San Juan de Terranova, Canadá, junio de 2024
Julia aspiró el aroma de la espuma del Atlántico.
Apenas pasaban unos minutos de las cinco de la mañana y los primeros rayos de sol comenzaban a vislumbrarse por el horizonte.
Había tomado por costumbre ir una o dos veces por semana al faro de Cape Spear para ver el amanecer.
Le gustaba pensar que tomaba el relevo al día desde el otro lado del océano.
Que las historias y vivencias de los que habitaban la tierra justo enfrente le entregaban el testigo a través de esa misma luz.
Aquel era el punto más al este de Canadá. Era lo más cerca que podía estar de su mundo desde suelo firme.
Su mundo.
Lo que ella consideraba su mundo había dado un giro de ciento ochenta grados.
Había tomado la decisión de acercarse al mar y al legado de su padre, pero el precio a pagar para sumergirse en el pasado era alto.
Dejar a su madre sola, en Lekeitio, a Aitor en Pamplona y a todo su equipo sin una dirección concreta.
Sabía que todos podían apañarse sin ella, pero era ella la que ahora dudaba de quién necesitaba más a quién.
—Buenos días —susurró, estirando los dedos hacia la línea de fondo del mar.
Enseguida volvió a meter la mano al bolsillo.
Llevaba puesto un plumífero ligero, ya que, aunque el verano estaba muy próximo, en aquella latitud la temperatura a primera hora podía rondar los seis grados.
Una ráfaga de aire gélido le azotó las mejillas y le arrancó un par de lágrimas, instándola a ponerse en marcha y a guardar una distancia prudencial con el acantilado que se abría justo debajo.
Resultaba curioso cómo había convertido en rutina arrancar el día desde un faro a raíz de la historia que su madre le había contado desde otro, el de Lekeitio.
Echaba de menos a alguien que jamás había conocido, cuya figura había empezado a descifrar gracias a las historias de Aurora, de su tío Mark y del legado que ambos hermanos habían construido para preservar los secretos del fondo marino.
Paseó durante diez minutos por una pasarela de madera combada por los años, la humedad y el salitre.
Las gaviotas volaban en círculos intentando fijar una presa en el agua, lanzándose en picado cuando estaban seguras de pillar desprevenido a su desayuno.
Un cartel con la descripción de la fauna y flora del entorno le recordó que aquel fue uno de los puntos calientes en la caza de ballenas, que sus antepasados en el norte de España llevaban muchos años ligados a la tierra que ahora pisaba y que la historia que unía a ambos pueblos era tan antigua como las rocas que crujían bajo sus botas.
—Julia —oyó a su espalda.
Se giró sorprendida. Era Mark.
—Sabía que tú estabas aquí.
Ella sonrió con melancolía y lo abrazó.
—A mí también me gusta venir aquí en las mañanas. Yo te vi otros días, pero no quería molestar. You OK ?
—Sí , es solo que a veces echo de menos lo que he dejado allí —se sinceró—. Estoy muy contenta de haber venido, Mark. Pero a veces se me apodera un poco.
—¿«Apodera»?
— Too overwhelming —explicó, sonriendo.
—Entiendo. Julia, tú puedes volver si quieres.
—Lo sé, pero no sé si quiero. Ese es el problema . Estamos muy cerca de encontrar el Trinidad y me gustaría estar presente cuando eso suceda. Porque sé que lo vamos a encontrar. A James le gustaría. Y a mí también .
Los ojos de Mark centellearon. El hombre asintió con vehemencia.
—Queda muy poco.
—Lo sé. ¿Cuándo sale el vuelo?
—Próxima semana. Viernes.
—¿Y tú crees que podremos quitarnos por fin este abrigo? —bromeó la inspectora, estrujando el plumífero.
Mark soltó una carcajada.
— A ti te gusta frío. Eres mujer de viento.
—Me tenéis calada —rio—. ¿Me dejas invitarte a desayunar?
Tío y sobrina comenzaron a deshacer el camino desde el faro. De pronto, el teléfono de Julia sonó. Era una videollamada de Ozcoidi.
—¡Víctor! —saludó, haciendo un gesto a su tío para que se fuera adelantando—. ¿Qué tal estás?
—Hola, Julia. Perdona el asalto. ¿ Qué… qué hora es allí? —p reguntó con cautela, al ver el cielo desperezándose.
—Las cinco y media de la mañana.
Ozcoidi se dio una palmada en la frente.
—Joder… Perdona, pensaba que era más tarde. Te llamo luego, si eso.
—¡No te preocupes! Llevo un rato despierta. Aquí madrugamos mucho —lo tranquilizó—. ¿Qué ocurre?
—No sé… Es que… —dibujó una mueca—. Estoy preocupado por Aguirre. Está muy raro últimamente.
