El pacto de las sombras (Inspectora Julia Arrondo 3) Señorío de Elío, junio de 2024
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Señorío de Elío, junio de 2024

El sonido de la azada removiendo la tierra y el discurrir del río Arga era lo único que se escuchaba en decenas de metros a la redonda.

Juan sabía que había que airear y abonar el suelo, prepararlo para un verano que se preveía caluroso y con poca lluvia.

Por fortuna, aquel enclave casi siempre permanecía en penumbra, protegido por las faldas de la peña Etxauri, lo que proporcionaba la humedad justa para trabajar con distintas especies todo el año.

La tarde había sido apacible, los insectos zumbaban alrededor de las colmenas del jardín y la piedra de las paredes del palacio aún estaba caliente.

Nada era capaz de alterar la paz que rezumaba la finca.

Juan había nacido y se había criado en aquellas tres hectáreas llenas de historia y de nobleza.

Era su hogar, el único que había conocido y en el que pensaba terminar sus días.

Al igual que su padre antes que él, Juan había dedicado su vida a los jardines y al terreno del palacio de Elío.

También llevaba a cabo labores de mantenimiento, pero desde que Victoria, la madre de Carla, instalara la sede de la fundación allí, el trabajo con las plantas y la tierra copaba la mayor parte de su jornada.

Juan echaba mucho de menos a esa mujer. Su madre había muerto cuando él era solo un crío y, sin más compañía que la de su padre, las únicas referencias femeninas habían sido Victoria y la abuela Fabiana, la madre de aquella y la temida señora de Elío.

El jardinero había crecido correteando por el patio de palacio, jugando a buscar cochinillas entre las macetas cuando Carla y sus padres venían a visitar a la abuela.

Eran las tardes de domingo, con la niña vestida con zapatos de charol, calcetines de ganchillo y la mirada eternamente triste.

Jugaban como los hermanos que ninguno de los dos tuvo.

Él la llevaba a los establos y le enseñaba los caballos.

Recogían flores silvestres y se las entregaban a José Ignacio, el padre de Juan, para que les enseñara a cuidarlas.

Cuando Carla volvía el siguiente domingo, el niño le decía que había cuidado de sus macetas, pero que las flores seguían siendo suyas.

Ella sonreía, pero solo con la boca. Sus ojos siempre estaban tristes.

Hasta que un día dejó de verlos, sin más explicación.

Sabía que Carla estudiaba en un internado desde muy pequeña, pero sus visitas dominicales cesaron de repente.

Oía a Victoria hablar con José Ignacio entre susurros y no se atrevía a preguntar.

Su padre le explicó que se había marchado a estudiar fuera.

Para él fue como si le arrancaran parte de su infancia, como si le obligaran a crecer de golpe.

Recordaba la solemnidad y la distancia de la abuela Fabiana, vestida de negro, sola en aquel palacio enorme sin más compa ñía que la de Juan y José Ignacio, recorriendo los pasillos como una sombra con el rictus imperturbable.

Era una mujer de pocas palabras que había sobrevivido a un marido infiel, enfermo y borracho, y cuya presencia se había quedado impregnada en las paredes.

Fabiana había tratado de darle a esa casa la vida y prosperidad que se merecía, de recuperar el esplendor y la nobleza de antaño.

Para ella, Elío siempre era lo primero. Las apariencias y el saber estar, lo segundo.

Fue José Ignacio quien la encontró desnucada en el suelo del baño.

Un resbalón absurdo se la había llevado por delante a una edad, eso sí, avanzada.

A partir de ahí, Juan y José Ignacio se hicieron cargo del palacio como si fuera suyo.

Fueron casi dos décadas en las que residieron allí solos, aunque Victoria los visitaba con frecuencia.

Con el tiempo, ella misma se estableció allí, junto con la sede de la fundación .

Padre e hijo tenían muchísimo trabajo cuidando de las plantas y de las entrañas del edificio.

Su casa estaba al otro lado de la carretera, detrás de la iglesia de San Andrés, aunque todo formaba parte del señorío de Elío .

En la iglesia estaba enterrada Fabiana, y allí habían sepultado también a la esposa de José Ignacio y madre de Juan.

Para el joven jardinero, aquella era la señal inequívoca de que, aunque separadas en linaje y fortuna, ambas familias se reconocían como una.

Victoria se instaló en el palacio en 2014.

Se acababa de separar de su marido y su hogar de niña pasó a ser su refugio.

Se convirtió en la nueva señora de Elío y encontró la paz y el caldo de cultivo perfectos para hacer crecer la fundación y vivir en armonía en lo que pronto descubriría que iban a ser sus últimos años.

En 2022 enterraron a José Ignacio en la cripta, junto a su mujer, a la par que a ella le detectaban su enfermedad.

Juan sintió el suelo abrirse bajo sus pies . Todo su mundo, su equilibrio, sus seres queridos, estaban descansando bajo tierra o sentenciados a ello en un breve lapso de tiempo.

Los últimos meses de Victoria fueron muy duros. La vio marchitarse como un clavel que se desprende poco a poco de sus pliegues, víctima de una plaga insalvable. Era exasperante tenerla al lado y no poder hacer nada, pero al menos se sintió útil permaneciendo a su lado.

La mujer abandonó definitivamente este mundo a comienzos de año, en una tarde de enero tan gélida como la roca que pasó a envolver su cuerpo. Victoria ahora descansaba en la cripta con Fabiana, y Carla había vuelto para convertirse en la nueva señora de Elío.

Juan terminó de remover el último tramo de tierra y se secó el sudor de la frente, satisfecho con el trabajo.

Recogió la azada y el resto de los enseres, los metió en la carretilla y se dirigió al invernadero.

La tierra, blanda, se hundía bajo las botas.

Al llegar colocó la herramienta en su sitio y cruzó las puertas del vivero.

La humedad y el calor del interior le hicieron romper a sudar de nuevo.

Tomó la manguera que colgaba de un soporte metálico en la pared y comenzó a rociar a destajo todas las flores.

Había dalias, peonías y hortensias de varios colores.

También algunos plantones que investigaban para averiguar cómo fortalecer las futuras reforestaciones.

La refracción de la luz que se filtraba por el techo del invernadero coloreaba un arcoíris en el aire.

Los tallos de las flores se agitaban al impacto de la lluvia artificial.

Cuando hubo terminado, se acercó a una esquina con macetas de gran tamaño.

Palpó la superficie del sustrato donde había crecido una planta con forma de roseta, hojas carnosas y una flor violácea en medio .

Con cuidado, extrajo la planta y su particular raíz, de forma hu manoide, y la observó desde varios ángulos.

Repitió la operación con otras dos plantas y sacó el manojo que había obtenido a una caseta contigua, fuera del invernadero.

El lugar tenía apenas tres metros cuadrados y estaba lleno de estanterías con botes de distintos tamaños y ganchos que permitían colgar y secar plantas en una oscuridad total.

Para acelerar el proceso, habían instalado deshumidificadores.

Enjuagó las raíces en un cubo de agua cercano y las secó con mimo con papel de cocina.

Colocó la nueva remesa en pequeños sacos de malla suspendidos de ganchos que colgaban del techo , y palpó otras raíces que había dejado allí semanas atrás para comprobar su estado.

Descubrió con satisfacción que se hallaban en su punto, las descolgó, las cortó en rodajas y las introdujo en un bote de cristal transparente.

Cerró la tapa con cuidado, lo cubrió con una tela y salió de la caseta con otro recipiente que había completado el proceso de secado.

Aquel era el empujón definitivo para que las sesiones de Carla tuvieran éxito.