Pamplona, junio de 2024
El impacto de la luz del mediodía en las pupilas lo dejó hecho polvo.
El contraste entre la oscuridad del VIP Lady’s y la claridad de la mañana del sábado se sentía sobre todo en la culpa.
Salir del puticlub a esas horas lo enfrentaba a la rutina de otras vidas: personas de paseo, familias de recados, gente que irradiaba paz.
Todo lo que Aguirre no tenía en ese momento .
El teléfono sonó. Era Elisa.
—Hola, cariño — carraspeó.
—¿Dónde te metes…? Los críos no hacen más que preguntar por ti.
—Ya te he dicho que me tocaba turno de noche. He tenido que alargar un poco más, estamos en medio de algo bastante gordo .
—Sí, bastante gordo tiene que ser para que últimamente no pises esta casa más que para ducharte —gru ñó.
—Los próximos días seguro que puedo aflojar un poco.
—¿Has dormido?
—He echado una cabezadita en comisaría, sí.
Silencio.
—Mañana tenemos comida con mis padres. ¿Vendrás?
«Mierda».
—Claro. Pero no s é a qué hora llegaré hoy. Tenemos que ir a una fiesta a…
—¿Una fiesta? ¿Desde cuándo vais a fiestas?
—Nos interesa observar a determinadas personas y…
—Está bien, Pablo —suspiró—. Te echo de menos. Y los críos también. Me tienes preocupada. Hablamos. —Colgó , sin posibilidad de réplica.
Aguirre se quedó mirando la pantalla inerte.
Su reflejo le produjo repulsión. Un hombre de cuarenta y pico, con ojeras, saliendo de un club de alterne, mintiendo a su mujer.
No era mejor que muchos de los que terminaban pasando la noche en el calabozo.
Sintió asco de sí mismo. Y miedo. Miedo de estar al borde de un precipicio, a punto de resbalar en una caída de más de cien metros.
Elisa no era tonta. Ya lo había sostenido una vez, y seguro que podía olerse que algo raro estaba sucediendo.
Lo de Tábatha había sido un desliz. Bueno, dos.
Pero es que desde que nacieron sus hijos apenas se habían tocado.
Echaba de menos los momentos de intimidad con su mujer, las caricias , la risa, la complicidad.
Sabía que su esposa se mataba por llegar al final del día manteniéndose despierta.
Cuidar de dos criaturas que todavía no habían cumplido los tres años , seguir adelante con el trabajo y la casa era el precio que Elisa pagaba para sostener la carrera y el bienestar de su marido.
Al principio él había sido muy consciente, incluso agradecido en exceso.
Pero aquel limbo de cuidados se había tornado la tónica habitual, la costumbre.
Una descompensación que amenazaba con dinamitar los cimientos de una relación cultivada a base de esfuerzo. Y, sin embargo, ninguno de los dos estaba dispuesto a hablarlo. Poner distancia era más cómodo que enfrentar la realidad.
Aguirre comenzó a notar palpitaciones y un dolor en el pe cho agudos. Sabía que era la ansiedad tocando a su puerta. Le había ocurrido ya , cuando estaba en lo más profundo del agujero. Era la primera señal que le gritaba que necesitaba volver a la rutina, a una vida ordenada.
Pero ahora mismo, sobre todo, necesitaba dormir.
Se metió en el coche y lo arrancó, con las ventanillas hasta arriba y el aire acondicionado a tope.
Cerró los ojos y buscó una emisora cualquiera .
Necesitaba un ruido blanco de fondo que le ayudara a salir del inframundo.
Pequeñas gotas de sudor se le formaron en la sien y resbalaron mejilla abajo.
Sin saber cómo, se quedó dormido.
Fue una cabezada inesperada, aunque reconstituyente . Apenas una hora en la que se despertó con la piel de gallina y el coche a dieciocho grados. Había olvidado bajar la intensidad del aire.
Se observó un momento en el retrovisor. Había visto espectros con mejor pinta.
Aunque necesitaba con urgencia una ducha, decidió que no podía pasar por casa así.
Se dirigió de nuevo a comisaría , rezando por cruzarse con el menor número de compañeros posible .
Al llegar fue directo al vestuario, se desnudó y dejó que el agua y el jabón se llevaran parte de su inmundicia, al menos, la que se encontraba a la vista.
Agradeció la ropa de repuesto que Elisa había insistido en que tuviera allí por si las moscas.
Después de vestirse pasó un momento por el armario de electrónica para recopilar material.
Estaba a medio camino de volver a ser una persona normal.
Ahora solo quedaba mantenerse a raya y seguir con su trabajo y su vida como si nada.
Cogió el coche y atravesó el centro de Pamplona bordeando su muralla.
