El pacto de las sombras (Inspectora Julia Arrondo 3) Pamplona, junio de 2024
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Pamplona, junio de 2024

Beloki terminó de abrocharse la camisa y se miró al espejo.

Sonrió para sí mismo, satisfecho. Todavía le servía.

Era la única que tenía y no pensaba comprarse ninguna más.

De hecho, la prenda había sobrevivido en perfectas condiciones desde el bautizo de su primera hija, la había reaprovechado en el de la segunda, y ambas estaban ya en la universidad.

El subinspector priorizaba cambiar de botas de monte cada año a llenar el armario con disfraces que no pegaban con él.

Nekane entró y lo abrazó por detrás mientras le daba un beso en la nuca.

—Estás guapísimo, maitia . Podrías ponértela de vez en cuando.

Él bufó y se recolocó el cuello.

—Bastante que me la pongo hoy.

—¿ A qué se debe el honor?

—Tenemos una cobertura en una fiesta de gente de pasta. Es para pasar desapercibido —se justificó.

—Con ese culo va a ser difícil —replicó ella, le asestó una palmada en el glúteo y se fue del cuarto con una sonrisa juguetona.

Beloki enrojeció. Carraspeó un poco y recogió las llaves, la cartera y el móvil que estaban sobre la mesilla. Besó a su mujer y anunció que volvería lo antes posible.

Tomó el coche y se dirigió a casa de Ozcoidi. El joven lo esperaba en el portal con unos pantalones chinos, unos zapatos relucientes y un polo oscuro .

—Bueno, bueno, bueno —silbó a modo de saludo—. Creo que es la primera vez que te veo con camisa.

—Y seguramente la última —masculló.

—Pues estás estupendo. —El subinspector murmuró algo para sí—. ¿ Sabemos algo de Aguirre?

—Yo no —replicó, seco—. Veo que tú tampoco.

Víctor cabeceó y mandó un mensaje a su compañero. Aguirre contestó rápido.

—Dice que nos vemos allí.

Beloki callejeó hasta dar con la salida a la circunvalación.

Condujo diez minutos y tomó un desvío hacia una carretera secundaria.

Atravesaron pueblos y campos amarilleados por el verano.

Nada más dejar atrás Etxauri se adentraron en una vía más estrecha.

A los pocos metros vislumbraron a un hombre de seguridad que hacía señas a los vehículos .

Les indicaba el acceso a un aparcamiento improvisado en una explanada frente al palacio de Elío.

—Ese tío tiene el brazo más grande que mi pierna —observó Ozcoidi mientras maniobran para aparcar.

Al bajarse, el cielo era un lienzo de color.

Los morados y naranjas anticipaban un crepúsculo digno de una paleta experta.

Una música suave emergía del recinto y se mezclaba con el murmullo de las conversaciones y las risas de los invitados.

En la puerta de acceso los recién llegados hacían cola para registrar su entrada.

Los agentes se detuvieron un momento. Una naturaleza apabullante los rodeaba.

El verdor del valle se mantenía intacto pese al arranque del estío, y el rumor del río Arga, a solo unos metros, los invitaba a darse un chapuzón.

Una bandada de vencejos salió del techo semiderruido de la iglesia que se adivinaba al otro lado de la carretera.

Un coche que reconocieron al instante se aproximó.

—Viene Aguirre —anunció Ozcoidi.

—Qué hay —saludó el agente, con la garganta llena de telarañas, cuando llegó hasta ellos.

—Justo íbamos a entrar —comentó el joven.

—¿Dónde has estado? —inquirió Beloki.

— En el convento de Aranzadi hablando con un yonqui. Parece que es quien le quemó la fábrica de colchones a Rufino —a claró. El subinspector parpadeó, sorprendido—. No ha querido decirme nada, pero me guardo un as en la manga .

Beloki meditó un momento. Parecía estar a punto de preguntar algo, pero no lo hizo.

—Bien, ¿entramos ya ?

Había dos chicas jóvenes controlando el acceso y repartiendo un obsequio de bienvenida.

—¿Nombre? —preguntó una de ellas.

—Policía Foral —contestó Beloki mostrando la placa.

La muchacha se irguió un poco, dijo algo en el oído a su compañera y les entregó una bolsa de tela a cada uno.

—Bienvenidos. Es una libreta con papel reciclado y un lápiz plantable. La bolsita está hecha con fibras de bambú.

Los agentes se desprendieron del obsequio en una maceta enorme cerca de la entrada .

El jardín que había que pasar de ca mino al palacio estaba decorado con pequeñas guirnaldas de luces cálidas que se entrelazaban entre las ramas de árboles.

Flores de papel adornaban la fachada, que se fundía con la vegetación adherida a la piedra.

Atravesaron un pequeño zaguán que con ducía al patio , donde había una pequeña exposición de aperos de labranza: máquinas y utensilios de agricultura con décadas de antigüedad.

Se vieron envueltos por un ambiente elegante.

Las columnas del pórtico estaban salpicadas de luces íntimas.

La guinda a la atmósfera bucólica la ponía la banda de jazz que tocaba músi ca en directo en un pequeño escenario.

Bajo los arcos discurría una mesa larguísima con canapés y bebidas.

Los camareros iban de acá para allá con sus bandejas perdiéndose entre el gentío, en su mayoría, hombres y mujeres con vestidos de verano vaporosos, chinos y polos.

