Pamplona, junio de 2024
Aitor echó el pestillo de la enorme puerta de la librería.
Tenía una vidriera de colores preciosa en el centro.
El comercio anterior había decidido conservarla del previo, y así durante no sé sabía cuántas generaciones, hasta llegar a parar a sus manos, intacta.
Se trataba de un cristal con formas geométricas en naranjas y amarillos, con un clavel rojo enorme enroscado alrededor de su propio tallo verde.
Los más ancianos del lugar recordaban haber visto una farmacia allí.
Otros decían que perteneció a un antiguo cabaret.
Él prefería mantener la incertidumbre. A esa hora, el vidrio filtraba la luz del atardecer y la proyectaba sobre la entrada.
Eso solo sucedía durante apenas quince minutos al día, ya que el resto del tiempo los edificios del Casco Viejo impedían que los rayos del sol incidieran de manera directa en ese punto exacto.
Aitor se quedaba embelesado observando aquel festival de colores en el suelo.
Un coche rojo aparcó justo delante, cortando en seco la borrachera cromática. Leyre puso los cuatro intermitentes y se apeó. Arrastró fuera del maletero dos cajas de buen tamaño. Aporreó la puerta con el codo, haciendo malabares para no dejar caer las cajas al suelo.
Aitor se precipitó a abrirle.
—Me has fastidiado el espectáculo —dijo a modo de saludo.
—No te preocupes, mañana tienes otro pase —saludó ella, dándole un empujón y haciéndose un hueco para pasar con los enormes bultos.
El otro cabeceó, sonriendo, resignado.
—Déjalas en aquella esquina. ¿Son más de Mario?
— Qué va, estas las he pillado en la subasta de una librería antigua en Bilbao.
—¿Has ido hasta Bilbao? —preguntó, sorprendido.
—Ya tenía todas las campañas lanzadas, no había mucho más que hacer hoy, salvo esperar a que se generasen los primeros datos. Y no puedo hacer que el reloj vaya más deprisa. Todavía —matizó , guiñando un ojo—. ¿Le echamos un vistazo? Bueno, no sé si habías cerrado ya o… igual has quedado…
— Para nada. Estaba soñando con tirarme en el sofá, eso sí. Pero creo que seguirá en casa cuando llegue. La vida del autónomo me deja hecho un trapo.
—Qu é me vas a contar. Además, mis padres quieren que me pase por su casa a cenar y ya no sé qué excusa ponerles.
—Diles que me estás echando una mano.
—Es lo que les digo todas las veces —rio, divertida.
—Porque es la verdad. Ahora en serio, agradezco muchísimo toda la ayuda, pero no sé si te estás volcando demasiado, Leyre.
Ella se detuvo un momento, con la primera caja a medio abrir.
—Oh … yo… Bueno, me hacía ilusión ayudarte a poner todo esto en marcha.
—Sí, sí, no me malinterpretes, por favor. Es que creo que estoy abusando de tu buena voluntad. No podría haber hecho nada de esto sin ti —sonrió.
Se miraron un momento, sin saber muy bien qué decir.
—Venga, abrimos esto y me marcho. No quiero que hagas esperar al sofá, estará preocupado — dijo ella, con una sonrisa.
Sacaron los libros de las cajas y los agruparon.
En un lado apartaron los que estaban inservibles y el resto los amontonaron por género y por orden alfabético.
Discutían sobre el precio sentados en el suelo, también sobre el significado de algunas historias y de cuándo un autor estaba de moda o se lo había ganado a pulso.
Estuvieron así durante un par de horas, hasta que Aitor se incorporó, satisfecho, y metió los libros en un carrito para llevarlos al almacén.
Apenas había sitio ya en las estanterías, tenían que ser muy selectos con qué ejemplares sacaban a la luz y cuándo.
Para todas las joyas que no podían exponer, contaban con un catálogo online al que iban añadiendo las nuevas incorporaciones.
Encendió el interruptor del trastero y comenzó a colocar los libros con mimo. Al girarse, descubrió a Leyre en el marco de la puerta. La pelirroja lo miraba fijamente. Tenía los ojos tristes, melancólicos.
—¿Qué ocurre? —preguntó él, asustado.
—Aitor…
El móvil de Aitor sonó repentinamente, ametrallando con su melodía histriónica.
—Perdona —dijo mirando la pantalla —. ¡Es Julia! —sonrió, eufórico, saliendo de la habitación—. Ahora vuelvo.
—No importa —murmuró ella.
Leyre pasó los siguientes minutos recorriendo con la mirada las cubiertas de los libros que se apretujaban en aquel cuartucho. De fondo escuchaba las risas y las bromas de Aitor con la inspectora.
Decidió abandonar la tienda de puntillas, sin despedirse.
Puede que, al igual que en aquellas estanterías repletas de historias, allí tampoco hubiera sitio para ella.