Pamplona, junio de 2024 #2
—Creo que ya conoce a Jesús Mari Ochoa, director de Territorio —explicó el juez—. Y este es Miguel Ángel López de Haro, notario.
Beloki les devolvió el saludo y recordó la foto que Aguirre les había mostrado en comisaría .
—Creo que son ustedes socios de Ardandegi, ¿verdad?
—Así es —sonrió el director—. ¿Quiere solicitar una plaza para entrar?
—No es mi intención, aunque he estado un par de veces con mi cuñado. ¿Conocían entonces a Rufino Moreno?
La sonrisa se congeló en el rostro de los tres hombres.
—Así es — replicó Miguel Ángel—. Una gran pérdida. El lunes vamos a dar una misa en su honor. Estamos todavía en shock .
—Ya imagino, sí. Si no me equivoco, usted además era su notario, ¿verdad? Bien, quizá hablemos pronto. —Beloki miró a Hornillos.
—Bueno, bueno, pero no es momento de hablar de trabajo ahora —zanjó el juez, con una sonrisa—. ¿Quieren un cóctel? Voy a por uno. Nos vemos, subinspector.
Beloki observó en silencio cómo el magistrado se perdía seguido por los otros dos.
Aguirre, mientras tanto, había vuelto a la zona del pórtico. Tomó una copa más de cerveza y la apuró tras comprobar que ninguno de sus compañeros andaba cerca.
Beloki estaba de lo más impertinente. Al menos, así lo sentía él.
Tenía la sensación de que su compañero lo trataba con un paternalismo exacerbado, que tenía que controlar todos y cada uno de los movimientos que daba.
Total, para ir mucho más lento que Julia, en todos los sentidos.
De haber estado allí , ella ya habría tenido hipótesis de las que tirar.
Era la directora de orquesta perfecta, dejaba a cada instrumento hacer su parte para luego fusionarlo en una síntesis melódica única .
Resopló.
Quizá debería tomarse un descanso al terminar la investigación. Quizá…
Sus pensamientos se cortaron de golpe cuando vio a Lucía Benítez a apenas unos metros de distancia.
Se quedó rígido unos segundos y sintió como el rubor se adueñaba de su cara y de sus orejas.
Quizá fuera la falta de sueño. La resaca.
O las dos cervezas que se había bebido de golpe.
La cuestión es que no se lo pensó dos veces.
—Buenas tardes. La acabo de ver y no he podido evitar acercarme a saludar. Soy un gran admirador suyo, señorita Benítez.
—Oh, gracias —respondió ella, distraída—. Señora, en realidad. Este es mi marido, Javier —añadió, construyendo un foso de cocodrilos invisible alrededor con esas cinco palabras.
—Tanto gusto —saludó el empresario.
El agente sintió de nuevo una oleada de calor, aunque esta vez la culpable era su propia vergüenza. No sabía muy bien dón de meterse o cómo seguir aquella conversación. Tomó una copa de vino de la mesa adyacente.
—Por sus éxitos profesionales —sentenció, levantándola en un brindis artificial.
—Ujum —murmuró ella, alzando su copa con suavidad y haciendo como que bebía—. Perdone, me están buscando por allá —resolvió, tomó a su marido por la muñeca y lo arrastró en una huida desesperada.
Aguirre se quedó plantado, con la copa todavía llena. La hizo desaparecer de nuevo con su mejor truco de magia: hacia el interior de la garganta.
—Es que la gente se pone muy pesada —murmuró Lucía, malhumorada , mientras apartaba algunas personas con el brazo para perder de vista a Aguirre.
Su marido iba tras ella, intentando seguirle el ritmo.
—Cariño…
—Ni cariño ni leches, ya no puede una tener ni un minuto para…
Lucía se dio un golpe con la espalda del hombre que tenía delante. Juan se giró, molesto, para ver quién se había estrellado entre sus omóplatos.
—Perdón, yo…
Lucía no llegó a terminar la frase. Las palabras se quedaron suspendidas en un pequeño hipido de asombro.
Detrás de Juan, Carla miraba con bastante curiosidad a la persona que parecía haber provocado aquel pequeño accidente. A juzgar tanto por la lividez de su piel como por su gesto mudo, el mundo de ambas mujeres se había detenido en aquel preciso instante y lugar.
—Ca… ¿Carla…? —acertó a decir la actriz , con la respiración entrecortada.
—Hola, Lucía —saludó ella con voz trémula.
—Pensaba que tú… No te hacía por aquí…
—He estado viviendo fuera muchos a ños. Volví unos meses atrás, cuando mi madre murió.
— Oh… Vaya, lo siento mucho, no tenía ni idea. ¿Y tu padre…? ¿Qué tal tu…?
Carla ensombreció el gesto.
—Falleció hace unos meses, también.
—Dios mío, Rufino. ¡Cuánto lo siento! Recuerdo aquellos viajes al cole con él…
—Gracias —Carla la cortó.
El marido de Lucía acudió al rescate.
—Soy Javier Armendáriz, el marido de Lucía. Una fiesta impresionante.
—Gracias, todo sea por la recaudación de fondos. Al final repercute en beneficio de todos.
Juan carraspeó, llamando la atención sobre sí mismo .
—Oh, este es Juan. Lleva toda la vida en el señorío. Es casi más suyo que mío.
El jardinero estrechó la mano de la pareja, satisfecho de poder conversar.
—¿Así que están recaudando fondos? Tengo algunos activos de los que me acabo de deshacer y me gustaría contribuir a alguna causa benéfica.
