Pamplona, junio de 2024 #3
Ozcoidi observó cómo Lucía y su marido abandonaban el recinto.
El joven estaba al lado de Beloki, justo en el punto en el que habían acordado encontrarse, cerca de la mesa de catering.
Luego compartirían lo que había visto cada uno, pero por lo pronto el subinspector tenía una pregunta más acuciante que hacerle a su compañero:
— ¿Dónde está Aguirre?
Ozcoidi se encogió de hombros.
— Hace un rato que no lo veo.
Aguirre estaba explorando el interior del edificio por su cuenta.
Había seguido a Carla escaleras arriba, intentando enmascarar sus pasos con la traca final de la música.
Tenía los sentidos un poco abotargados por el alcohol y la falta de sueño.
De hecho , estaba exhausto. Apenas había dormido un par de horas en los últimos dos días y, cuando pasó delante de uno de los espejos del palacio, entendió por qué Lucía Benítez se había librado de él a toda prisa.
Parecía un espectro. Sus ojos estaban enterrados bajo unas enormes bolsas de color purpúreo. Diría incluso que había perdido peso. Eso, o que su mandíbula había decidido crecer por su cuenta en las últimas horas.
Desterró la imagen de aquel cristal plagado de manchas. Eso sí, el marco dorado era espectacular , digno del retrato de un monarca.
Aguirre anduvo a tientas por la galería que transcurría encima del patio, de planta rectangular.
Cada poco, en alguno de los pasillos, una habitación se abría a su derecha.
Vio algunos salo nes en penumbra con las paredes desconchadas y muebles aja dos.
Camas destartaladas, otras en perfecto estado.
Todas antiguas, todas con colchas raídas, cortinas llenas de polvo y cristales sucios y llenos de telarañas por los que, aun así, se colaba la luz de la luna.
Había algo en la solemnidad y decadencia de ese lugar que no le gustaba. Su instinto le animaba a estar tenso, alerta.
De pronto, oyó pisadas.
Aguirre se escurrió detrás de la puerta del primer cuarto que encontró y se pegó a la pared.
Los pasos se convirtieron en un estruendo de risas cuando una decena de personas anduvo en fila india por el pasillo.
Algunos de los invitados de la fiesta seguían a Juan, el encargado de mantenimiento del edificio.
Aguirre tenía el corazón a punto de salir cabalgando del pecho. Estaba un poco mareado, así que se apoyó en la pared mientras la pequeña comitiva desaparecía por el pasillo del fondo. Inspiró con fuerza para tratar de normalizar las pulsaciones. Cuando dejó de oírlos, fue tras ellos.
Pero esta vez sintió otros pasos a sus espaldas. Miró atrás.
No había nadie.
Era difícil ver en la oscuridad de la galería.
Aceleró hasta dar con la comitiva. Estaban entrando en un pequeño saloncito iluminado con una luz amarillenta.
Poco a poco se fueron sentando en las sillas, dispuestas en círculo.
Aguirre observaba la escena desde el pasillo, oculto en la penumbra.
Eran diez personas y había periodistas, personas que no conocía y un concejal del Ayuntamiento.
Juan les sirvió una tacita de té humeante a cada uno de ellos.
—Es una infusión que ayuda a expandir los sentidos —explicó.
Los invitados tomaron la taza y le dieron pequeños sorbos entre risas nerviosas.
Carla estaba sentada en el centro, con los ojos cerrados, las palmas sobre las rodillas y la cabeza inclinada ligeramente hacia abajo. De vez en cuando murmuraba algo sin mirarlos.
Aguirre volvió a oír unos pasos por el pasillo. Se apostó detrás de un mueble. Estaba al lado de una puerta de madera que, al con trario que el resto, permanecía cerrada. Los pasos sonaban al otro lado de la galería. No tenía claro si se acercaban o se alejaban.
—Buenas noches —oyó saludar a Juan —. Estáis aquí en la primera sesión que ofrece Charlotte. Necesito que guardéis silencio. Es fundamental concentrarse para abrir el canal que une este mundo con el otro.
Los invitados cesaron su charla de golpe y obedecieron.
Colocaron sus tazas en el suelo y cerraron los ojos.
Una bocanada de aire frío recorrió el pasillo donde se escondía Aguirre.
Aunque la temperatura exterior era digna de la mejor noche del verano, el aire que circulaba por esa ala del palacio parecía escapar a esa lógica.
El agente sintió que los pelos de la nuca se le erizaban. El pulso se le disparó.
Carla abrió los ojos. Se quedó mirando con curiosidad al grupo, como si fuera la primera vez que se encontraba en aquella sala. De pronto, la mujer escuchó un golpe que provenía del pasillo.
Se estremeció.
Carla .
Miró hacia la puerta. Aguirre estaba justo allí , pero permanecía oculto a su rango de visión.
Juan observó a Carla y supo de inmediato lo que ocurría.
Se acercó para decirle algo al oído, pero ella lo apartó, timorata.
Otro golpe. Esta vez más fuerte.
Carla se llevó las manos sobre las orejas y presionó con fuerza, tratando de aislarse de aquella voz y aquel sonido.
El resto de los invitados no podía percibirlo, pero ella sí.
Carla .
En el pasillo, Aguirre se apretó un poco más detrás del mueble, atento a la escena. No sabía cómo explicarlo, pero era como si el aire helado saliera por la hendidura de la puerta, como si hubiera un arcón frigorífico detrás.
Incluso diría haber sentido una leve vibración que provenía de dentro.
El corazón se le desbocó . Era como si alguien le estuviera golpeando entre las costillas .
El agente se apoyó en la pared, agarrándose el pecho .
Comenzó a sentir un sudor frío y un fuerte mareo .
Estaba tan concentrado en no desvanecerse que no percibió los pasos, que esta vez estaban a un par de metros .
De pronto, una mano se posó en su hombro.
Aquello no solo hizo que diera un respingo, sino que terminó por parar su corazón.
Lo siguiente fue la oscuridad.
Los médicos certificarían más tarde que estuvo en parada durante siete segundos.
El tiempo justo que Beloki tardó en devolverlo a la vida con una maniobra de reanimación cardiopulmonar.