El pacto de las sombras (Inspectora Julia Arrondo 3) Pamplona, junio de 2024
21%

Pamplona, junio de 2024

Aguirre se quitó la camiseta con rabia y la lanzó contra el suelo del baño.

Puso los brazos en jarra, cerró los ojos y se concentró en respirar de manera controlada para rebajar los jadeos, ansiosos .

El sudor de cabeza, pecho y manos le creaba pequeños afluentes en los pliegues de la piel mientras luchaba por reducir el ritmo de un corazón acelerado.

Un calor atravesó su cuerpo como un rayo. Sentía las orejas en llamas .

«¡Joder, joder, joder!».

Se apoyó en el lavabo y se observó frente al espejo con el torso desnudo, acezando.

La pupila había arrasado con el espac io del iris, sus ojos habían tornado en dos agujeros negros.

El pico del subidón de cocaína le había pillado entrando a comisaría , así que había intentado refugiarse en el baño durante unos minutos.

Era consciente de que en ese estado no podía hacer la puesta en común, pero era demasiado tarde.

Beloki lo había visto entrar, y él y Ozcoidi le estaban esperando.

Mierda, tenía que controlar aquello de alguna manera.

El calor se estaba extendiendo desde sus orejas, palpitantes, hacia cada centímetro cuadrado de su piel. Tenía que bajar la temperatura. Se tumbó boca arriba en el suelo de azulejos , sin pensar. Cerró los ojos y apretó la punta de los dedos contra las baldosas. La mandíbula le temblaba.

El frío le alivió por un momento, pero enseguida la superficie pasó a absorber su calor corporal y se convirtió en un charco de sudor. Se levantó de nuevo y se secó con papel del secamanos. Se enjuagó la cara varias veces con agua e intentó pensar en algo que le transmitiese serenidad.

No se le ocurría nada.

El gotelé del baño bailaba. Veía la superficie de la pared deformada, como si fuera de un material moldeable. Cerró los ojos y sacudió la cabeza para alejar esa imagen.

Tuvo una idea.

El alcohol entumecía los sentidos, así que quizá podía contrarrestar el subidón de farlopa con una copa.

Solo una.

Se puso la camiseta en el mismo momento en el que Ozcoidi entraba en el servicio.

— ¿Qué haces? —le preguntó el joven, extrañado al ver a su compañero vistiéndose en el baño.

—Nada —se excusó, sin apenas mirarle a los ojos—. Tengo que salir un momento. Me he dejado una cosa en el coche.

Abandonó el servicio a toda prisa, rumbo a la calle. El calor exterior no ayudaba. Intentó pensar en algún bar cercano, pero la comisaría no tenía ninguno cerca. Se dirigió a la gasolinera. El golpe de aire acondicionado tras las puertas automáticas lo reconfortó.

—Buenos días —le saludó la chica tras el mostrador, que lo tenía fichado de vista.

El otro respondió levantando la mano, sin mirarla, simulando que buscaba algo de comida, aunque pensar en comer le producía arcadas.

Tenía la boca como un estropajo y solo quería sentir la suavidad de algún licor con mucho hielo recorriéndole la garganta.

El único alcohol disponible venía en formato de botella estándar, pero no podía salir de ahí con eso en la mano, ni siquiera con una bolsa. Se exponía demasiado.

Examinó los diminutos estantes de la tienda. Nada.

Cogió un paquete de chicles, otro de vasos de plástico y una bolsa de hielo. Dio un par de vueltas más, pero no había nada que pudiera hacer. En la caja, justo debajo, al lado de las revistas, encontró una hilera de botellas de Jägermeister en formato diminuto.

Bingo.

Tomó dos y colocó todas las cosas sobre el mostrador.

—¿Me cobras, por favor?

La chica fue pasando el escáner a todos los artículos con auténtica parsimonia. Aguirre creyó intuir una mirada de soslayo mientras cobraba las botellitas de licor y las introducía junto al resto de la compra dentro de la bolsa.

—Diecisiete con sesenta. ¿Con tarjeta?

Aguirre asintió, pagó y salió de la tienda sintiéndose terriblemente juzgado.

Se parapetó detrás de los contenedores de la gasolinera, en un sitio discreto.

Sacó los vasos de plástico del envoltorio y tomó uno.

Rompió la bolsa de hielo con los dientes y colocó dos cubitos en el vaso.

Tomó una de las botellitas, la desenroscó con las manos temblorosas y vertió el contenido sobre el hielo.

El crujir de la superficie congelada en contacto con el licor le erizó el vello de la nuca.

Repitió la misma operación con la segunda y lanzó el vidrio al contenedor.

Dio un trago largo y sintió de inmediato un calor y un alivio culpables en el estómago. Se sentó ahí mismo, exhausto. Su corazón seguía teniendo las pulsaciones muy por encima de lo recomendable, pero percibía cómo se iba calmando. Permaneció allí cinco minutos, terminando la copa a grandes sorbos.

Al acabar, se notaba mejor. Tiró el resto de la compra a la basura, se sacudió los pantalones y volvió a comisaría. Saludó al de la garita de seguridad mientras se metía un par de chicles en la boca para enmascarar el aliento.

Cuando llegó a la sala, sus compañeros estaban enfrascados en sus respectivas pantallas.

—¿Dónde te has metido? —preguntó Beloki, molesto.

—He tenido que salir al coche, me había dejado el móvil.

