Pamplona, junio de 2024
El sol estaba en su cénit cuando el agente Pablo Aguirre llegó al aparcamiento del burdel.
La puerta de entrada estaba protegida de los ojos de los curiosos por una valla cubierta de vegetación de plástico.
Era uno de los mayores alicientes de aquel club de alterne a las afueras de Pamplona: no había que tener excesivo cuidado para mantener la privacidad.
Aguirre tomó aire y observó los coches. Para ser un jueves a mediodía, la afluencia de público era considerable.
No tuvo que preguntarse qué hacía esa gente allí. Conocía muy bien la sensación. Los motivos. O la ausencia de ellos.
Salió del coche con el sol cayendo a plomo y se pegó una pequeña carrera hasta la pesada puerta metálica que daba acceso al puticlub. Sin pensarlo dos veces , la empujó y la luz invadió el interior con un chirrido.
La claridad de fuera contrastaba con las luces azules de neón, que era lo único que hacía que el local estuviera en parte iluminado.
Una barra de bar con forma de medialuna se extendía por la parte derecha.
Justo al final, unos pilotos rojos y amarillos parpadeaban acompañados por un sonido cantarín y estridente.
Era el lugar de la máquina tragaperras. En la parte izquierda había algunas mesas con sillones de respaldos rojos acolchados anclados a la pared que actuaban a modo de pequeños reserva dos.
Aguirre percibió el movimiento rápido de unas sombras en varios de ellos.
La costumbre era guarecerse con cada nueva visita, por si las moscas.
—Hombre, Pablito, cuánto tiempo —saludó una mujer de mediana edad, pelo revuelto y entrada en carnes. Estaba dentro de la barra, fumando con desgana.
—Buenas, Milagros .
—Pero cierra la puerta, coño, que me vas a dejar ciega —refunfuñó llevándose la mano a la frente a modo de visera.
Aguirre soltó la pesada puerta , que se cerró con una lentitud pasmosa. El interior volvió a quedar a oscuras y tuvo que esperar un par de segundos a que sus ojos se acostumbraran a la penumbra.
La mujer le hizo gestos para que se acercara mientras daba pequeños sorbitos a un vaso de tubo. Concentrada, tomaba anotaciones en un cuaderno.
—¿Qué te trae por aquí? ¿Ocio o…?
—Trabajo, Mila, trabajo —resopló, sentándose en un taburete.
—Bueno, yo qué sé. Que todo se puede compaginar. Tenemos una chica nueva monísima. Limpia , simpática, la piel canela, un culo para partir nueces…
—Busco información —la cortó—. Hemos encontrado la tarjeta del local en casa de un… De algo que estamos investigando. Así que ya sabes, lo primero: ni mu sobre nada de lo que te voy a preguntar.
La mujer dio una larga calada al cigarro.
—¿Conoces a Rufino Moreno?
—Ay, Rufino. Cómo no. Cliente de los de toda la vida. Antes venía mucho, pero hace tiempo que no le veo. No es muy buen pagador, le hemos fiado varias veces. Pero solo porque es él.
Aguirre frunció el ceño.
—¿A qué te refieres?
—Ya sabes, un poco casta, amigos donde hay que tenerlos. De alta cuna, de baja cama, que cantaba Cecilia.
—¿Negocios?
—Creo que se le quemó una fábrica de colchones. Ahora mismo no sé de qué tira, pero anda siempre justo de pasta.
—¿Nada más?
—Bueno, se porta bien con las chicas, eso sí. Últimamente nos pide sobre todo servicio a domicilio. Está desde los tiempos del Lady’s a secas. ¿Te acuerdas?
Aguirre se rascó la nuca, incómodo.
—Cuéntame del servicio a domicilio.
—¿Qué quieres que te cuente? ¿Te hago un dibujo?
—Joder, Mila, qué borde eres.
—A ver, pues lo normal. Es verdad que las chicas cuentan que tiene una especie de cuarto de juegos en la buhardilla. Algo oscurete, dicen. Al tío le va la marcha. Pero nunca hemos tenido ningún problema. Cobramos algo más por el servicio especial, así que todos contentos.
