El pacto de las sombras (Inspectora Julia Arrondo 3) Vitoria, junio de 2024
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Vitoria, junio de 2024

—Está entrando —anunció Xabi, preocupado , antes de colgar—. Voy a buscarla.

Jon dio una larga calada a un pitillo, pensativo, mientras observaba con detenimiento el solar a sus pies.

Estaba sentado en lo que quedaba del primer piso del edificio, con las piernas colgando.

Parte de la fachada se había venido abajo, y él parecía estar al borde de un acantilado, oyendo el rumor de unas olas que en realidad no eran más que restos de basura y cascotes movidos por el viento.

La luz crepuscular teñía de dorado las paredes cubiertas de grafitis, tratando de romantizar la decadencia de lo que un día fue un matadero y una fábrica de jamones.

Ahora una cadena de supermercados había comprado el complejo y el derribo de aquel lugar emblemático del úrbex alavés iba a comenzar esa misma semana.

—Puede subir ella. Sabe el camino de sobra —susurró Jon.

Lanzó la colilla incandescente sobre un montón de piedras varios metros abajo.

Xabi frunció el ceño, pero no dijo nada.

Se limitó a perderse por los pasillos, con los guijarros y restos de papeles crujiendo bajo su peso.

Jon continuó mirando la línea del hori zonte, con sus colores naranjas, rosados y morados y el baile del polvo en suspensión al ritmo del sonido del tráfico de la calle paralela.

A los pocos minutos, Amaia y su primo hicieron su aparición.

— Aupa —saludó ella , con la voz fina como un hilo.

Jon levantó un brazo a modo de saludo, sin ni siquiera girarse.

—El miércoles empiezan con el derribo —explicó Xabi , dejándose caer al lado de Jon—. Joder, es una pena . Con la de buenos momentos que nos ha dado este lugar —añadió, propinándole un codazo a su amigo, que seguía sin inmutarse.

Amaia se percató y dirigió una mirada interrogativa a su primo, que le respondió encogiendo los hombros .

Jon se sacó el segundo cigarro del bolsillo y se lo encendió en silencio. El chasquido de la piedra del mechero fue tan audible como un claxon en medio de un velorio.

—Amaia me contaba que la Foral los tuvo un buen rato en comisaría. Por lo visto, el dueño era un ricachón de Pamplona que tenía una salita de juegos sexuales en la buhardilla.

Jon dio una calada kilométrica y aguantó el aire en los pulmones , hasta que comenzó a expulsarlo lentamente por la nariz. Parecía un dragón conteniendo una bola de fuego.

—No puedo quitarme de la cabeza la imagen de aquel…

cuerpo… —confes ó ella, sentándose al lado de Xabi, formando una fila.

Observaban el infinito del ocaso a través de una pared fantasma—.

No puedo dormir. No dejo de pensar en esa visión, pero tampoco puedo parar de darle vueltas a por qué nos ha tenido que tocar a nosotros, por qué …

—Porque te juntas con quien no debes. Por eso —sentenció con rabia Jon, lanzando la nueva colilla al rojo vivo al descampado.

—Eh —cortó Xabi—, no te pases.

—¿Crees que andábamos buscando cadáveres? —replicó Amaia, boquiabierta—. ¿Que Ibai va colocando muertos por ahí para asustarnos?

—Creo que por vuestra metedura de pata ahora tendremos a la policía otra vez encima —le recrimin ó poniéndose de pie.

—¿Y qué problema hay? ¿Tienes algo que esconder? —le confrontó Amaia, situándose a pocos centímetros de él.

El otro dejó escapar una risotada sarcástica.

—Te lo has follado, ¿verdad?

El sonido de una bofetada cortó el aire. Amaia resoplaba con rabia y la mano caliente. Jon se palpó la cara, con sorpresa.

Xabi se puso en pie como un rayo junto a su prima. Ambos se midieron durante unos instantes. Jon se carcajeó como si fuera el único que hubiera pillado un mal chiste.

—Que os den —se despidió con una peineta.

Xabi y Amaia contuvieron la respiración hasta que oyeron la verja de la calle.

—¿Pero qué cojones le pasa? —preguntó ella, estallando en lágrimas.

Su primo la abrazó, descolocado. Jon era un buen amigo, pero desde lo de Izarra se comportaba de un modo extraño. Meditó un momento, envolviendo a Amaia con los brazos.

—Creo que le gustas. Nunca me lo ha dicho, pero se le nota. Y supongo que no le habrá hecho ni puta gracia que te líes con Ibai.

Ella lo observó.

—¿Cómo sabes que me he liado con él? —sonaba desafiante.

Xabi levantó una ceja, esta vez con una mueca divertida. Su prima le dio un empujón cariñoso.

—Vamos, anda —pidió—. No quiero estar aquí cuando caiga la noche.