El pacto de las sombras (Inspectora Julia Arrondo 3) Pamplona, junio de 2024 #2
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Pamplona, junio de 2024 #2

El subinspector le hacía sentir en ocasiones como si fuera un colegial. Aquello le ponía de los nervios. Con Julia, todos eran iguales, al menos en esencia. Con ella ausente, parecía que Beloki solo usaba el título para ejercer autoridad.

—¿Y qué has hecho luego? — preguntó Beloki.

Aguirre enrojeció.

—¿A qué te refieres ? —preguntó, molesto.

—A que si has ido a Ardandegi.

—Claro, claro que he ido —apostilló, nervioso—. He tenido suerte, he podido hablar con el tesorero de la sociedad. Por lo visto es también notario de Rufino . Miguel Ángel López de Haro.

—Eso nos interesa.

—Sí, aunque el tío no es tonto. Le he sugerido la posibilidad de acceder a su testamento y me ha dicho que volvamos con una orden judicial.

—Pues ya sabes, toca pedírsela a Hornillos.

—Sí, ya lo sé —remarcó el otro, con cierto retintín—. También me ha dado una lista de socios. Os paso una copia con nombres y apellidos y una foto que he sacado a una imagen que colgaba en la pared con todos los miembros. Os sonarán muchos, está lo mejorcito de Pamplona.

—Muy bien —apuntó Beloki. El comportamiento de su compañero rozaba lo agresivo, pero decidió dejarlo correr para no perder el hilo—. ¿Qué tenemos de tu lado? —se dirigió a Ozcoidi.

—Carla desconocía si su padre tenía pareja o no. No tenía mucha relación con él .

—Cuando estuvo aquí comentó que acababa de volver de Montreal. Si no me equivoco, ha estado más de veinte años por allí —añadió Beloki, consultando las notas de la testificación—. ¿Sabemos la fecha exacta en la que volvió a España?

Ozcoidi negó con la cabeza.

— Revisa las entradas y salidas del país con su pasaporte durante los últimos seis meses. No podemos descartar nada por ahora.

—Vale. Me ha llamado la atención que dijera que su padre siempre andaba «metido en chanchullos». Y luego está lo de la paga, claro.

—Hay que enterarse de qué tenía pactado Rufino con su mujer tras la separación. ¿Sabemos quién es el notario de la madre?

—No, pero me entero —se prestó Ozcoidi.

—Bien, en cuanto lo sepas, pide la orden a Hornillos también. Entre lo del incendio de la fábrica, las putas y los chanchullos, algo sacaremos seguro. Yo voy a revisar la lista de los miembros de la sociedad, los movimientos de la tarjeta de crédito de Rufino y los datos del móvil.

—Hay otra cosa más. Le he preguntado a Carla por la foto que encontramos en casa de su padre, la que sale con tres niñas. ¿ Puedes buscarla un momento?

Beloki localizó la imagen y la proyectó en la pared.

—La de la izquierda es Carla y las otras dos son amigas de la infancia . La del medio es una tal Beatriz Castañeda y la de la der echa es Lucía Benítez. La actriz.

Beloki frunció el ceño.

—¿Eran amigas? ¿Y no te ha dicho nada más?

Ozcoidi negó.

—Estaban con los preparativos de una fiesta y andaban bastante liados.

—¿Una fiesta?

—Sí, quieren dar a conocer la fundación para captar fondos.

—Puede que sea una buena idea pasarse por allí.

—Pues estamos invitados —replicó el joven, sonriente.

—¿Se puede? —Antonio Crispín tocó la puerta abierta con los nudillos. Venía acompañado de Dani, su ayudante.

—¿Qué nos traes, Antonio? —preguntó el subinspector .

—Poca cosa, pero algo hay —contestó con tono misterioso y brillo en los ojos—. ¿Tienes por ahí las fotos de la escena?

Mientras Beloki buscaba la carpeta, Dani observó de reojo a Aguirre. Estaba sentado con los brazos cruzados sobre el pecho, recostado en la silla, moviendo la pierna con nerviosismo y la mirada perdida en algún punto del proyector.

—Para ahí —pidió Crispín, señalando la imagen del cadáver de Rufino en la cocina. El hombre se ajustó las gafas para consultar el informe que traía—. ¿Recordáis la mancha marrón debajo del cuerpo? Estaba bastante degradada, pero hemos podido recuperar restos de fibras alimentarias y pepsina.

—¿En cristiano? —urgió Aguirre.

—Restos de alimentos y de fluidos gástricos. El hombre vomitó justo antes de fallecer.