—¿Puedo hablar con alguna de las que haya estado con él últimamente ?
—La única que hace ese tipo de servicio es Tábatha y está ocupada arriba. Tendrás que esperar. El resto no entra hasta dentro de un rato. Anaïs está ahí en el sofá, pero no me suena que haya ido con Rufino nunca.
Él se giró hacia las mesas de la pared. Distinguió a una chica de piel azabache con un vestido blanco de licra cortísimo. Hablaba con un hombre que llevaba una melopea considerable. Sintió una oleada de asco y culpa.
—Me espero.
—¿Te pongo algo mientras?
—No.
—Marchando una de anís con hielo.
Aguirre le hizo un gesto para frenarla, pero ella ya se había ido al otro extremo a por la botella. Sirvió un trago generoso en un vaso ancho y volvió contoneándose como si nada.
—Invito yo —dijo, extendi éndole la copa.
—Qué pesada te pones.
El agente se detuvo un momento, pensativo, jugando con el vaso.
Hacía tiempo que no bebía antes del mediodía. De hecho , el próximo octubre celebraría su quinto aniversario alejado de la mala vida.
Su particular descenso a los infiernos había comenzado de muy joven.
Nunca le gustó estudiar, ni se le daba bien, pero sabía que tenía un pico de oro.
Pensó en trabajar de comercial para una gran empresa de suministros para la construcción, pero un colega comenzó las oposiciones a bombero y le picó el gusanillo.
La nueva convocatoria tardaría tiempo en llegar, pero entonces anun ciaron las oposiciones de Policía Foral.
El sueldo era decente y físicamente se veía capaz, así que decidió apuntarse.
Aprobó a la primera y se sintió el chaval con más suerte del mundo, pero la vida tenía otros planes.
En cuestión de meses, su madre sufrió un ictus y a su padre le diagnosticaron un alzhéimer precoz.
Aguirre no tuvo más remedio que pedir una baja por cuidados.
A él, que nunca había tenido responsabilidades ni preocupaciones en exceso, de repente le tocaba cuidar a sus padres, ambos aún jóvenes, pero con un pronóstico muy jodido.
La respuesta fue tan poco original como efectiva .
Convirtió el alcohol en una piscina en la que sumergirse , en un tanque de privación sensorial que hacía todo mucho más soportable.
Sin más tiempo que el necesario para atender a sus progenitores, socializar o encontrar pareja tampoco entraban en la ecuación.
Era imposible. Buscó alivio en bares de carretera y burdeles.
Momentos esporádicos de liberación física, muy lejos de aligerar la carga mental.
Fue ahí donde conoció a Milagros , que lo acogió como si fuera su propio hijo.
Fueron años de consumo sin consciencia. Su salud se fue degradando a la par que lo hacía la de sus padres. Solicitó la reincorporación al cuerpo con una jornada reducida, pero le dieron un toque de atención y lo sancionaron cuando estampó uno de los coches patrulla contra una mediana.
Aguirre volvió a dedicar su cuerpo a la bebida, a sus padres y a los burdeles a partes iguales, hasta que su madre falleció y, poco después, la siguió su padre.
Fue tan horrible perderlos como saberse aliviado por ello.
Se sentía una mierda, pero ya tenía la llave para dejar de sentir.
En el peor de los momentos, cuando más asco se daba a sí mismo, apareció Elisa.
La conoció en la boda de un primo. Fue ella quien se le acercó y decidió llenarse de barro hasta las rodillas para salvar lo que quedaba de él.
Aguirre se dejó hacer durante años. Nunca le había agradecido a su mujer haberle elegido entre toda la mugre que lo rodeaba, haber sido consciente de su situación y, aun así , querer quedarse.
Ella lo salvó, sí. Pero solo él podía salvarse de sí mismo.
Su pulso autodestructivo no había desaparecido .
Su naturaleza tendía al caos, y, después de tantos años , en aquel preciso instante, Aguirre tenía una única pregunta en la cabeza.
