El pacto de las sombras (Inspectora Julia Arrondo 3) Señorío de Elío, junio de 2024
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Señorío de Elío, junio de 2024

—Ya tenemos setenta y nueve confirmados. Esto empieza a parecer una pequeña boda — anunció Juan, repasando unos papeles, sentado en un banco.

La tarde era apacible y el viento soplaba cálido.

Un nido de golondrinas se había instalado en una de las cornisas del palacio y las crías piaban sin descanso, reclamando a una madre ausente en busca de alimento.

Estaban junto a la entrada principal, disfrutando de los rayos de sol que se filtraban a través de los plataneros y las encinas.

El jardín conservaba un abrevadero de piedra y una vieja rueda de molienda que hacía las veces de mesa.

Flo res y arbustos parecían sembrados de forma caótica, pero habían sido seleccionados y cuidados con precisión milimétrica para dar justo esa impresión.

Los setos, de un verde turgente, zigzagueaban en los márgenes del sendero que conducía a la carretera.

— Todavía caben unos poquitos más, ¿no? —respondió Carla. Estaba podando un rosal.

—Tenemos a varios periodistas, políticos y empresarios de la zona —asintió—. Puede que en las próximas horas confirmen los más rezagados.

—Pues pide catering para cien, no me gustaría quedarme justa. ¿Te parece bien? —sugirió ella, escudriñando la planta desde varios ángulos.

—No tienes por qué hacer eso. —Se puso de pie.

—¿El qué? —Ella se detuvo y lo miró, sujetando las tijeras de poda.

—Podar, ocuparte de las plantas. Es mi trabajo.

—Lo sé, pero a mí también me gusta. Me relaja. Quiero que todo salga perfecto.

—Claro que va a salir bien — replicó, avanzando en su dirección y haciendo el gesto de tomarle la mano.

Ella se ruborizó, esquivó el movimiento y volvió a sus labores.

Él se quedó parado.

—Voy a llamar para confirmar la comida.

—Gracias, Juan —se despidió, sin mirarle.

Carla se quedó observando la maraña de tallos, espinas y flores. Se asemejaba un poco a su mente, un barullo inconexo de caminos y recovecos , algunos dolorosos, donde apenas había germinado nada y que carecía del mimo y del cuidado necesarios.

Su vida en Montreal había sido más o menos feliz. Al menos le había servido para recomponerse en parte. Vivir en comunidad con personas de todo el mundo había sido enriquecedor. Tanto que las voces habían desaparecido por completo.

Ella, que había huido buscando respuestas, encontró consuelo. Un consuelo inexplicable, pero consuelo al fin y al cabo.

Puede que fuera por alejarse de todo el dolor que había sentido aquí o por poner distancia entre sus padres y ella, pero lo cierto es que su vida en Canadá la llevó a pensar que quizá su diagnóstico había sido un error.

Un error muy conveniente, de hecho.

Estaba convencida de ello, hasta que tuvo que volver, hasta que puso un pie en el señorío y volvió a verla.

Volvió a escuchar su voz. Su vestido negro. Sus manos retorcidas como sarmientos. El pelo blanco y lacio, recogido en un moño bajo. Era como si custodiara la finca. La abuela Fabiana volvía a atormentarla todas las noches, siempre con la misma cantinela, siempre la misma frase.

«Cada cosa en su sitio… y cada persona en su lugar».

Pero esta vez era distinto. No pensaba dejarse llevar.

Sus años de convivencia le habían enseñado que podía pedir ayuda.

Había vivido demasiado tiempo en paz como para desmontar toda su vida de nuevo .

Era una batalla a tres bandas entre su psique, su bienestar y la realidad.

Había confiado su secreto a Juan . Lo conocía bien, era como un hermano para ella.

No solo la había acompañado en los últimos días con su madre, sino que había sabido leer su interior y arroparla en lo que ella misma denominaba «locura».

Lejos de asustarse , la animó a abrazar su situación.

Si la abuela Fabiana quería comunicarse con ella, puede que hubiera otras muchas ánimas que también quisieran hacerlo.

Solo tenía que trabajar en ello, aprender a dominarlo.

Abrir el canal, los sentidos. Y  para ello había muchas recetas que podían ayudarla.

Tras varias semanas de meditación y trabajo, Juan la había animado a organizar su primera sesión. Después de tantos años e intentos en Canadá, por fin iba a estrenarse. Quién le iba a decir que iba a ser justo donde comenzó todo .

Solo rezaba para que el espectro de su abuela la dejara en paz ese día.