Norte de Navarra, junio de 2024
Lucía cerró la puerta trasera de la furgoneta con un portazo y se repantigó en el asiento. Se cubrió con sus grandes gafas de sol y emitió un hondo suspiro. Estaba exhausta.
—Manolo , ¿queda mucho para salir? Estoy muerta.
El conductor la observó por el espejo retrovisor.
—Diez o quince minutos .
La actriz protestó de forma más audible.
—Quizá deberías hablar con la productora —sugirió él.
—Aj á —respondió, distraída, como si no hubiera oído aquel comentario—. Me muero por un agua con gas —insinuó, con voz melosa.
El chófer volvió a fijar la vista en las enormes gafas de la mujer, sin decir nada. Pasados dos segundos, se bajó de la furgoneta con un portazo y mascullando para sí.
Ella sonrió, satisfecha, mientras observaba a través de las lunas tintadas al resto del equipo de rodaje en un constante fluir de gritos, peticiones y urgencias. Siempre se ponían nerviosos al final del día, cuando el agotamiento se acumulaba y las sombras eran cada vez más alargadas.
Alguien tocó con los nudillos en el cristal. Lucía corrió la puerta de la furgoneta.
—Igual hay que adelantar parte del rodaje para el fin de semana… —Era la jefa de producción.
—¡No puedo! —protestó la actriz—. Se lo he prometido a Javier y a mi hija.
La mujer, que sostenía una carpeta , elevó la vista al cielo rogando paciencia. Su pinganillo emitió un zumbido y una voz metálica le impidió dar una respuesta a tiempo.
—Ya hablaremos de esto. Me necesitan en el set. El presupuesto y el tiempo son los que son, Lucía. Mañana te llamo.
Lucía Benítez cerró con un portazo. Sabía que podía permitirse aquellas rabietas sin grandes consecuencias. A los pocos segundos, la puerta volvió a abrirse. Era Manolo.
—El agua con gas —le tendi ó una botella.
—¿No hay hielo?
Manolo apretó ligeramente el recipiente que aún sostenía.
—No.
—Vale, perfecto —respondió ella, irónica, cogiendo la botella y lanzándola al asiento contiguo.
El conductor contuvo varios improperios en la parte más alejada de su garganta. Subió, arrancó el motor y comenzó a dar marcha atrás.
—¿No esperamos a nadie? —preguntó Lucía.
—No pienso estar aquí ni un minuto más —replicó él.
Ella sonrió con picardía y volvió a recostarse en el asiento.
El viaje de vuelta a Pamplona era breve, de apenas media hora .
El set de rodaje estaba situado en tierras navarras, a medio camino entre Pamplona y San Sebastián.
La furgoneta avanzaba como una flecha gris por la autopista justo cuando el sol comenzaba a ponerse.
Ya habían recorrido dos tercios del camino cuando se fijó en un cartel que anunciaba un desvío por obras hacia la antigua carretera que conectaba la capital navarra con Guipúzcoa.
La actriz se quitó las gafas para leer la señal y soltó una especie de maullido lastimero.
—¿Esto nos retrasa mucho? Quiero llegar ya.
—Yo también, pero tenemos que parar a echar gasolina .
Lucía suspiró y abrió la ventanilla para que entrara aire fresco.
Habían disminuido bastante la velocidad y ahora iban por una carretera secundaria que atravesaba campos dorados de cereal que rodeaban los pequeños pueblos de la cuenca de Pamplona.
Al poco vislumbraron las luces de un polígono industrial y las instalaciones de empresas de grafismo, grúas y otros servicios.
Pasaron por delante de los estudios de televisión de la capital navarra, donde Lucía acudía cada vez que visitaba su tierra natal.
Llevaba más de veinte años viviendo en Madrid . Pamplona le traía recuerdos agridulces. Ya no tenía familia allí , sus padres habían fallecido cuando ella era muy joven, y apenas albergaba recuerdos de su época escolar.
Solo se acordaba de lo importante.
De lo doloroso.
La etapa de la primera juventud tampoco fue fácil.
Tuvo que buscarse las castañas para forjarse una carrera con su familia en contra.
Sus padres se negaron en rotundo a pagar los estudios de lo que ellos consideraban un trabajo inapropiado.
Pero ella estaba decidida. Desde muy pequeña soñaba con ser famosa y estar bajo los focos.
Así que tuvo que buscar la forma.
No estaba orgullosa de ciertas cosas, pero el esfuerzo al final dio sus frutos y, con el tiempo, no solo logró estudiar en una de las escuelas más prestigiosas de Madrid, sino que pronto le ofrecieron trabajo como modelo y, de ahí, su primer rodaje.
Desde entonces fue imparable. Su belleza y prestigio fueron creciendo, y, para cuando quiso darse cuenta, era una de las caras más conocidas del panorama nacional.
Lucía se encargó de hacerles saber a sus padres lo equivocados que habían estado.
Pero después de una visita al hogar familiar que terminó con reproches por ambos lados, sus padres fallecieron en un accidente de coche.
Lucía se quedó con la culpa anudada a la garganta.
Era la segunda vez que tenía que hacer frente a algo así.
Los reproches nunca son buenos, pero lo peor es cuando se quedan a vivir contigo para siempre.
—Vamos a parar aquí —anunció Manolo , señalando una gasolinera del polígono.
Lucía apoyó la cabeza sobre la mano, con la ventanilla abierta. De pronto, se fijó en el letrero luminoso del edificio de al lado: VIP Lady’s.
El corazón le dio un vuelco. Subió la ventanilla a toda prisa.
Las pulsaciones reverberaban en sus costillas.
Se hizo un ovillo en el asiento y rezó para que Manolo acabase cuanto antes.
Tomó el agua con gas del asiento contiguo y la abrió, con manos temblorosas.
El tapón salió disparado por la presión y se mojó los cristales de las gafas y parte de la ropa.
—¡Mierda!
Se quitó las gafas y dio un sorbo. Desde su posición, al lado de un surtidor, veía la puerta del puticlub.
Una mujer de mediana edad con un pantalón y una camiseta de licra salió a la calle. Se encendió un cigarro y soltó el humo de la primera calada al cielo, que ya se había oscurecido.
Lucía la reconoció al instante.
Agachó la cabeza de súbito, sin caer en que los cristales estaban tintados.
Manolo volvió a la furgoneta y se extrañó al ver a la actriz en aquella posición. Arrancó sin decir nada, pensando que ya le quedaba poco para jubilarse y dejar de lado las rarezas y los caprichos de las estrellas de poca monta.