Una muy simple.
—¿Seco o dulce ?
—Dulce, a ver si se te quita la cara esa de pasa que me traes —sentenció Mila, añadiendo un poco más de anís al vaso.
Aguirre agarró el vaso con fuerza, como si quisiera hacerse un último alegato. Aquello no era una buena idea. Claro que tomaba alguna cerveza de vez en cuando, pero esto era radicalmente distinto. Si entrecerraba los ojos, podía distinguir la puerta del abismo en el fondo de la copa.
Y, aun así, le dio un trago.
Sintió el calor recorrer como un fogonazo su garganta, calentar su estómago en una caída libre sin red.
Y aquello activó endorfinas que creía dormidas. Viejos placeres malditos.
Bebió cada uno de los sorbos con deleite, lamiéndose los labios sin prisa, hasta que el fondo del vaso ya no mostraba ninguna puerta, sino el reflejo de sí mismo.
—Ponme otra —exigió, con voz ronca .
Milagros sonrió, estrechando los ojos, como si reconociera a un viejo amigo.
—Marchando —resolvió, con picardía.
—Oye , Mila, pásame ese cuaderno que tienes.
—¿Qué cuaderno ? —preguntó ella, empujándolo bajo la barra.
—El que estás escondiendo ahora mismo. No te vengas con jueguecitos, que nos conocemos.
—Son las cuentas. No tiene interés .
—Pues para no ser interesante, acaba de captar toda mi atención.
La mujer lo observó un momento, con el ceño fruncido. Tomó el bloc de notas de mala gana y se lo lanzó.
—Lo que usted diga —soltó, con retintín.
—¿Ves? No hay tanto problema —bromeó, distraído, mientras pasaba las hojas con desdén. Atravesaba una infinidad de nombres exóticos, precios y días de la semana—. Vaya, la tal Tábatha está muy solicitada, ¿eh?
—Es buena —se limitó a responder, molesta, mientras secaba unos vasos.
Unas hojas de periódico cayeron de la libreta sobre la barra.
—¿Qué pasa, también te gusta el cine? —rio mostrándole el recorte de una noticia —. ¿Eres fan de Lucía Benítez?
Mila pareció sonrojarse.
—Ya ves, chico, algo hay que hacer con el poco tiempo que a una le queda libre.
Aguirre la miró fijamente mientras sostenía el recorte con una mano y el vaso con otra.
—¡Ya puedes apuntar este por dos, pedazo de puta! ¡Cómo le cantaba el hocico! — gritó una mujer malhumorada que bajaba por las escaleras con los tacones en la mano y mascando chicle.
—Ah í tienes a Tábatha —sonrió Milagros—. ¡Ven aquí, anda ! Que te voy a presentar a un amigo.
Tábatha puso los ojos en blanco deseando tener un respiro. Era de lejos la chica más solicitada del VIP Lady’s.
—Hola, guapo —saludó cuando se sentó en la barra al lado de Aguirre—. Ahora mismo no tengo el chichi para farolillos, pero por ti podría hacer una excepción —añadió, dejando caer la mano de forma lánguida sobre el paquete del agente.
—Es madero —explicó Mila, dejando escapar una risita.
Tábatha retiró la mano como si fuera una sartén caliente y mostró su mejor sonrisa mientras se acomodaba en el taburete.
Lo cierto es que tenía una gran dentadura, a pesar de que no conservaba ni una de las piezas originales.
Tenía el pelo ondulado y oscuro, amarrado en un moño con bastante clase, y vestía un conjunto naranja que brillaba bajo las luces de neón como un cono de tráfico.
Tendría entre treinta y cinco y cuarenta años, pero parecía haber vivido mil vidas.
— Podrías avisar cuando tengamos invitados especiales —bufó a su compañera—. Ponme un pipermín, anda, a ver si se me va el regusto a mierda que tenía ese tío.
—Así que Tábatha, ¿eh? —preguntó Aguirre, girándose hacia ella, con una sonrisa socarrona.
