El pacto de las sombras (Inspectora Julia Arrondo 3) Pamplona, junio de 2024
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Pamplona, junio de 2024

«Mañana es la puesta de largo. ¿Te veo allí?», tecleó.

Dudó antes de presionar el botón de enviar.

Finalmente lo hizo.

Su intuición le decía que algo no terminaba de ir bien. Llevaba varios días sin saber nada de Leyre y era consciente de que ese mensaje era más una llamada de atención que una pregunta real.

Aitor se quedó mirando la pantalla. Esperaba una respuesta que no llegaba . Quizá estaba en algún viaje de trabajo, o sumergida en alguna campaña de esas.

Sí, tenía que ser eso.

La confirmación en forma de doble check azul llegó justo cuando iba a bloquear el móvil. Aguantó unos segundos más contemplando la conversación abierta, buscando algún tipo de interacción.

Nada.

Suspiró.

Bloqueó el móvil y lo lanzó sobre el mostrador.

Volvió manos a la obra. Estaba sumido en un lío de cajas en la librería.

Nadie le había contado que, entre pedidos, donaciones, albaranes, ferias y demás, iba a pasarse la mitad del tiempo abriendo y cerrando cajas de cartón, transportando libros de acá para allá y haciendo inventario.

La mañana siguiente arrancaba la feria del libro de Pamplona y tenía que dejar todo a punto en la caseta.

En aquellos momentos era aún más consciente de cuánto le había ayudado Leyre los últimos meses.

Ahora, con solo sus manos, todo costaba el doble.

Por no hablar de la compañía de la pelirroja.

Era como poner un transistor y olvidarse de todo.

Leyre podía hablar durante horas sin percatarse siquiera si la persona al otro lado le seguía el ritmo.

Sonrió para sí mismo mientras recordaba su parloteo.

Volvió a mirar el móvil.

Nada.

Terminó de precintar las dos últimas cajas y las colocó cerca de la entrada.

Había dejado su coche aparcado en la puerta de la librería con las luces de emergencia.

Tocaba trasladar todo el género a la plaza del Castillo y organizar el punto de venta.

Justo cuando estaba transportando la primera caja, sonó la llamada.

Aitor dejó caer kilos de sustantivos y verbos al suelo con un gran estruendo. Su pie no sufrió daños por muy poco, pero su primer pensamiento fue lanzarse a por el móvil. Respondió a la llamada sin mirar.

—¿Leyre?

—No, soy Julia —saludó ella al otro lado—. Siento decepcionarte —bromeó.

—Ah, no, no, perdona; es que estaba esperando un mensaje de Leyre y pensaba que…

—¿Cómo vas? ¿Todo listo para mañana?

—Sí, casi lo tengo. Ahora iba a dejar los libros en la caseta.

—Y Leyre estará ayudándote un montón, imagino.

—No tanto…, creo que está liada con algo de trabajo. Pero yo me apaño sin problemas —añadió mientras observaba la solapa de la caja estrellada deshecha por el impacto—. ¿Tú qué tal? —preguntó, distraído, mientras intentaba localizar otra en buen estado por la tienda.

—Bien, dentro de un par de días salimos para Yakarta.

—¡Qué bien! ¿Estás nerviosa?

—Un poco. Pero sobre todo por Mark, que está como loco y se lo está pegando al resto del equipo. Estos últimos días nos han compartido más datos desde la Universidad de Surabaya. Han confirmado que se trata de la quilla de un barco hundido.

—Vaya…

—Sí, es muy fuerte.

Se hizo un silencio.

—A mi padre… A James le habría encantado poder ver todo esto.

—Seguro que sí.

Silencio de nuevo.

—Bueno, no quiero quitarte más tiempo, que seguro que tienes lío por allí —se disculpó Julia.

Aitor sonrió.

—Mantenme al corriente de todo, ¿vale?

—Y tú a mí.

Colgaron.

Se quedó mirando la pantalla de nuevo. No había entrado ningún otro mensaje.

Encontró una caja nueva en la trastienda y dispuso todos los libros ahí. Con el coche cargado, colocó el cartel de Vuelvo enseguida y se dirigió a la plaza del Castillo.

Apenas había cruzado un par de calles cuando se fijó en la terraza de una cafetería. Leyre estaba sentada tomando un café y leyendo algo en su teléfono.

Aitor abrió la boca, entre sorprendido e indignado.

Una corriente eléctrica lo atravesó por completo.

Sin pensar, dio un frenazo que hizo que el coche que venía detrás se estampara co ntra su guardabarros.

El pitido y el improperio del conductor no detuvo a Aitor, que saltó del vehículo como accionado por un resorte en dirección a Leyre.

Ella se percató de la pequeña crisis vial que se había producido delante de la terraza. Cuando vio que era Aitor el que estaba a dos pasos de ella, sus ojos dibujaron algo entre el pavor y la vergüenza.

—¿Qué haces aquí? —preguntó él, con rabia.

—¿Cómo… cómo que qué hago aquí? Me estoy tomando un café.

— Eso ya lo veo. Te he escrito hace un rato.

Leyre se sonrojó.

—¿Es que no pensabas responderme?

—¡Mueve el coche, gilipollas! ¡Que la calle no es tuya! —gritó el conductor del vehículo detrás del suyo .

—Estaba respondiendo unos e-mails.

—¿Y el mensaje de ayer? ¿Y el del otro día?

—Tenía lío.

Aitor hizo una mueca de disgusto. Cabeceó, derrotado.

—Está bien. No sé qué ocurre, pero, si te pasa algo conmigo, creo que podemos hablarlo. Ahora tengo que irme.

Ella se quedó sin saber muy bien qué decir.

Él se montó en el coche entre amenazas y el sonido de un claxon.

Un montón de frases sin pronunciar flotaban en el aire de una calzada que se hacía cada vez más ancha entre ambos.