El pacto de las sombras (Inspectora Julia Arrondo 3) Pamplona, junio de 2024
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Pamplona, junio de 2024

Aguirre apuró las dos últimas caladas del cigarro como si fuera el último pitillo sobre la tierra.

Succionó la boquilla con ganas mientras se observaba a sí mismo en pelotas, reflejado en el espejo del techo.

Tenía a Tábatha hecha un ovillo al lado, dormida.

Él seguía sin poder pegar ojo desde hacía más de veinticuatro horas.

Había perdido la noción del tiempo. Cuando llegó de nuevo al VIP Lady’s sabía que lo mejor era entrar y salir, hacer un par de preguntas y huir echando leches de allí.

Pero apareció ella con esa minifalda de látex verde tan cutre, tan diminuta.

Apenas unos centímetros de plástico que no daban para cubrir los prominentes glúteos de una mujer por la que habían pasado tantas manos y tantas vidas.

Ella lo miró, y él le devolvió la mirada.

Ella sonrió y comenzó a subir las escaleras, sin decir nada, sin mirar atrás.

Y Aguirre, sumergido en un embrujo que no le llevaba precisamente a Hamelín, la había seguido al piso de arriba.

Habían follado como locos durante un par de horas, sin hablar, dejando escapar desahogo y rabia por cada poro de su piel.

Por que aquello no era hacer el amor. Era buscar consuelo en el cuerpo ajeno, jugar a ver quién lloraba más alto, solo que, en lugar de lágrimas, había sudor.

Y al final de la batalla ella se había rendido, exhausta, con el pelo revuelto y el maquillaje corrido, dejando caer un hilillo de baba de manera plácida sobre el pecho desnudo del otro.

Aguirre apretó la colilla del cigarro y la apagó con cuidado en el cenicero de la mesilla, que se había convertido en una amalgama de condones, vasos con bebida incierta y restos de Marlboro.

—¿Ya te vas, mi rey…? —preguntó ella, melosa, desperezándose.

Él se enderezó un poco y se sentó en el borde del colchón. Vio sus calzoncillos tirados en el suelo. Todavía llevaba puestos los calcetines. El resto de la ropa estaba desperdigada aquí y allá.

—Sí, pero antes quiero hacerte un par de preguntas.

Tábatha se incorporó, molesta.

—O sea, que vienes por eso.

—A ver si piensas que vengo a sacarte montada en un corcel.

—Que te jodan —escupió con rabia mientras comenzaba a buscar su ropa interior entre las sábanas.

—Eh, eh, eh… ¡ Tranquila!

Tábatha lo apartó con brusquedad y continuó buscando el resto de la ropa.

—Necesito tu ayuda —pidió serio pero firme a la vez. Algo en su mirada hizo que ella se tambalease—. Escucha, no quería ofenderte — suspiró—. Estoy… estoy casado.

—Como la mayoría de los que vienen aquí, y no son tan tocapelotas.

Aguirre le dejó espacio.

—Esto no está bien. Tengo hijos…

Ella puso los ojos en blanco.

—Si te vas a echar a llorar, tengo clínex en el primer cajón.

—Escúchame bien. —La agarró por la cintura—. Ya estuve una vez en un pozo y conseguí salir. No pienso volver a caer. No puedo, ni por mí, ni por ellos.

—¿Esto te parece un pozo? ¿Yo soy un pozo? —replicó, enfadada.

—Tú me has hecho volver a sentir cosas que tenía enterradas . Pero el problema no es ese. El problema es mi puta falta de control. Sé que, si empiezo, no voy a poder parar. Y no puedo hacerle eso a Elisa . Ni a los gemelos. Se merecen más.

—No esperaba que me sacaras en brazos por la puerta. No te flipes.

—No iba a hacerlo. Pero sí pensaba hacerte un monumento, en algún sitio —bromeó él, estrujándola con cariño.

Ella dejó escapar una risotada histriónica.

—El hijoputa tiene guasa, encima. Ay, qué pena no haberte pillado a tiempo, bombón —lamentó, pellizcándole la mejilla.

Aguirre tomó aire, aliviado.