Beloki agradeció en aquel momento haber desempolvado su única camisa.

—Vaya ambientazo, ¿no? —comentó Ozcoidi.

—Voy a coger algo para beber. ¿Queréis algo? —preguntó Aguirre.

Antes de que pudieran contestar, el agente se dirigió a uno de los camareros y volvió con una copa de cerveza.

—Estamos de servicio —murmuró Beloki, mirándole de reojo.

—¿Qué dices?

—Que estamos de servicio —repitió en un tono más alto.

Aguirre lo observó durante un segundo y miró su copa. Se bebió el contenido de un trago y la dejó sobre la mesa con un golpe seco.

— Voy a dar una vuelta por ahí, a ver qué veo.

El subinspector no tuvo tiempo de responder. Ozcoidi suspiró.

—Estoy preocupado —confesó en voz baja cuando Aguirre se alejó lo suficiente.

—Yo también.

—Creo que deberíamos hablar con él.

—Pero ahora no es el momento. Tenemos que fijarnos en personas que puedan estar vinculadas con Carla o con el propio Rufino.

—Estoy viendo a bastante gente conocida. Por allí está el alcalde de Pamplona. Y en ese lado, el consejero de Cohesión Territorial y el director de Ordenación del Territorio. ¿Ese no es Hornillos? ¿Está con ellos? —señaló Ozcoidi.

— Sí. Cerca de la columna del fondo hay varios periodistas . Al lado del escenario están los de la Cadena SER y los de los diarios —añadió Beloki.

—Y allá está Carla con ese grupo de hombres. El tipo de al lado que no le quita ojo es un tal Juan. Trabaja en el señorío. Por lo visto lleva toda la vida aquí.

—Bien, vamos a movernos un poco. Nos juntamos en esta zona dentro de un rato.

Justo cuando los agentes comenzaban a mezclarse con la gente, la música cesó. Una mujer se había subido al escenario y estaba dando pequeños toquecitos al micro.

—¿ Se me oye? ¿Sí? Bienvenidos a la fiesta de verano de TreeForest Project.

Es un honor para nosotros que hayáis elegido acompañarnos en esta jornada tan especial.

La fundación os necesita más que nunca y por ello os vamos a contar las distintas fórmulas para colaborar.

Recibamos con un fuerte aplauso a nuestra presidenta, Carla Moreno, que nos explicará más sobre esta gran iniciativa.

La muchedumbre aplaudió entusiasmada mientras Carla subía al escenario.

Lucía un vestido de tirantes verde oliva hasta los pies y el pelo recogido en un moño bajo.

Era una mujer en forma y de curvas generosas .

Su belleza no era para nada delicada, sino como una catarata en pleno deshielo.

La melancolía perenne de sus ojos era su seña de identidad.

—Gracias —dijo cuando el aplauso menguó—.

Gracias de corazón por apoyar esta iniciativa .

Quiero dedicar mis primeras palabras a mi madre, que en paz descanse, fundadora de TreeForest. Y a mi abuela, que nos legó este señorío, hoy convertido en la sede de nuestra organización.

Como sabéis, buscamos patrocinadores, empresarios y colaboraciones gubernamentales para generar proyectos de reforestación y…

Una copa se estrelló contra el suelo al fondo, cerca del zaguán.

Carla estaba cegada por los focos y no pudo ver que la persona que había dejado caer su vaso era Lucía Benítez. Acababa de entrar acompañada por su marido. La anfitriona continuó con su discurso; los invitados escuchaban atentos.

— ¿Estás bien? —preguntó Javier mientras intentaba secar con un pañuelo la mancha de vino blanco sobre el vestido de su mujer.

—Sí, sí… —murmuró Lucía—. Igual… Igual con estar un rato es suficiente. Creo que no me encuentro bien —balbuceó, mirando al escenario.

—No digas bobadas. Por lo menos espera a que saludemos a la gente del festival de San Sebastián. Yo no sé quiénes son, pero…

Lucía tomó otra copa de vino de la bandeja del enésimo camarero que se había aproximado a recoger los pequeños trocitos que se incrustaban en los recovecos del adoquín. Se la bebió de golpe.

—Vamos a esa esquina. Pero ya te digo que no me apetece estar más de media hora.

Beloki se movía con lentitud entre el tumulto.

Aquel no era su ambiente. Prefería estar en una redada antes que entablar conversaciones frívolas e intercambiar saludos condescendientes.

Las personas a su alrededor, por el contrario, charlaban en voz queda, entusiasmadas, comentando lo que la propia Carla decía en el escenario: colaboraciones habituales, proyectos exitosos de replantaciones…

El subinspector localizó al juez Hornillos, el director de Ordenación del Territorio y otro hombre.

Justo cuando se aproximaba a ellos, el público irrumpió en un aplauso ensordecedor y la música comenzó a sonar de nuevo.

Los hombres miraban a Carla y se congratulaban entre risas de algún chiste que solo ellos parecían conocer.

—Buenas tardes, señoría —saludó Beloki, formal.

—¡Hombre! El subinspector Beloki. ¿Qué le trae por aquí?

—Estamos de servicio.

—Ya. Bueno, aun así espero que tengan tiempo de disfrutar del ambiente y puedan tomarse una copa.

—Buenas tardes —saludó el director, estrechándole la mano con firmeza.

El hombre junto a él hizo lo propio.