El pacto de las sombras (Inspectora Julia Arrondo 3) Pamplona, junio de 2024
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Pamplona, junio de 2024

—¡Ya estoy en casa! —gritó Lucía, desde la puerta, quitándose los zapatos.

—¡Mamá! —saludó Maika, bajando las escaleras a toda prisa y corriendo a abrazarla—. ¿Qué tal ha ido el día?

—Me tienen frita —respondió con afectación—. Todo el día de acá para allá, escuchando las órdenes de Producción… El director es un cero a la izquierda . Un inútil.

—No te pases —le advirtió cariñosamente Javier, que apareció desde la cocina.

Lucía fue al encuentro de su marido y se dieron un beso teatral.

—De verdad, qué asco. Que a estas alturas de la vida tenga que ver semejante espectáculo… —protestó Maika.

—Contenta deberías estar de que tus padres se sigan queriendo y deseando después de tantos años —replicó Lucía , orgullosa.

—Voy a vomitar —dijo ella, poniendo los ojos en blanco y desapareciendo escaleras arriba.

—¿Tú crees que está mal que le digamos estas cosas? —preguntó Lucía.

—Para nada. —Su marido la estrujó un poco más—. ¿Qué tal tu día?

—Estoy deseando terminar este rodaje. Me está trayendo por la calle de la amargura. —Se dejó caer en el sofá.

Vivían en un chalet en una de las zonas más exclusivas de Pamplona, a pocos metros del centro, con unas espectaculares vistas de los barrios que rodeaban la ciudad.

Habían adquirido la vivienda hacía años, cuando Javier vendió su empresa de placas solares a un grupo mayor y la operación le permitió dejar de trabajar y acompañar a su mujer en su periplo como actriz.

Los dos eran de Pamplona, aunque aquella no era su residencia habitual, ya que, por compromisos laborales de Lucía, la mayor parte del tiempo lo pasaban en Madrid.

Se habían conocido en una fiesta de amigos en común en un ático madrileño hacía casi veinte años , cuando la carrera de ella estaba en plena efervescencia.

Lucía se había convertido en el mito erótico de toda una generación.

Javier se acercó a hablar con ella con una excusa tonta, pero pronto descubrieron que habían nacido en la misma ciudad y que conocían a la misma gente.

Aquello les ofreció un sitio confortable desde el que comenzar a construir una relación y pronto se hicieron inseparables.

Compartieron ascenso y éxito en sus respectivas trayectorias.

Javier se mantenía en un segundo plano, discreto a la luz de los focos, enigmático para la prensa.

Nunca le había gustado aquella parte que conllevaba ser el consorte de una estrella de cine patrio, pero lo sobrellevaba como podía.

Su vida podía encontrarse por fascículos en las páginas de papel cuché: su noviazgo, su boda y el nacimiento de Maika habían copado los quioscos.

Decidieron instalarse en Madrid por trabajo y en un intento de ganar privacidad, pero al nacer Maika comenzaron a pasar todo el tiempo que el colegio les permitía en Pamplona.

Javier encargó al mejor arquitecto de la ciudad un chalet que rezumaba lujo por cada costado.

Estaba rodeado por un jardín con árboles exóticos y contaba con piscina cubierta donde disfrutar y relajarse durante todo el año.

De hecho, uno de los pasatiempos favoritos de Lucía era nadar cuando el jardín estaba cubierto de nieve.

Aquella sensación la reconfortaba, como si aquel fuera su búnker particular y ni siquiera los elementos pudieran hacerle daño.

La vivienda en sí era un auténtico prodigio de la ingeniería: paredes de cristal en la planta baja que en verano abrían al exterior , audiovisuales de última generación, maderas nobles y algunas piezas de arte exclusivas.

Cuando ellos no estaban, personal de seguridad especializado se encargaba de custodiar la casa.

No había nada que no estuviera a su alcance.

Con el rodaje actual de Lucía, la pareja llevaba instalada en Pamplona un par de meses. Su hija acababa de llegar días atrás, nada más terminar el curso. La familia tenía por delante un verano en el norte, alejado de focos, de medios y del hervidero de la capital.

—¿Tú qué tal ? ¿Me haces un zumito? —preguntó, juguetona.

—Claro —sonri ó—. Venga, acompáñame a la cocina.

—¿Ha estado hoy Charito por aquí? —Se fijó en un montón de ropa doblada.

—Sí, la verdad es que no sé qué haríamos sin ella.

—Pues te tocaría lavar y planchar más a menudo —replicó, pellizcándole el culo—. Eres mi amo de casa.

—¿A que te haces el zumito tú? —propuso, burlón.

El teléfono de la actriz sonó entonces. Su marido la miró frunciendo el ceño.

—No son horas, ¿no?

—Es mi representante —se disculpó—. Será algo urgente —a ñadió, descolgando —. ¿Hola?

Lucía comenzó a andar por la cocina en círculos. Se paró un segundo delante del frigorífico, lívida, mordiéndose las uñas.

—¿Pero tengo que ir…? —suplicó.

Su marido la observó con curiosidad. Estaba deseando saber qué tipo de petición tenía su representante. Sabía que su mujer era caprichosa y siempre protestaba con todo, hasta con lo que le apetecía hacer.

Cuando colgó, se apoyó en la isla de mármol, resoplando.

—Deja el zumo. ¿Te apetece un vino?

—¿Qué ocurre?

Ella escarbó en la pequeña bodega que tenían en la cocina, sin contestar .

—Lucía…

—¡Nada! Mañana hay una fiesta para la socialité y quieren que vaya. Van a ir un par de críticos de cine que estarán en el festival de San Sebastián.

—Bueno, no es mal plan, ¿ no?

Ella vertió una copa generosa, en silencio.

—Es en el palacio de Elío —murmuró, al final.

—¿Dónde?

—Al lado de Etxauri, a unos kil ómetros de aquí. ¿No lo conoces? —Él negó—. No me apetece mucho ir —sentenció, con un gran trago.

— Pues yo creo que deberías. Sabes que estas cosas te vienen bien. Últimamente tampoco estás trabajando tanto y…

Ella lo miró furiosa.

—Me refiero a que algo de promoción no viene mal. Dijiste que querían presentar la peli al certamen, ¿no?

—Pareces mi representante —agachó la cabeza, derrotada.

—Yo te puedo acompañar, si quieres.

—¿Lo harías? —Un brillo súbito asomó en los ojos.

Él asintió.

Lucía se fundió en un abrazo de agradecimiento con su marido.

Iba a necesitar todo el apoyo del mundo para pisar un sitio que solo le traía malos recuerdos.