El pacto de las sombras (Inspectora Julia Arrondo 3) Pamplona, junio de 2024
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Pamplona, junio de 2024

Ozcoidi rascaba con fuerza los restos de patata calcinada de la bandeja.

Se ensañaba con el estropajo como si quisiera eliminar los pensamientos que lo atormentaban.

Aumentó la intensidad de fricción hasta que unos brazos lo envolvieron con cariño desde atrás, como un bálsamo que neutralizaba la rabia.

—La bandeja no tiene la culpa —le susurró al oído.

—Ya lo sé —replicó lanzando la maraña de aluminio al fregadero.

—¿Me vas a contar qué te ocurre?

Ozcoidi apoyó las manos sobre la encimera y suspiró.

—Estoy preocupado.

—¿Es por mí?

Un calor repentino le encendió las mejillas.

—No.

—Menos mal. No quería volver a ser el centro del drama otra vez —replicó, con guasa.

El joven se giró y se encontró con aquellos ojos verdes que habían puesto su mundo patas arriba. No fue capaz de sostener la mirada más de dos segundos.

—Estoy preocupado por mis compañeros —confesó—. Ya te he hablado de ellos. Mikel Beloki, el nuevo jefe mientras Julia está fuera. Y  Aguirre. Le quiero como a un hermano, pero creo que se le está yendo la pinza.

—¿A qué te refieres?

—A que creo que el otro día iba hasta arriba. Colocado.

—¿Has hablado con él? ¿O con Beloki?

—Créeme que no estaba en condiciones de hablar. Y Beloki es…, no sé, es buen tío, pero es como si fuera inaccesible. En lo emocional, me refiero.

—Ya.

Ozcoidi detectó un súbito desdén.

—¿ Qué te pasa?

—¿Es por eso por lo que me sigues teniendo dentro de un armario? ¿Porque la gente es «inaccesible»?

De nuevo sintió la sangre escalar hasta los carrillos.

—Ya lo hemos hablado varias veces. Cuando esté preparado, lo contaré en el trabajo. Hay que buscar el momento… Yo no…

—Vale, pues mientras te preparas , yo voy a recoger mis cosas y vuelvo a casa . Son varios meses ya, Víctor. Entiendo que necesites tu tiempo, pero no puedo permanecer eternamente en un agujero. Por mucho que me guste estar dentro de él contigo.

Nada más decirlo, salió de la cocina.

—Borja, espera. —Ozcoidi lo agarró por la muñeca con suavidad—. Acabamos de arrancar un caso que no tiene buena pinta. Y lo de Aguirre…

—Siempre va a haber una excusa. Un caso. Un miedo. Tus padres no saben que existo. Tus amigos ni de lejos se imaginan que estoy aquí contigo . Y en el trabajo dices que no tienes la confianza suficiente para hablar con nadie. ¿Qué lugar me queda a mí?

Silencio.

—No me merezco esto.

Víctor sintió una enorme bola de pena instalarse en la boca del estómago. Pensar en perder a Borja era como si el suelo se abriera para engullirlo. Él se zafó de Ozcoidi con suavidad y se dirigió a la puerta.

—Cuando estés preparado… hablamos, ¿te parece? —Y antes de que pudiera contestar, cerró tras de sí, dejando al agente a solas con su desconcierto.

Ozcoidi se dejó caer en la silla de la cocina, mirando a un punto fijo de las baldosas del suelo.

Suspiró con fuerza, intentando echar fuera toda la tristeza que se le acumulaba en las tripas.

Repasaba cómo había llegado a esa situación, pero poner palabras a aquello o etiquetarse le resultaba doloroso.

Él nunca había dudado de su orientación sexual.

Había querido mucho a Sara, su novia de siempre, y jamás se había sentido atraído por otros hombres.

Pero ella quería más, hablaba de planes de futuro, y algo comenzó a removerse dentro .

No estaba seguro de por qué, pero sentía que necesitaba alejarse.

No ha bía nadie más en su cabeza, y sin embargo fue consciente de que dejó que la relación muriera sin paliativos.

Al final, Sara terminó cansándose de sus evasivas y se acabó largando.

La sorpresa para Ozcoidi fue darse cuenta de que había hecho lo correcto.

Había sido feliz con ella, pero la relación había llegado a su punto final.

A veces las cosas simplemente terminaban, no había grandes dramas ni tragedias.

