El pacto de las sombras (Inspectora Julia Arrondo 3) Pamplona, junio de 2024
18%

Pamplona, junio de 2024

Las entrañas del Casco Viejo eran un batiburrillo de furgonetas de reparto, gente con mucha prisa y máquinas barredoras.

Había un goteo constante de personas con bolsas de la compra, currelas en busca del mejor menú del día y turistas desorientados.

El murmullo de la ciudad crecía como una ola y se mezclaba con el repique de las campanas, el zureo, los timbres de las bicis y el pi tido de los camiones de la basura.

Aitor saboreaba un café apoyado en la puerta de la librería mientras observaba el ir y venir de la gente.

Su nueva oficina era muy distinta a la anterior.

Llevaba más de un año sin trabajar y , para su sorpresa, estaba recibiendo la rutina como una bendición .

Los primeros días de vida del local estaban siendo un éxito.

Su ubicación, justo al lado de la plaza del Ayuntamiento, y la promoción que Leyre había lanzado estaban dando sus frutos.

Fue precisamente la pelirroja la que lo sacó de su ensimismamiento.

—¿Has comido ya? —preguntó a modo de saludo mientras frenaba su bici en la puerta del local.

Aitor asintió, descolocado. No la había visto llegar.

—Quiero dejar las cosas listas para esta tarde .

—¡Pero si abres dentro de dos horas! —protest ó.

—Yo ya estoy con el café —sonrió , alzando su vaso—, pero puedo acompañarte a por un pintxo , si quieres. ¡Eh! —vociferó de pronto mientras movía el brazo en dirección a un hombre en la acera de enfrente.

El agente Pablo Aguirre miró alrededor para tratar de localizar la fuente del grito.

—¡Aguirre! —grit ó Aitor, agitando la mano.

Él se percató de pronto y atravesó la calle. Aitor le dio un apretón cariñoso .

—¿Qué tal? ¿De visita por el barrio?

— Algo… algo así, sí —respondió, fijándose en Leyre.

—Esta es Leyre, la hermana de Mario. Vaya, creo que os conocéis de cuando…, de comisaría, cuando fuimos…

— Me acuerdo perfectamente —dijo ella, tendiéndole la mano—. ¿Cómo estás?

—Bien, bien… Me alegro de… veros —farfulló—. ¿ Y esto…? —señaló el escaparate.

—¿No te lo ha contado Julia? He abierto una librería —replicó, orgulloso —. Así que ya sabes, si tienes algún ejemplar por ahí olvidado, aquí podemos darle una segunda vida.

—Claro…, sí. Lo pensaré. Bueno, os tengo que dejar.

Aitor y Leyre lo observaron perderse por la calle contigua.

— Vaya pestazo —comentó la pelirroja, con un mohín.

—¿ Cómo?

—Olía a alcohol que tiraba para atrás — explicó, disgustada.

Aitor cabeceó, sorprendido.

—¿Pero no le has visto? Si arrastraba las palabras.

—Igual está de fiesta hoy, de vermut.

—Sí claro, será eso —ironizó ella—. ¿Vamos?

Aguirre llegó a la puerta de Ardandegi con el corazón a punto de salírsele del pecho.

Su inesperado encuentro con Aitor y Leyre le había dejado descolocado.

¿Habrían notado algo? Todavía sentía la garganta medio dormida y el sabor a pipermín.

Habían pasado un par de horas desde que había salido del VIP Lady’s , y él seguía con el subidón de coca y el regusto a traición.

Se sentía bien y mal a partes iguales, con los sentidos más vivos en teoría, como un traidor en la práctica.

Sabía que esto podía pasar. Que entraba en la boca del lobo.

Lo que no había planeado era meterse entre las piernas de la loba.

Tábatha había hecho cosas con él que Elisa no haría nunca.

Y eso era bueno, pero también malo. Ahora notaba su cuerpo ligero sobre el adoquín, pero con el alma pesando cuatro quintales.

La cara de Milagros al bajar al bar había sido críptica. No sabía si aquellos ojos le reprendían, le miraban con compasión o era su correspondiente paranoia .

La putada es que no le daba tiempo a sentirse ni bien ni mal. Tocaba ponerse a currar. Podría pasar por comisaría a darse una ducha y recomponerse si no quería llegar a casa con Elisa en aquel estado. Además, Beloki había convocado una puesta en común y sus compañeros le estarían esperando.

Caminó unos cuantos metros y vio a lo lejos el portal de Ardandegi. El local estaba disponible para que los socios organizaran comidas, cenas o actos culturales cualquier día de la semana, pero era una lotería saber cuándo podía haber alguien por allí.

Tuvo suerte.

La puerta estaba abierta y, en su interior, un joven manipulaba unas bolsas de basura, canturreando. Llevaba unos auriculares y no escuchó al agente entrar.

—¡Joder! —exclamó, asustado cuando Aguirre le dio unos toquecitos en el hombro—. ¡Está cerrado! ¿Qué quiere?

—Buenos… días —acertó a responder, con la respiración entrecortada. El susto había sido mutuo y morrocotudo—. ¿Es usted socio del local?

—Yo solo limpio.

—¿Y sabe dónde puedo encontrar…?

— ¿Qué pasa? —preguntó un señor que asomó al fondo —. ¿Le puedo ayudar en algo?