—Necesito saber algo más sobre Rufino.

—Ese cabrón da más guerra muerto que vivo .

—Han encontrado tus huellas en su casa.

—No me sorprende —replicó. Sacó un cigarro del paquete y lo encendió.

—No sé si lo entiendes. Tus huellas están en la escena de un crimen, Teresa.

—¿ Qué confianzas son esas, llamándome por mi nombre de pila?

—Robo con violencia hace dos años. ¿Cómo puedo estar seguro de que no has tenido nada que ver con la muerte de Rufino?

—¿Para qué querría yo matar a ese pobre diablo? —protestó, poniéndose de pie. Sus tetas se balanceaban con cada aspaviento que hacía con los brazos, indignada—. No tenía nada que pudiera interesarme. Estaba en la ruina.

—¿Qué hay de las fiestas que montaba en su casa?

La prostituta puso los brazos en jarra y frunció el ceño.

—Hay huellas de varios números de pie por toda la casa y restos de semen de distintas personas en las habitaciones. Algo tienes que saber.

Tábatha se quedó mirándole un segundo. Dio una larga calada y apagó furiosa el cigarro en el cenicero.

—Al final me vas a meter en un lío, verás.

—Joder, estamos hablando de algo serio. Han matado a ese hombre. Si sabes algo más, tienes que contármelo.

Ella suspiró.

—Rufino daba fiestas de vez en cuando en casa.

Eran algo así como bacanales . Invitaba a políticos y empresarios porque era un sitio más privado y apartado que venir al club.

Casi todas han pasado por allí alguna vez.

Yo misma he estado un par de veces, pero al final Rufino quería exclusividad conmigo en la buhardilla y no me invitaba.

—Joder con Rufino y sus amigos…

—¡Amigos…! —se carcajeó, con ironía—. Yo no diría tanto.

—¿A qué te refieres?

—Hay un par de personas bastante poderosas que iban por allí y lo tenían pillado por los huevos.

—¿Cómo sabes eso?

—Ay, querido, el alcohol y la soledad son muy malos. El pobre Rufino usaba la buhardilla más de gabinete psicológico que de cuarto de juegos.

—¿De qué personas hablas?

Ella volvió la cabeza hacia otro lado, dubitativa.

—Por favor, tienes que contármelo. Puedo protegerte.

Tábatha le miró con los ojos cargados de melancolía.

—Hace tiempo que nadie puede protegerme, ni a mí, ni a nadie. O sea que no me cuentes milongas. Si te cuento esto es porque al final sentía cierto aprecio por Rufino.

Aguirre esperó un par de segundos en silencio, observándola.

—A Rufino lo tenían bien agarrado de las pelotas. Una vez me contó que lo extorsionaron para vender el balneario a precio de saldo y que ya nunca le dejaron en paz.

—¿El balneario de Belascoáin?

Ella asintió.

— ¿Quién lo extorsionó?

—¡Yo qué coño sé! Contratadme y me pongo a investigar con vosotros, no te jode.

—Serías buena confidente —sonrió.

—Ni de co ña. No cuentes conmigo.

—Una última cosa. Has dicho que «ya nunca le dejaron en paz».

Ella se puso a andar en círculos por la habitación, protestando, alzando las manos al cielo y pidiendo paciencia.

—Eres un tocapelotas de cojones.

—Lo sé —dijo él, sonriendo.

—Rufino intentó salir adelante con la fábrica de colchones, pero se la quemaron.

—¿Cómo que se la quemaron ?

—Conozco al tipo que lo hizo. Es un yonqui de poca monta. A veces le contrata gente que no quiere mancharse las manos. Hace recaditos de este estilo.

—¿Cómo se llama? ¿Dónde puedo encontrarlo?

—No me jodas, en serio. Ya te he dicho suficiente. Venga, vete — dijo ella, empujándolo.

—Dame un nombre y te dejo en paz, te lo prometo.

Ella contuvo un grito de rabia.

Él la tomó de la cintura y la miró a los ojos.

—Ramón —resopló—. Se llama Ramón y vive en el convento abandonado de Aranzadi .