beloki le había anunciado la luz verde del juez Hornillos autorizando la visita al notario.
La teoría del subinspector es que al magistrado no le había quedado más remedio que dar su consentimiento.
No había grandes impedimentos para consultar el testamento de Rufino y Victoria, ya que ambos habían fallecido y había una investigación en curso.
Ahora bien, para Beloki, el motivo principal de la flexibilidad de Hornillos era que tras el caso anterior se hallaba en el punto de mira por bloquear la investigación de indicios bajo un criterio dudoso.
Las relaciones personales del juez se habían interpuesto de manera tan clara en una investigación tan sonada el año pasado que habían situado su nombre y su reputación en las cabeceras de los principales medios de comunicación.
Así que el consentimiento de Hornillos había desembocado en una visita incómoda de la Policía Foral a la notaría de su amigo.
Incómoda sí, aunque también anunciada. Beloki había insinuado al notario en la fiesta de Elío sus intenciones de visitarlo pronto, lo que podía jugar en contra de los agentes, puesto que, si había algo que ocultar, habían contado con ventaja para hacerlo.
El joven se detuvo en un edificio majestuoso de principios del siglo pasado.
En la entrada había varias placas doradas al lado de los timbres con nombres de abogados y consultas de medicina privada.
Localizó la de Miguel Ángel López de Haro y aprovechó que la puerta de la calle estaba abierta para colarse sin llamar .
Al llegar al piso en cuestión, le abrió una mujer de mediana edad y gafas de montura acabadas en pico .
—Buenos días. ¿Tenía usted cita?
—No exactamente. Vengo de la Policía Foral —dijo mostrando su placa—. Me gustaría hablar con el señor López de Haro, si es posible.
—Oh, por supuesto. ¿Tiene autorización judicial?
Por lo visto, no era la primera vez que aquella señora lidiaba con algo así.
Ozcoidi le enseñó el documento y ella se recolocó las lentes para revisarlo.
— Muy bien, está todo en orden. Voy a avisarlo. Puede esperar en esta salita.
El agente se sentó en una butaca de piel de color crudo.
Era una sala bastante oscura, a pesar de que no eran más de las diez de la mañana y el día había amanecido radiante.
Observó la ingente cantidad de diplomas de la pared y la palmera que reposaba en una maceta en la esquina. Su móvil vibró con un wasap.
Estoy bien, esta misma tarde vuelvo a comisaría
Era Aguirre.
Después del incidente en el palacio de Elío, Aguirre había permanecido cuarenta y ocho horas en observación.
Él clamaba que se encontraba en perfectas condiciones, aunque lo cierto es que las trece primeras horas las había pasado dormido.
Los médicos no habían detectado nada grave en su corazón ni ninguna anomalía visible, salvo en los análisis, que habían dado positivo en cocaína y alcohol.
Elisa había permanecido impertérrita a su lado , sin decir ni una sola palabra, mientras los abuelos se ocupaban de los niños.
No se permitían visitas, así que sus compañeros le habían escrito para ver cómo se encontraba.
«Pero qué dices, tío. Tienes que descansar. Quédate en casa, anda», escribió de vuelta.
«He dormido como para todo el mes. Me encuentro mejor que nunca. Esta tarde nos vemos».
El joven agente suspiró, resignado.
—Buenos días —saludó Miguel Ángel desde la entrada a la sala—. ¿Sería tan amable de acompañarme?
Ozcoidi guardó su teléfono, le estrechó la mano y le siguió por un pasillo aún más oscuro que la sala de espera.
—Por favor, siéntese —pidió con amabilidad al llegar a su despacho.
Era una sala con el suelo de madera antiquísimo y ligeramente abombado que crujía en algunos puntos bajo sus pies.
Dos sillas giratorias de cuero negro se colocaban enfrentadas, separadas por una mesa de escritorio de madera oscura y brillante.
Había una estantería del mismo tipo recorriendo una pared, cubierta con libros de lomos verdes, negros y marrones con letras doradas.
En general, un ambiente polvoriento, asfixiante y aburrido.
La luz, de nuevo, brillaba por su ausencia—. ¿Qué le trae por aquí?
—Me gustaría conocer un poco más acerca del testamento de Rufino Moreno.
—Por supuesto —respondió, solícito, mientras buscaba algo en su ordenador—. Deme un momento.
El notario entrecerró los ojos buceando en los archivos. A los pocos segundos, lo localizó.
—¿Qué es lo que desea saber?
—Todo —sonri ó el joven agente.
—Le imprimo una copia y le cuento.
A lo largo de los siguientes veinte minutos , Miguel Ángel le contó a Ozcoidi todo lo relacionado con los bienes y la sucesión de Rufino.
—Muy bien . Según tengo entendido, usted también se hizo cargo del testamento de Victoria Zubiri, la esposa de Rufino.
—Así es.
—Me gustaría verlo también.
El hombre frunció el ceño mientras navegaba de nuevo entre archivos.
—¿ Estaba al corriente de si Victoria le proporcionaba a Rufino una asignación económica?
—No —respondió, sorprendido—. Al menos, no consta como algo oficial en ningún acuerdo del matrimonio.
—Sabemos que Rufino y Victoria vivían separados desde hacía varios años. No estaban divorciados oficialmente, ¿verdad?
El hombre negó con la cabeza.
—¿Y no le parece un poco raro que alguien que se ha separado siga pasándole una paga y no termine de divorciarse de esa persona por completo?
—Se sorprendería de la cantidad de situaciones mucho más rocambolescas que vemos por aquí, agente. Conocí a Victoria a la vez que a Rufino. Esa mujer tenía el corazón de oro, así que no me extrañaría que le pasara una asignación si es que Rufino la necesitaba.
—¿Y usted cree que la necesitaba?
—Nunca se le dieron demasiado bien los negocios —sonrió, condescendiente.
—Son varios los que han mencionado esto, pero, hasta lo que sabemos, tuvo mala suerte con la fábrica de colchones.
—Sí, muy mala suerte. A partir de ahí ya nunca levantó cabeza.
—¿Comentaba algo cuando se veían en la sociedad?
—No venía mucho. Creo que no solía salir de casa demasiado.
Miguel Ángel se levantó de nuevo a recoger el documento de la impresora .
—¿Necesita que le explique el testamento de Victoria?
—Hasta la última coma, por favor —replicó Ozcoidi.
Los dos estuvieron repasando los pormenores de los testamentos durante algo más de una hora.
—¿Quiere una copia? —preguntó, solícito, cuando Ozcoidi anunció que ya tenía suficiente.
—Claro, gracias.
El agente se despidió del notario y salió por la puerta satisfecho con toda la documentación.
Miguel Ángel le deseó un buen día. Cuando oyó rechinar la puerta de hierro de la calle, sacó su teléfono a toda prisa y marcó un número.
—Acabo de tener visita. En la cafetería de siempre, en media hora .