El pacto de las sombras (Inspectora Julia Arrondo 3) Señorío de Elío, junio de 2024
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Señorío de Elío, junio de 2024

Aquella parte del palacete desprendía un olor especial.

La mezcla de humedad, polvo y telarañas transformaba la atmósfera en algo pesado y oscuro que se escurría por las fosas nasales y se estancaba en los pulmones.

Allí el silencio solo era desafiado por el crujido de la madera del suelo, tan antigua como la historia que habían visto pasar aquellos muros.

Carla acariciaba las capas de papel pintado de distintas épocas como si pudiera comunicarse con ellas.

Había retazos que mostraban los frescos originales sobre la piedra, otros permitían entrever el estampado de hacía más de cinco décadas, o el del siglo anterior.

Las edades del edificio estaban grabadas en su piel pétrea, dejando a la vista la impronta de cada generación, callando todo aquello de lo que se iban impregnando a lo largo de los años.

Allí siempre hacía frío. El corredor, con forma de corrala cubierta y vistas al patio interior, tenía varias ventanas desconchadas y sin cristales. El aire se colaba a través de esas grietas con un silbido agudo y levantaba remolinos de polvo que se movían a toda velocidad por el suelo.

Ese era uno de los motivos por los que Carla había decidido instalarse justo en el lado opuesto del edificio, donde hasta hacía poco vivía su madre. Eso, y que la energía que transitaba por aquel lugar le ponía los pelos de punta.

Carla.

Se giró, de súbito, buscando con la mirada.

Junto con su nombre, había escuchado una especie de golpe seco.

La lámpara de aceite que colgaba del techo agitaba sus flecos de color burdeos con un ligero vaivén.

Se encontraba en lo que un día fue un salón de té, un sitio para recibir invitados que todavía conservaba un sofá victoriano de varias plazas y una pequeña mesita de metal.

La bañera antigua de acero, a un lado de la habitación, desentonaba con el resto de la estancia.

Había ido a parar ahí de mane ra transitoria cuando contrataron un servicio de limpieza para tratar de adecentar el cuarto de baño.

A los operarios les bastó un par de horas para negarse a volver, y abandonaron la tina a su suerte en medio de la estancia.

Carla sintió una corriente de aire frío en la nuca. Los dedos de sus manos se agarrotaron como sarmientos. Un nuevo golpe retumbó en la pared, esta vez más fuerte que el anterior.

Carla, ven.

Cerró los ojos. No había duda. Era su voz.

Casi podía sentir su aliento avinagrado cerca de la oreja.

Salió al pasillo. Caminaba lentamente en dirección al ruido. Los golpes iban aumentando en volumen y cadencia.

Pum, pum.

Era un sonido similar al de una enorme roca resquebrajándose. Provenía del baño. Era la parte más antigua de la casa, la que llevaba décadas vacía.

Pum, pum, pum.

Nadie había vuelto a vivir allí desde que su abuela muriera. Ni siquiera su madre, que había pasado en el palacio sus últimos años tras separarse de su padre, había sido capaz de transitar aquella zona de la casa. Pero Carla se había propuesto recuperar ese espacio y hacerlo suyo.

Aunque el peaje fuera enfrentarse a su pasado.

Carla.

Pum, pum, pum.

Los golpes aumentaron su ritmo. Parecían resquebrajar la puerta de madera a cada impacto.

Venía del baño, sí. No había duda.

Avanzaba pasito a pasito, como si temiera despertar a alguien.

El suelo rechinaba bajo sus pies. Cuando se situó delante de la puerta del aseo, tenía el corazón en la boca.

Acercó la mano a la manilla y los impactos comenzaron a sonar justo al otro lado, con más fuerza todavía, moviendo la hoja con violencia.

Sácame de aquí.

Carla dio un paso atrás, asustada.

Sácame de aquí.

—No puedo. Yo…

Una mano helada le tocó en el hombro. Ella dio un respingo. Era Juan.

—No quería asustarte. Lo siento —se disculpó.

—Tranquilo —asintió, pálida.

Él se fijó en sus manos, agarrotadas, y en la puerta, algo ajada. A veces se atascaba y era imposible abrirla desde fuera.

—He pensado hacer la sesión en el salón de té de aquí al lado —sugirió él.

Ella asintió, pálida.

—¿Estás bien?

—Sí, solo estoy un poco cansada —forzó una sonrisa.

Juan se permitió el atrevimiento de apretarle el hombro con cariño.

—La fiesta será en el patio. Ya he colocado las primeras flores.

—Gracias.

—Ha llamado Jesús María Ochoa, el director de Organización del Territorio.

Ha pedido una invitación para acudir con dos personas de su gabinete.

Quieren apoyar la fundación. Va a venir mucha gente del pueblo también.

Hay varios empresarios locales interesados en financiar los próximos proyectos de reforestación.

Y después de la presentación y el cóctel, nos quedaremos solo con los invitados especiales para la sesión.