—¿Qué le pasa? —Se irguió de pronto.
— No estoy seguro… Pero creo que tiene problemas…
—¿Pero problemas con qué?
—Sé reconocer a alguien que va pasado de rosca en cuanto lo veo —suspiró—. Algunos amigos míos lo han hecho, o lo hacen. Y Aguirre ayer estaba puesto, borracho, o ambas cosas.
Julia dio un par de vueltas sobre sí misma, inquieta. Una ráfaga de viento le enredó el pelo en la cara y trató de zafarse sin mucho éxito.
—¿Habéis hablado con él?
—Todavía no.
—¿Y por qué no?
—Beloki y él están todo el día a la gresca. Desde que nos han asignado el caso nuevo parecen dos hermanos peleándose. He intentado abordarles por separado, pero …
—¿Qué caso?
—Un cadáver en un domicilio a las afueras de Pamplona.
La inspectora meditó un momento.
—Ve actualizándome, ¿vale?
—¿Sobre el caso?
—Sobre Aguirre.
—Vale. Te voy contando.
—¿Y tú qué tal estás?
La pregunta le pilló desprevenido.
—¿Yo? —Ozcoidi se revolvió—. Bien, sin novedad.
—Me sabe mal haberte dejado a merced de estos dos … No es fácil estar en medio.
—Tranquila, creo que sobreviviré…
El agente desapareció de la pantalla con media sonrisa y la inspectora se quedó mirando el cristal un par de segundos.
— Everything OK ? — Se aproximó Mark, que había dejado una distancia prudencial.
—Sí, espero…, creo que sí… —resolvió, cabeceando—. Bueno, ¿vamos para la oficina?
Del faro al centro de operaciones había algo más de veinte minutos en coche.
Tío y sobrina aparcaron en el Ocean Sciences Centre, un complejo dedicado a los estudios del mar que se alzaba sobre un acantilado al norte de la ciudad.
El equipo de Mark y James estaba formado por más de treinta personas entre biólogos, arqueólogos, historiadores , técnicos de laboratorio y operadores de vehículos marinos.
Julia se sentía una auténtica privilegiada cada vez que cruzaba el umbral .
El resto también estaba feliz de tenerla allí.
La experiencia de la inspectora en investigación había ayudado a impulsar varios estudios en marcha.
Ella disfrutaba del ambiente internacional y se mezclaba con perfiles de todo tipo.
Había gen te que se había mudado allí desde Egipto, Suecia o Filipinas.
El día a día era similar al de cualquier oficina, pero con un toque más familiar. Al llegar a su puesto, se acercó un chico.
—Hola, Julia —saludó Kemet, un joven egipcio que era la referencia para organizar las cervezas afterwork. El chico hablaba español mejor que muchos autóctonos—. ¿ Has apostado ya por alguna trainera?
—¿Cómo?
—¿ Conoces la competición?
—¿Las traineras? Sí, claro, son típicas del País Vasco.
—Me refiero a que si te han hablado de la carrera benéfica. James arrancó una competición hace años para recaudar fondos. Los equipos pagan por inscribirse y a la gente que quiere apostar se le cobra una pequeña comisión. Es toda una tradición aquí, aunque usamos barcas más pequeñas.
—Te invito a un café y me cuentas todos los detalles, ¿te parece?
La siguiente media hora escuchó al joven con atención, reviviendo las anécdotas y dificultades para poner en marcha la curiosa iniciativa. Notaba algo agitarse dentro, una mezcla extraña de satisfacción y añoranza.
—James nos habló también del Día de los Gansos en Lekeitio. Lo tomamos como referencia para hacer algo para los niños, solo que en lugar de un ganso de goma utilizamos gaviotas de plástico.
—¿Hay fotos? Estoy deseando verlo.
—¡Y vídeos! —replicó, entusiasmado.
Kemet sujetó el vaso del café con los dientes mientras buscaba la cuenta de Instagram de la competición. Triunfal, le mostró un vídeo de la carrera.
—¿Este de aquí …?
—Sí, ese es James. Y aquí está tu tío.
La inspectora sintió el corazón dar un vuelco.
Era la primera vez que veía a su padre en vídeo , sonriente, con vida, en movimiento.
Tenía el mismo pelo que Mark y una de las sonrisas más sinceras que había visto jamás.
Se le notaba más delgado que en algunas fotos.
Quizá eran las primeras etapas de la enfermedad.
Saludaba a cámara como si fuera un viejo conocido, y la miraba de frente.
A ella.
Sus ojos se humedecieron .
Julia no solo estaba aprendiendo a descifrar los secretos del mar. La figura de su padre se iba tornando cada vez más nítida gracias a las piezas con las que poco a poco armaba el puzle.