Debería haber sido más valiente y haber encarado sus sentimientos, pero lo importante es que Sara encontraría a alguien que la quisiera al cien por cien, como él al principio. La cuestión es que ya no lo hacía.

Enseguida se centró en su cuadrilla, en el trabajo en comisaría y en su equipo de fútbol.

Fue en una cena con estos cuando terminaron como una cuba, un día entre semana.

Como apenas había bares abiertos, optaron por entrar en un local de ambiente.

A muchos les incomodaba estar allí, otros lo vendían como una experiencia jocosa.

Ozcoidi era de los que estaba a gusto en cualquier lugar si era con la gente adecuada.

En un viaje al baño, un chico se le insinuó en la puerta.

Fue ron unos segundos, apenas una broma.

Un dedo deslizándose con suavidad sobre la espalda, una palabra picante al oído , y el muchacho se marchó.

Ozcoidi se quedó parado y sintió una erección instantánea.

Abrumado, se encerró en el baño y esperó a calmarse.

Cuando logró hacer pis, salió en busca de sus compañeros y se despidió con la excusa de que estaba cansado.

Aquel episodio le dejó aturdido toda la semana.

Y, sin embargo, volvió al bar.

No sabía muy bien por qué, pero tenía claro que no le daba miedo enfrentarse a sus sentimientos.

Eso es lo que había hecho al final de su relación con Sara, darle la espalda a su instinto, y no quería repetir el mismo error.

Necesitaba quitarse de encima la duda, confirmar que había sido producto del alcohol, del momento o una simple paranoia.

Nervioso, se pidió una copa y se quedó junto a la barra, esperando una reacción en sí mismo.

Los minutos iban pasando y lo único que veía era gente pasándoselo bien, bailando, riendo, brindando.

Se alegró de no sentir nada. Su cuerpo se fue relajando y, después de terminar su copa, pidió otra.

Con la tercera, sus sentidos estaban embotados, pero su alma se sentía más ligera.

Al ir al baño su corazón se puso a mil. El recuerdo de la otra noche lo acosaba.

Solo tenía que volver a pasar por el mismo sitio y salir indemne para poner en orden su universo y limpiar su conciencia.

El baño estaba ocupado y no había nadie más . Se observó en el espejo. Tenía los ojos vidriosos y le costaba centrar la vista. Se veía a sí mismo borroso, pero sonrió a su reflejo con cara de bobalicón .

Un chico llegó entonces y, divertido ante la escena, le devolvió la sonrisa.

Ozcoidi enrojeció y miró al suelo. Una enorme bola de fuego incendió todo su cuerpo.

Nervioso, lo observó de reojo. Aquel muchacho tenía los ojos más bonitos que había visto jamás.

Sintió una punzada de atracción. Se concentró en el suelo. El chico se extrañó.

— ¿Te encuentras bien?

—Sí…, sí. —Ozcoidi no se atrevía a mirarlo de frente.

El baño se liberó y entró rápidamente. Agradeció escabullirse de aquel iris esmeralda.

Echó el pestillo, se apoyó en la puerta y exhaló.

Unos minutos después, más calmado, volvió fuera.

El joven seguía esperando . Esta vez lo miró de frente, sin ambages, sin remedio .

Pelo castaño, ojos color pradera. Nariz ancha.

Barba cuidada. No muy alto. Más delgado que atlético.

El desconocido le sonrió de nuevo y algo dentro de Ozcoidi se partió por la mitad. Sin pensarlo, se lanzó a su boca y se sumergió en uno de los besos más apasionados que había dado jamás. El chico, sorprendido, lo apartó después de un par de segundos.

—Vaya —miró a Ozcoidi , divertido—. No creía yo que…

—¡Lo siento, lo siento, lo siento! No sé por qué…

—Tranquilo. Me llamo Borja.

—Yo, Víctor.

Estuvieron hablando más de media hora en la puerta del urinario, viendo una comitiva de extraños pasar. Borja era ingeniero agrónomo, dos años mayor que él y acababa de mudarse a Pamplona.

—Oye —dijo Borja, después de un buen rato—. Sería más fácil llevarte a mi casa y continuar allí, pero no creo que estés en condiciones. Y tampoco sé si es legal aprovecharme así. Te voy a dejar mi número, y si quieres, quedamos un día de estos.

Aquella propuesta fue como un jarro de agua fría.

Ozcoidi guardó el teléfono de buena gana, pero fue consciente de que su recuerdo anterior había sido reemplazado por una certeza peor.

Una que iba comenzar a pasarle factura al despertar por la mañana.