El subinspector enarcó una ceja, pero no dijo nada. Ozcoidi le observaba en silencio desde su sitio.

—Vamos, siéntate —pidió Beloki mientras buscaba un archivo en su portátil. Hizo doble clic y en el proyector apareció un informe—. Ya tenemos las conclusiones de la autopsia.

—Joder, qué rápido, ¿no? —respondió Aguirre, jugueteando con el chicle que tenía en la boca. Era incapaz de mantener la mandíbula relajada.

—La verdad es que no había mucho donde rascar.

«Cadáver de varón, de entre setenta y setenta y cinco años, hallado en su do micilio, situado en entorno rural…

Cuerpo en avanzado esta do de descomposición, con esqueletización de extremidades in feriores y momificación parcial de tronco y cara.

Presencia de abundantes restos entomológicos (pupas vacías de Calliphora vicina y larvas de…)».

—¡Qué asco! ¿ Tenía mucho bicho? No parecía, con la ropa puesta —se compadeció Ozcoidi, con una mueca.

—Cuando le extrajeron la ropa había bastantes larvas —respondió, escueto—. No fue agradable.

—«No se observan lesiones traumáticas evidentes en los restos blandos…» —continuó leyendo Aguirre, entrecerrando los ojos. A sus compañeros no se les escapaba que arrastraba ligeramente las erres al hablar y se miraron entre sí.

— Así es —cortó el subinspector—. Tampoco se apreciaba nada raro en el escáner. Los órganos estaban inservibles y la causa de la muerte no es determinable. Una puta mierda, vamos.

—¿No se puede sacar nada? —preguntó Aguirre.

—Nada. Tan solo la identificación positiva con Rufino Moreno. Sabemos que pinta mal por cómo lo encontramos, pero si a este hombre lo encuentras en la cama después de varios meses, pensaríamos que habría sido un infarto y estaríamos igual.

—¿Y los bichos?

—Se los han llevado a analizar para intentar obtener una horquilla sobre la data de la muerte más precisa, pero ya adelantó el forense que la cosa está entre los cuatro y los seis meses. Las con diciones de la casa, la ventilación y el estado del cadáver al menos apuntan a eso .

—Mierda —protestó Ozcoidi—. Esto no ayuda mucho.

Se produjo un silencio solo roto por el chicle que masticaba Aguirre.

Beloki lo miró de reojo. Su compañero estaba bastante impertinente últimamente, pero aquel comportamiento era todavía más extraño. Y olía raro. Como alguien que se hubiera pegado la noche por los bares del Casco Viejo.

—¿Qué tal por el… club? —el subinspector habló con cautela.

Aguirre se revolvió.

—Eh… bien. Bien.

Esperó un momento .

—¿Has averiguado algo? —insistió, como si su compañero no se diera cuenta de que esta pregunta iba implícita en la anterior.

Aguirre pareció caer en la cuenta de algo. Sacó la libreta del bolsillo, intentando controlar el temblor de sus manos. Pasó las hojas arrugadas y con manchas oscuras, buscando las páginas con las anotaciones del mediodía.

—Sí, sí… A ver… Eso, aquí —señaló un punto del cuadernito—. Milagros dice que Rufino no tenía muchos amigos y que andaba justo de pasta. Que a veces le fiaban.

—¿Milagros? —inquirió Ozcoidi.

—Es la madame —aclaró.

—Vale. Eso coincide con lo que me ha contado Carla en el señorío. Parece ser que el señor Moreno vivía de la paga que le daba su mujer, o su exmujer.

—Ahora seguimos con eso —pidió Beloki—. ¿Algo más?

—Sí, ha mencionado que al principio iba al club con algunos amigos, pero luego pasó a pedir servicio a domicilio. Tábatha ha dicho que eran políticos, concejales y gente de pasta.

—¿Tábatha? —esta vez preguntó el subinspector.

Aguirre enrojeció y sus pulsaciones aumentaron.

—Sí, eh…, una puta , vamos. La que acudía a su casa. Por lo visto, está especializada en BDSM . Ha confirmado que a Rufino le iba la marcha, pero que, en sus propias palabras, «era un amor». En el reparto de roles, él era el sumiso.

—Vaya fiesta, la de Rufino. Se iba de putas con la paga de su mujer —señaló Ozcoidi.

—¿Descartamos a la tal Tábatha…? —sugirió Beloki.

—Dice que no lo veía por lo menos desde Navidad. No sé, por cómo se referían a él, hablando en presente… Algo me dice que las putas no han tenido nada que ver. Aunque no podría asegurarlo.

Beloki meditó un momento.

—De cuatro a seis meses es la horquilla que ha dado el forense, puede coincidir con fechas cercanas a la Navidad. Necesitamos los movimientos del TPV del último año del puticlub. Vamos a ver nombres, fechas y coincidencias. Pero sobre todo quiero ver cuándo fue la última vez que pagó Rufino.

—He cogido el aparato y el cuaderno donde tienen anotadas las cuentas.

—Pues llama al banco y que vayan preparando el informe.

Aguirre asintió. Seguía rumiando la goma de mascar a unos decibelios incómodos.

—¿Te importa tirar ese puto chicle? —pidió Beloki, en un arrebato.

El otro paró en seco. Se quedó mirándolo fijamente, pero parecía tener las pupilas vacías.

—Claro —masculló con sorna. Se levantó y escupió en la papelera.