Ya tenemos varias peticiones. Un periodista ha corrido la voz entre algunos compañeros y parece que ha suscitado bastante interés.

Carla sintió de nuevo el frío.

La puerta comenzó a moverse con una vibración casi imperceptible.

— ¿Hola? —oyeron gritar desde el patio—. ¿Hay alguien?

Juan se asomó a la corrala y vio a un joven agente de la Policía Foral.

Lanzó una mirada interrogante a Carla, que pareció despertar de un sueño.

—¡ Sí, aquí! Ahora mismo bajamos —resolvió ella, saludando.

Ozcoidi les devolvió una sonrisa. Le pareció oír las entrañas del edificio crujir con los pasos de ambos recorriendo el pasillo superior y las escaleras que conducían al patio.

—Buenos días —saludó, tendiéndoles la mano—. Soy el agente Víctor Ozcoidi. Supongo que me recuerda de comisaría.

—S í, me acuerdo —respondió Carla, estrechándola con fuerza—. Este es Juan Ibarra. Trabaja en Elío de toda la vida . Es como de la familia.

Juan se sonrojó.

— Encantado.

—Vaya, esto está a rebosar. Son muy bonitas —señaló las flores del patio.

—Tenemos un vivero y un centro de investigación.

El agente frunció el ceño, sin comprender.

—El palacio en el que nos encontramos es la sede de una fundación para la reforestación —explicó Carla.

—Es cierto, lo mencionó en comisaría. ¿Y producen aquí mismo todo lo que siembran? — se interesó Ozcoidi.

—No sería posible, son decenas de miles de árboles al año —sonrió Carla—. Tenemos proveedores asociados que se encargan de generar los plantones. Desde aquí gestionamos la coordinación con ayuntamientos, empresas, ayudas gubernamentales, etc . Es mucho trabajo.

—Ya veo —comentó, admirado—. Es un sitio precioso.

—Gracias. ¿Le apetece verlo?

—Me encantaría. Pero antes tengo que hacerle un par de preguntas. Siento volver a molestarla, pero es el único pariente directo de Rufino que conocemos y nos sería de gran ayuda cualquier tipo de información que pudiera aportar.

—Claro…, lo que haga falta.

—Hemos visto que su padre era propietario de una fábrica de colchones que al parecer ardió en 2014.

—Eso creo.

Ozcoidi se extrañó con la respuesta.

—¿Qué ocurrió?

Carla frunció el ceño.

—Voy al invernadero. Si me necesitan, estaré por allí —se disculpó Juan.

Ella le hizo un gesto de agradecimiento.

—Se ocupa de labores de jardinería y mantenimiento, pero para mí es como un hermano — dijo sacudiendo la cabeza, cuando el hombre se hubo alejado. Tomó aire un momento—. Y sabe perfectamente lo que me cuesta hablar de todo esto.

—¿A qué se refiere ?

—Mi padre llevaba mucho tiempo alejado de todo, agente .

Nunca tuvo buena mano con los negocios. No sé en qué tipo de chanchullos andaba metido, tampoco quiero saberlo.

He pasado los últimos veinticinco años al margen de esto — abrió los brazos—.

Solo sé que en los últimos tiempos mi padre vivía de la paga que le pasaba mi madre.

—Vaya, lo siento mucho.

Ella hizo un gesto de desdén con la mano.

—Me resulta dif ícil hablar de él porque, en cierto sentido, es casi un desconocido. La mitad de mi infancia, mi adolescencia y mi vida adulta las he pasado fuera.

—Entiendo. No se preocupe, no le molestaré mucho más. ¿Sabe usted si su padre vivía solo?

—No tengo ni la más remota idea.

—Bien. —Sacó el móvil del bolsillo y buscó algo—. Solo una cosa más: ¿puede decirnos quiénes son las chicas de la foto?

Carla amplió la imagen.

—La de la izquierda soy yo, y las otras son amigas de la infancia.

—¿Recuerda los nombres ?

—Claro. Esta de aquí es Beatriz Castañeda, y esta otra, Lucía, Lucía Benítez.

—¿La actriz? —comentó , sorprendido.

Ella asintió.

Una furgoneta tocó el claxon un par de veces desde el exterior y un operario entró al patio con un cigarro colgando de la boca, tratando de descifrar un albarán.

—¿Carla Moreno? —gritó al aire.

—Dígame. —Se acercó con un gesto elegante.

—Le traigo los altavoces y los micrófonos. Firme aquí. ¿Dónde se lo dejo?

—Déjelo por aquí y ahora lo colocamos. Muchas gracias.

Volvió de nuevo al lado de Ozcoidi y se disculpó.

—¿Están de celebración? —preguntó el agente.

—Vamos a dar una pequeña fiesta para dar a conocer la fundación este fin de semana. Si quieren, están invitados.

—Lo pensaré . Gracias por atendernos.

—No hay de qué.

Un viento helado, ajeno a aquella época del año, rozó la nuca del joven agente mientras abandonaba el patio centenario. Antes de salir, Ozcoidi habría jurado que Carla también se estremecía .