—Si les digo que me llamo Teresa, la mitad me vienen con la cantinela católica. Y ya tenemos suficiente con un cura que viene a visitarnos de vez en cuando.
—¿A dar misa?
—Sí, misa de doce, no te jode —respondió, estallando en risas—. Para ser madero, tienes mucha gracia.
—Y tú para ser puta tienes poca calle .
—La suficiente —sentenció, apurando el chupito de pipermín de un trago. Se limpió la boca con el brazo y se quedó un momento mirando al infinito.
—Quería preguntarte por un cliente, Rufino Moreno.
—Ay, Rufino, es un amor. ¿Qué ha hecho?
Aguirre meditó su respuesta .
—Está muerto —soltó a bocajarro.
La mujer se llevó las manos a la boca.
—¿Qué… qué le ha pasado?
—Eso nos gustaría saber. No puedo darte detalles, pero Mila me ha dicho que tú solías ir a su casa. Servicio a domicilio, ¿no?
Tábatha asintió lentamente.
—Pero… eso… no es delito, ¿no ?
—No, salvo que tú lo hayas matado.
— ¡Yo no he matado a nadie! —gritó enfadada—. ¿ Por quién me tomas?
—Eh, cálmate.
La mujer se cruzó de brazos, molesta.
—¿Cuándo fue la última vez que viste a Rufino?
—Hace meses que no le veo. Por lo menos, desde Navidad.
—¿Cómo estás tan segura?
—Porque había un árbol con luces en la buhardilla. Me pareció tan ridículo como tierno.
—La buhardilla. La mazmorra, dices.
—No es una mazmorra . No tienes ni idea, chaval.
—Modera tu lenguaje, guapa . Estás hablando con la autoridad.
Tábatha se incorporó y se acercó a Aguirre hasta poner la cara a apenas unos centímetros de la nariz del agente.
—¿Ah, sí? ¿Me vas a castigar? ¿Me vas a llevar presa? —dijo asestándole un inesperado lametón en la mejilla.
Aguirre notó de pronto arder la entrepierna, que comenzó a palpitar , desbocada. Por puro instinto, agarró por la muñeca a la mujer para apartarla.
—Cuidadito. No te pases de lista —susurró empujándola suavemente hacia su taburete.
Tábatha lo observó con ojos felinos. Supo que había tocado un botón que , una vez encendido, era difícil de apagar.
Aguirre tomó el segundo vaso que Mila le había preparado y se lo terminó de un trago.
—¿Ibas sola a visitar a Rufino? ¿Acompañada?
—Sola, siempre solita —contestó Tábatha, melosa.
—¿Alguna vez se propasó contigo? ¿Te hizo daño ?
—Uy, «propasarse». No había oído esa palabra nunca. Pero no, Rufino no tenía ni media hostia. Era algo viciosillo, pero solo eso. Nunca se pasó de la raya. Al contrario, era él el que pedía… más.
Aguirre enarcó una ceja.
—Él era el sumiso —explicó la prostituta, como si se lo estuviera aclarando a un niño de dos años.
—¿Conoces a alguien que quisiera hacerle daño?
—Yo le hacía daño. Pero le gustaba —se carcajeó. Aquello parecía divertirle.
—¿Amigos?
— No tenía muchos, el pobre. O al menos eso decía cuando se ponía llorón. Solo algunos de la pandilla de viejos chochos de la sociedad esa. Pero, joder, que yo no soy su mejor amiga. No puedo decirte más.
Él la escudriñó durante un momento.
—Muy bien. —Se levantó. Se aproximó a ella y la tomó por la cintura—. Ahora ven conmigo, que te voy a dar tu merecido —le susurró al oído.
Ella se zafó con suavidad, juguetona, mientras comenzaban a subir las escaleras hacia el piso superior.
Mila resopló, guardando el recorte de periódico de nuevo entre las páginas del cuaderno. Vio a Aguirre perderse en la oscuridad del rellano y se preguntó si, al bajar, sería la misma persona.