Vitoria, junio de 2024
—¿Para esta puta mierda me llamas?
Jon resopló. Se contuvo las ganas de meterle una hostia.
—Es una reliquia.
—Yo aquí solo veo basura.
Apretó los puños y se puso de pie.
—Un puto cochecito de bebé del siglo diecinueve, ¿te parece una mierda? ¿ Sabes cuánto vale esto? —bramó.
Su interlocutor soltó una carcajada.
—No hace falta ponerse así, Diógenes.
Una oleada de calor le recorrió las extremidades.
—Fuera. Vete a tomar por culo —resolvió, lleno de ira, mientras recogía la improvisada exposición de artículos de rastro que había montado en el almacén.
Estaban en un local que había pertenecido a su padre.
Al morir, el único legado que dejó a Jon fue un almacén lleno de chatarra, que ahora, además, servía como depósito para todos los tesoros que iba recogiendo en los abandonos .
Xabi siempre le recriminaba cuando se llevaba algo de una exploración.
Le recor daba que una de las máximas del úrbex era dejar todo tal cual, no forzar la entrada y, sobre todo, no llevarse nada.
Sin embargo, Jon hacía oídos sordos y acumulaba varias estanterías con cubertería, ropa, cuadros y objetos de distinta índole y dudoso valor.
Aunque algunos lo veían como mercantilizar la mierda ajena, tenía algunos buenos clientes que de tanto en cuanto se pasaban por el almacén para ver las novedades.
En aquella ocasión le visitaba un viejo anticuario vitoriano.
Habían cerrado varios tratos en los últimos dos años, era un cliente más o menos estable.
Jon no podía permitirse el lujo de perder clientela, pero la insolencia de aquel hombre le tocaba mucho las pelotas.
Por otro lado, era consciente de que colgar las piezas en internet suponía exponerse demasiado , así que solo recibía visitas en persona y a través de círculos de conocidos o recomendaciones.
—Eh, vamos, venga . Que era una broma. ¿Cuánto quieres por él?
— Ya no está en venta —escupió.
El hombre se quedó observándolo.
—No te conviene que dejemos de ser amigos. Me está entrando clientela más que interesante.
—¿Ah, sí? No me digas.
El otro asintió con un brillo de picardía en la mirada.
—Los sitios esos en los que entras… son casas también, ¿no?
—Sí. ¿Por?
—Digamos que conozco a gente con unos gustos un poco especiales.
Jon arqueó una ceja.
—Gente que se interesa por la vida íntima de otras personas. Algunos tienen unos gustos un poco particulares, ya sabes.
—No te sigo.
El anticuario resopló.
—Tengo un cliente con unas parafilias curiosas. Es un hombre con pasta. Parece que le gusta usar las cosas que otros han… usado.
Jon arqueó la otra ceja.
—¿Te refieres a cosas… sexuales?
El hombre asintió, poniendo los ojos en blanco, como si aquello fuera evidente.
—¿Tienes algo así?
—No. Y me parece una auténtica guarrada —sentenció el chaval, asqueado.
—Pues es una pena, porque son artículos difíciles de encontrar. Y obviamente, muy bien pagados. Uno no se desprende de objetos así para regalarlos.
—¿Cómo de bien pagado…? —se interesó.
—Cantidades de tres y hasta cuatro cifras.
El joven emitió un silbido.
—Vaya.
—Sí.
Meditó un momento.
—Puede que tenga algo.
Los ojos del viejo centellearon.
—¿Aquí?
—No, aquí no. Pero sé dónde conseguirlo.