—¿Cómo de relevante es esto ? —Beloki frunció el ceño.

—No lo sé. —Crispín se encogió de hombros—. Puede que le sentara mal la cena, que le hubieran envenenado o que vomitara del propio estrés de verse maniatado y a punto de morir. ¿Habéis recibido el informe de la autopsia?

—Sí , pero no se menciona nada de venenos.

—Es normal , no quedan restos de ningún tipo de órgano, sangre o humores. No había nada analizable.

—Entonces no podemos asegurar nada.

Antonio asintió, levemente cabizbajo.

—Hemos estado analizando las huellas de la casa —intervino Dani para rescatar a su compañero del súbito bajón—. La mayoría están inservibles por el polvo o la grasa, o no han dado una identificación positiva. En las habitaciones había huellas de todo tipo de varias personas, pero ninguna fichada.

—Buen picadero tenía montado Rufino en su casa —comentó Ozcoidi.

Aguirre soltó una carcajada sin separar la vista de la pared.

—Las huellas del dormitorio principal coinciden con las de Rufino.

También hay huellas de él en la cocina y en el resto de la casa, como es lógico.

En la… buhardilla, ya sabéis —añadió Ozcoidi, sin saber muy bien cómo catalogar esa habitación—, hay huellas suyas y aquí ha dado identificación positiva otras de una mujer de treinta y ocho años, nacionalidad española: Teresa Valiente.

Fichada hace dos años por robo con violencia a una mujer .

Intentó quitarle el bolso por la calle navaja en mano .

El cerebro de Aguirre hizo una sinapsis de pronto.

—Tábatha —dijo en voz alta, recordando el nombre que le había dado la prostituta.

—¿Cómo dices? —preguntó Beloki.

—Tábatha me dijo que se llamaba Teresa. Coincide con el servicio a domicilio que le prestaba a Rufino.

—Bien, pues ahora sus huellas la sitúan en la escena del crimen, así que habrá que hablar con ella de nuevo.

—Ya ha dicho que no lo mató —protestó Aguirre—. Además, ni siquiera podemos situar la fecha de la muerte en un marco reducido . Podría haber sido cualquiera de las otras huellas de la casa.

Beloki se quedó mirando fijamente a su compañero.

—Me da igual —sentenció, con calma—. Quiero que vuelvas al puticlub y que intentes sonsacarle más información.

Aguirre soltó otra carcajada, esta vez llena de ironía, y volvió a recostarse sobre la silla, negando con la cabeza, resignado , a la par que sonreía.

—Lo que diga su majestad.

Crispín miró a uno y otro, sorprendido ante el repentino mal ambiente.

—En algunos puntos de la buhardilla —continuó Dani, intentando deshacer el nudo en el aire — había restos de semen. En concreto en el suelo y en determinados… juguetes. Por ejemplo, aquí y aquí —se ñaló con el ratón el suelo bajo la enorme aspa y la jaula.

—¿Es de Rufino? —quiso confirmar Beloki.

Dani asintió.

—Y es el único, parece que solo él y Tábatha subían a la habitación.

—Bien . ¿Algo más reseñable?

—Hay muchísimas huellas de pisadas por toda la casa que coinciden con distintos números: desde el treinta y siete al cuarenta y cinco. También hemos encontrado restos de semen en las habitaciones, correspondientes a distintos individuos sin identificar.

El proyector fue mostrando imágenes de los dormitorios, ajados y polvorientos.

—No hemos encontrado signos de forcejeo en muebles, al menos en la cocina. Tampoco marcas de arrastre del cuerpo. Sea quien fuere, parece que le puso las bridas allí mismo y ahí lo dejó . Y se ocupó de borrar huellas de pies y manos , por lo que tiene cierta conciencia forense.

—Hay que tener en cuenta que la puerta y las ventanas no estaban forzadas —intervino Crispín de nuevo—. Así que podemos presuponer que la persona que estaba con Rufino entró por su propio pie o era alguien a quien el hombre conocía .

—Como una puta —masculló por lo bajo Beloki, como si no quisiera ceder en el tira y afloja con su compañero.

Aguirre no escuchó nada.

—Parece que la casa era un picadero para él y para gente de su confianza, así que el abanico de sospechosos puede llegar a ser amplio —sentenció Crispín mientras ordenaba las hojas del informe.

—Gracias, Antonio —respondió el subinspector—. ¿Tenemos todos claro por dónde seguir? —miró a sus compañeros.

—Muy claro —contestó Aguirre, malhumorado, antes de abandonar la sala.