—Pues hay distintas maneras de colaborar. Si tiene cinco minutos, puedo contarle las fórmulas más habituales.
Javier escuchó atento a Carla mientras Lucía la escudriñaba de arriba abajo.
Habían pasado más de treinta años desde la última vez que viera a Carla y habría podido reconocer su mira da sin pestañear.
Sin duda había ganado algo de peso, nunca fue una niña delgada, pero se mantenía en forma.
Mientras Carla hablaba, Juan aprovechaba también para observar a Lucía.
A pocos metros de allí , Ozcoidi grababa el encuentro de aquellas personas en su retina . Cuando Carla terminó de hablar, Ozcoidi observó como estrechaba la mano de Javier y se despedía de Lucía con un movimiento educado de cabeza.
Sin pensarlo dos veces, el joven agente se aproximó a Carla antes de que volviera a ser asaltada por otra persona.
—Buenas tardes, señorita Moreno.
Ella se sorprendió al ver al muchacho allí.
—Así que al final ha aceptado mi invitación.
—Sí. Lo que ha contado sobre la fundación me parece increíble. Enhorabuena.
—Gracias.
—No he podido evitar darme cuenta de que saludaba hace unos minutos a la actriz Lucía Benítez.
—Así es.
—El otro día comentó que eran amigas de la infancia, ¿verdad?
—Sí, pero hace más de treinta años que no nos veíamos.
—Disculpe, pero el director de Territorio nos está llamando —intervino Juan, dejando claro a Ozcoidi que aquella conversación terminaba allí.
—Claro, me imagino que tendr án que atender a mucha gente.
—Gracias por venir — se despidió Carla.
—A usted.
Juan y ella se despidieron del agente, sonriendo.
—No necesito que me rescates —murmuró Carla zafándose del brazo de Juan, cuando se habían alejado lo suficiente.
Él sintió una punzada en el pecho, pero la siguió de todas formas. Los dos llegaron al grupo donde se encontraban el juez Hornillos, Jesús Mari Ochoa y el notario.
—Señorita Carla, tanto gusto —saludó el director.
Ella estrechó su mano con un gesto frío.
—Como sabe, Jesús Mari era un buen amigo de su padre —s eñaló el notario.
—No creo que mi padre tuviera demasiados amigos.
Los hombres se quedaron parados con aquel comentario, hasta que Miguel Ángel, el notario, estalló en risas.
—Desde luego el carácter es de su madre —bromeó, quitando hierro al asunto.
—Hemos escuchado que busca fondos para la fundaci ón —i ntervino de nuevo el director.
—Así es. ¿ Están interesados en colaborar?
—Oh, mi cargo no me permitiría fomentar inversiones privadas. Hay que tener mucho cuidado con estas cosas cuando uno está en la esfera pública.
—Entiendo.
—Lo que sí tengo es una sugerencia.
—Soy toda oídos.
—No sé cuánto apego tiene usted a estas paredes, pero sería un lugar que seguro encontraría compradores dispuestos a pagar una buena suma.
Carla lo observó un momento.
—Es el legado de mi familia. Por nada del mundo me desharía de él.
—Piénselo, mujer. Seguro que hay gente deseando hacer una buena oferta.
Jesús Mari clavó un momento la vista en sus ojos. Parecían dos felinos midiéndose con la mirada.
—Claro, si saliera un comprador, estaría encantada de oír lo que tiene que decir para luego mandarle a tomar viento.
Esta vez los tres hombres se carcajearon con las copas en la mano.
—Ha sido un placer, señorita Moreno. Suerte con los arbolitos —le deseó Jesús Mari mientras alzaba su copa.
—Disfruten de lo que queda de noche. La fiesta termina en diez minutos, hay mucho para recoger. Gracias.
Juan apretó los puños para contenerse mientras se alejaban.
—La sesión comenzará en el salón de té dentro de veinte minutos. A ver si nos da tiempo a desalojar al mayor número de personas —recordó el jardinero.
Carla retorció las manos con nerviosismo.
—Voy arriba a prepararme. ¿Hay té? Necesito concentrarme y estar sola.
—Claro. Yo me encargo de vaciar esto.
Lucía Benítez vio cómo Carla abandonaba el patio escaleras arriba. Al periodista que estaba junto a ella no le pasó inadvertido.
—Ahora tenemos una sesión privada con ella —comentó.
—¿Con Carla?
—Bueno, con Charlotte —rio—. Creo que es su nombre artístico.
—¿ Artístico? ¿A qué se dedica? —preguntó, desconcertada.
—Es médium. Una compañera de redacción vino a entrevistarla por lo de la fundación, hicieron buenas migas y su ayudan te nos contó que estaban preparando una sesión colectiva.
Luego corrió la voz y parece que ahora somos un buen grupo el que se queda a la after party —explicó, señalando a algunas personas que escuchaban instrucciones de Juan en una esquina.
Lucía parpadeó, aunque no dijo nada.
En el escenario, la presentadora anunció que la fiesta había concluido y la gente irrumpió en un gran aplauso. Poco a poco, los asistentes fueron abandonando el patio del palacio henchidos de un nuevo impulso ecológico y de canapés.
—Creo que tengo que irme —se despidió la actriz. Localizó a su marido charlando bajo el pórtico—. Nos vemos en San Sebasti án.
—Allí estaré —afirmó el periodista mientras se acercaba al resto de los invitados que esperaban junto a Juan.