Se trataba de un tipo mayor, bajito, entrado en carnes y calvo, aunque aún conservaba algo de pelo castaño por la nuca y sobre las orejas. Parecía un fraile franciscano con flequillo rapado, solo que con traje y corbata.

—Soy el agente Pablo Aguirre, de la Policía Foral. ¿Es usted socio?

— Así es —respondió con un súbito tono de amabilidad . Se acercó a estrechar su mano—. Miguel Ángel López de Haro, para servirle. ¿Qué ocurre?

—Estamos… investigando un asunto . ¿Conoce a Rufino Moreno?

—Rufino, sí, una desgracia … Nos enteramos ayer. Hacía mucho tiempo que no venía por aquí.

Aguirre se fijó en que el chico de la limpieza se quitaba un auricular para seguir la conversación. A Miguel Ángel tampoco se le pasó por alto aquel detalle.

—Si quiere podemos hablar en mi despacho. Estaba con las cuentas del mes. Luis, ya es suficiente por hoy —se dirigió al muchacho para despedirlo—. Si es necesario , vuelve el lunes.

El chico salió a la calle mascullando algo y cerró con un portazo.

Aguirre siguió al hombre hacia el fondo del local, dejaron atrás una mesa larguísima con capacidad para al menos cuaren ta personas.

Al llegar, tras la barra de bar, una puerta ocultaba una pe queña oficina con una mesa, un par de estanterías y un ordenador.

—Siéntese, por favor —pidió Miguel Ángel, mientras hacía lo propio—. ¿En qué puedo ayudarlo?

—Sabemos que Rufino era socio y quería conocer un poco su entorno. ¿Era usted amigo? ¿Tenía algún tipo de relación con él?

—Su amigo y notario —suspiró—. Nos conocíamos desde hace muchos años, sí.

Aguirre sacó un bloc de notas de la parte trasera del pantalón.

Estaba arrugado y tenía una mancha de algún tipo de licor oscuro que se había extendido por casi todo el papel.

Arrancó tres o cuatro hojas para limpiarlo e hizo una bolita que dejó sobre la mesa, carraspeando. Hizo un par de anotaciones.

—Así que… notario. Bien. Imagino que Rufino tendría algún tipo de testamento.

—Oh, sabe que no estoy autorizado para darle ese tipo de información sin la autorización de un juez —contestó, con una amplia sonrisa.

—Sí, lo sé. Pero me preguntaba si mientras llega la autorización podría hacernos la vida un poco más sencilla .

—Lo siento, no estoy capacitado. Espero que lo comprenda .

—Comprendo, sí —carraspeó, de nuevo.

—¿Puedo ofrecerle algo de beber? ¿Agua? ¿Una cerveza?

—Agua est á bien, gracias.

Miguel Ángel se levantó y se dirigió a la barra.

Aguirre aprovechó para echar una ojeada rápida a las fotos de la pared.

Reconoció a Rufino en varias. En una, posaban todos los socios en la puerta del local.

Se fijó en varias personalidades de Pamplona, empresarios y algunos políticos.

Sacó una foto con el móvil y se lo guardó rápidamente en el bolsillo.

Volvió a su sitio justo cuando el notario entraba con un par de vasos de agua.

—Aquí tiene.

—Gracias. —Le dio un gran sorbo y sintió como los últimos restos de farlopa se disolvían en algún punto de su garganta . Carraspeó de nuevo, para pasar el trago—. Decía que, además de notario, era amigo de Rufino.

—Sí, nuestras hijas estudiaron juntas.

—¿Solía verlo a menudo?

— Cenamos una vez al mes. Es verdad que llevaba tiempo sin venir, pero la mayoría de la gente a veces no acude por viajes u otros compromisos. No le di más importancia.

—¿Tenía alguna amistad en particular con alguien?

El hombre negó ostensiblemente.

—¿Y enemistad?

— Oiga, aquí todo el mundo se lleva bien. Lo que cada uno tenga fuera no es de nuestra incumbencia. Nos juntamos para comer, cenar y echar alguna timba de vez en cuando.

—Ya. ¿Le importa cederme el listado de socios?

—Claro que no —dijo entre dientes mientras se giraba para buscar en un archivador. Hojeó algunos folios y sacó de una envoltura de plástico un listado para apuntar bebidas—. Aquí vienen todos.

—Perfecto, gracias. ¿Puedo quedarme con su contacto? Es posible que le llamemos pronto . Ya sabe, para revisar papeles de Rufino y comprobar que todo está en orden.

Miguel Ángel buscó en el bolsillo de su camisa y le tendió una tarjeta de visita sin mediar palabra.

—Muy bien. Yo ya me marcho. —Aguirre estrechó su man o—. Gracias por su colaboración.

—No hay de qué.

El notario le acompañó hasta la puerta bromeando sobre alguna de las fotos que colgaban en las paredes con personalidades de la esfera pamplonesa. Futbolistas, actores, un famoso dibujante… Todo el mundo parecía haber visitado aquella sociedad exclusiva en alguna ocasión.

Cuando Aguirre cerró la puerta tras de sí, Miguel Ángel esperó un par de minutos y marcó un número.

—La policía acaba de pasar por aquí. ¿Qué hacemos?