Aparcó en la puerta de un bar cercano al río, en el barrio de la Rochapea.
Pensó que comer algo no le vendría mal, así que fue directo a la barra y se sentó en una banqueta .
Mientras intentaba dar cuenta de medio bocadillo de jamón y un botellín de agua, observó a los parroquianos que continuaban con su vida como si nada.
El ambiente era plácido , la temperatura, buena, y el local estaba lleno de clientela habitual que entraba y salía con consumiciones para la terraza .
Una televisión en la esquina del fondo anunciaba el telediario de las tres con su habitual musiquilla.
—¡Sube el volumen, Carmelo! —gritó alguien—. A ver qué dicen del Osasuna.
La ronda de titulares mostró la tónica habitual del Congreso de los Diputados, una noticia sobre el paro, otra sobre vivienda, y a partir de ahí se abrió el debate entre los habituales del bar.
En la parte de cultura, el telediario anunció que el rodaje de la nueva película de Lucía Benítez estaba llegando a su fin.
—¡La Benítez…! —silbó el camarero—. Anda que no nos volvía locos en mis tiempos.
—Lleva unas semanas por aquí rodando. ¿Te imaginas cruzártela por la calle? —fantaseó otro.
Aguirre sonrió para sí. Se visualizó parando un coche en un control aleatorio y encontrarla al volante.
—Cóbrame, por favor —pidió.
Salió del bar sintiéndose renovado. Aún tenía que recuperar bastantes horas de sueño, pero al menos ahora tenía energía suficiente para aguantar la jornada.
Anduvo por la orilla del río hasta llegar a la zona de Aranzadi, un remanso de paz que el Ayuntamiento había transformado en una mezcla de parque público, huertos y zona de paseo.
Allí, oculto entre árboles, tras un murete de ladrillo rojo, se levantaba el antiguo convento de las monjas agustinas.
Había sido abandonado por la congregación en 2011 y desde entonces multitud de personas sin hogar vivían en su interior pese a su estado ruinoso.
Aguirre analizó la escena antes de acercarse.
Un hombre cargaba con un cubo de agua hacia una zona de porche protegida por una enorme sábana azul.
Detrás se apreciaba el ruido de cacharros y cierto movimiento.
Había un murmullo de voces y una ligera capa de humo con olor a carne invadía el ambiente.
El policía tomó aire, apartó unos arbustos y saltó dentro.
Una mujer de pelo y piel tostados y falda hasta los tobillos llevaba un bebé de menos de dos años anudado en el pecho con una enorme tela gris y tenía cogida de la mano a una niña de unos cinco años, de ojos vivaces y cabellera como el tizón.
Dio un respingo al verlo y aceleró el paso gritando algo en su idioma. Estaba asustada.
—¡No! ¡Espere! Yo no…
Una pareja de hombres con la cara llena de surcos trazados por las inclemencias de la vida y del sol salieron tras la sábana.
Lanzaban lo que seguramente fueran improperios en su lengua y se dirigían al agente con cara de pocos amigos .
Braceaban como quien espanta a una mosca, instándole a salir de lo que consideraban su propiedad.
Aguirre hizo unos gestos con la mano para que se apaciguaran. Intentaba hacerles entender que venía en son de paz.
—No vengo a daros problemas. Estoy buscando a Ramón.
La mujer con las criaturas desapareció. Los hombres fruncieron el ceño y se miraban entre sí.
—Yo… Ramón. ¿Conocéis a Ramón ? —preguntó, despacio.
Los hombres parecían confundidos. Aguirre tuvo una idea. Sacó la cartera y les tendió un billete de veinte euros.
—Quiero hablar con Ramón. Tengo un trabajo.
Miraron el billete y luego se dijeron algo. Uno de ellos se frotó el bigote mientras argumentaba algo. Parecían estar discutiendo.
El del bigote tomó el billete de Aguirre con avidez y lo guardó en el bolsillo del pantalón mientras seguía hablando con su compañero, sin dejar de mirar al agente.
Comenzó a vociferar hacia el interior. La única palabra que era capaz de entender era el nombre de Ramón pronunciado con un acento extraño.
Otro asomó tras la sábana, observó la escena y volvió a esconder la cabeza.
Al cabo de pocos segundos, un varón de poco más de cuarenta años apareció arrastrando los pies.
Llevaba un pantalón de chándal varias tallas más grande atado con un cinturón y una camisa de manga corta de raya diplomática que un día fue blanca.
Sus pómulos, prominentes, sobresalían en una cara que era prácticamente hueso y piel.
La carne de sus mejillas había desapare cido y la cuenca de los ojos era de un tamaño desorbitado.
El poco pelo que le quedaba estaba peinado con mimo hacia un lateral, marcado con lo que parecía gomina, pero seguramente solo se tratase de grasa.
—¿Qué quieres? ¿Quién eres? —preguntó a modo de saludo. Su voz era como un graznido desafinado.
—¿Eres Ramón?
—Eso depende.
—¿Depende de qué?
—De quién pregunte.
—Me han dado tu referencia para un trabajo.
Ramón sonrió y mostró la escasa dentadura que le quedaba en su sitio.
— ¿Quién te manda?
—Me ha dado tu contacto T ábatha.
—Vaya, vaya. Veo que tienes buen gusto, cabrón —rio como si aquello fuera un chiste buenísimo—. No trabajo con gente que no conozco.
—Me llamo Pablo . Ya están hechas las presentaciones.
—No me vale. — Se dio media vuelta hacia el interior—. Mihail, dame un pitillo —pidió al hombre del mostacho.
Aguirre resopló. No quería recurrir a la artillería pesada, pero…
—A ver si ahora te sueno de algo —le enseñó la placa .
El yonqui entornó los ojos como si aquella fuera la enésima vez que despachaba a un policía. Mihail y su compañero gritaron algo en su idioma y desaparecieron hacia el interior del convento.
—Ya estamos. Yo no he hecho nada.
—¿Eso quién lo dice? ¿Tu abogado?
—El que tengo aquí colgado.
Aguirre perdió la paciencia justo en ese momento. Avanzó como una flecha hacia aquel hombre que más bien parecía un saco de huesos y lo agarró por el brazo. Casi pudo sentir la superficie del húmero.
—Escúchame bien. Tengo poco tiempo y menos paciencia. Necesito información sobre un trabajito que hiciste en 2014.
—Uy, de eso no me acuerdo ya. Hace mucho.
—Puedo refrescarte la memoria en el calabozo.
A Ramón se le iluminó la mirada. Una sonrisa atravesó su cara.
—¡Venga! —sentenció, zafándose de Aguirre y frotándose las manos—. Tengo ganas de dormir calentito esta noche. ¿Habéis cambiado el menú o seguís con esos riquísimos platos precocinados?
El agente resopló y volvió a agarrarlo por la muñeca. Tenía el diámetro de la de una niña de siete años.
—Puedo ponerte en régimen de habitación compartida. Te nemos un visitante que lleva buscando pareja mucho tiempo. Te aseguro que dormirás con el culo bien calentito.
Ramón se estremeció ligeramente.
—Qué coño quieres. —Se zafó de nuevo, esta vez con más violencia.
—Busco información sobre la fábrica de colchones.
—No me acuerdo.
— Claro que te acuerdas.
Él negó con la cabeza.
—Rufino Moreno. ¿Te va sonando algo?
Ramón negó de nuevo.
—Alguien te contrató para quemar la fábrica de colchones de Rufino. Quiero que me des un nombre.
El yonqui estalló en risas.
—¿Qué te hace tanta gracia?
—Va a ser mejor que me lleves preso.
—¿Por qué?
—Porque quien me contrató podría meterte a ti en la cárcel si se entera de que andas metiendo las narices donde no debes —se carcajeó.
Aguirre resopló.
—Así que te codeas con gente importante.
Ramón sonrió, ufano.
—Y no piensas decirme nada.
Silencio.
El agente meditó un momento.
—¿Sabes qué? No me importa. —Se palpó los bolsillos en busca de algo. Encontró el paquete de tabaco y extrajo un cigarro. Se lo fumó con calma y dio una amplia calada. Ramón olfateó el humo como si fuera un guiso de su difunta abuela—. Que te den —sentenció, girándose hacia la salida.
—¿Me das un pitillo? —pidió el yonqui.
Aguirre llevaba el paquete de tabaco en la mano. Hizo el amago de lanzárselo, a modo de juego, pero lo volvió a guardar en el bolsillo.
—Claro que no. Jódete.
Ramón lo vio perderse de nuevo entre la maleza de la entrada.
Todavía llevaba puesta la cara de decepción cuando de pronto vio aterrizar un paquete de Marlboro desde el otro lado del muro.
Se lanzó a por él antes de que aterrizara en la inmundicia.
Estaba a rebosar. Los ojos se le iluminaron como si fuera la mañana de Navidad.
Eufórico, cogió un pitillo, entró a la improvisada cocina que tenían tras la sábana y gritó para que alguien le dejara un mechero.
Se aproximó al colchón donde dormía y lo levantó. Debajo había un móvil de pésima calidad. Lo encendió y buscó un número en la agenda mientras apuraba el cigarro y se encendía el siguiente.
—Hola —saludó a su interlocutor—. Han venido preguntando por ti.