Pamplona, junio de 2024
El subinspector Mikel Beloki atravesó el aparcamiento del Hos pital Universitario. Las plantas superiores se asomaban entre los árboles. Sabía que tenía que dirigirse al pabellón F, pero era el único que no estaba señalizado.
«No me extraña que lo escondan», pensó.
La mañana anunciaba un día pegajoso desde primera hora.
Pasaban unos pocos minutos de las siete y ya no quedaba ni un atisbo del frescor nocturno.
El sonido de las chicharras era tan inusual como molesto.
Beloki apretó el paso buscando la ubi cación exacta en Google Maps.
Pasó cerca de la capilla neorrománica del hospital y pensó en la discordancia de aquella pequeña joya escondida entre construcciones rectas y de estética tan gris como funcional.
Las paredes de piedra marrón de la iglesia, impregnadas por el tiempo, la humedad y la lluvia , o sus enormes rosetones, recordaban que allí la distancia entre lo humano y lo divino era todavía más corta.
Mikel por fin llegó al Instituto de Medicina Legal. Era un sitio pequeño y discreto. Sintió su pulso acelerarse.
En ocasiones normales, Julia era la que se encargaba de asistir a las autopsias. En su ausencia, él iba a sustituirla por primera vez. Estaba más que acostumbrado a ver cadáveres , pero estar presente en el proceso de abrirlos y examinarlos era algo que se le antojaba grotesco.
Saludó a la mujer de recepción, que lo acompañó hacia donde esperaba el resto del equipo. Por el camino, le contaba animadamente que aquella era de las pocas salas de autopsias con luz natural que quedaban en España.
Beloki se cubrió con la bata, los guantes y las protecciones necesarias en un vestuario adyacente.
Oía a Crispín detrás de la puerta metálica , charlaba con el forense, incluso bromeaba acerca de algo que había visto en un reality la noche anterior.
Cuando estuvo listo, tomó aire detrás de la mascarilla.
«Vamos, Mikel , hostia», se dijo a sí mismo.
Al entrar, se encontró con Ricardo, el forense, su ayudante Raquel y Crispín, equipados como si fueran a examinar la cara oculta de la luna.
—Buenos días, subinspector —saludó Ricardo—. Llega justo a tiempo. Vamos a trasladarlo al escáner.
— Buenos días —respondió Beloki echando una ojeada rápida, sin localizar el cuerpo sobre la cama metálica— ¿Al escáner?
—Con el cuerpo en este estado no hay fluidos para muestras y las vísceras están inservibles. Vamos a ver si los huesos nos cuentan algo.
La comitiva lunar recorrió el pasillo del sótano.
Beloki quedó impactado por el cliché de su aspecto.
Los muros, de un material arenoso que escupía la pintura blanca, estaban medio deshechos en algunas partes.
Autopistas de tuberías oxidadas a la vista cruzaban las paredes y el techo, cuya altura se elevaba tan solo un par de metros, lo que disparaba la sensación de claustrofobia.
La luz era blanca y fría y apenas iluminaba el mobiliario de pasillo: una fila de arcones congeladores y un túmulo.
Una sucesión de puertas metálicas custodiaban el paso a salas de distinto uso.
Raquel se detuvo en una donde rezaba una señal de peligro.
—Un momento.
Beloki prefirió mirar hacia el suelo de baldosa gris mientras la auxiliar abría la cámara frigorífica.
El frío que emergió le azotó en la cara de súbito, pero del olor no pudo zafarse.
Era una mezcla de desinfectante con otra cosa .
Le recordó al ambiente que se respiraba en algunas residencias de ancianos, donde el aroma a limpio y a muerte se entrelazan.
En el impás, a través de la puerta entreabierta, distinguió algunas camillas metálicas con varios sacos negros. La mujer manipuló con pericia una de las bolsas y la colocó sobre una plancha con ruedas.
—Marchando.
Caminaban en silencio por el pasillo de aquel laberinto subterráneo. Beloki iba un metro por detrás. Al doblar la esquina, vislumbraron un fondo blanco muy iluminado.
—Es el edificio de urgencias —explicó el forense—. Estamos atravesando la calle bajo tierra. Estos pasillos son de gran utilidad si no quieres dar ningún susto a los vivos —bromeó.
Llegaron donde la luz era uniforme, los azulejos claros y todo tenía un aspecto mucho más amable. No es que hubiera gran trasiego en aquella parte del hospital a esas horas, pero toda precaución era poca.
El equipo avanzó hasta llegar a la sala del escáner.
Dos enfermeras abandonaron su puesto discretamente por protocolo.
Nadie podía estar allí para evitar la manipulación de pruebas.
Beloki y Crispín se quedaron al otro lado del cristal mientras Ricardo y Raquel preparaban la maquinaria .
La cremallera se abrió y los restos mortales de Rufino Moreno vieron la luz de nuevo.
Era una momia de color oscuro. Algunas partes del cuerpo habían perdido toda su masa y dejaban el hueso al descubierto.
El forense y su ayudante prepararon el escáner y volvieron detrás del cristal .
Al activarlo, la camilla con el cadáver comenzó a moverse lentamen te atravesando el anillo y la imagen del interior de Rufino empezó a dibujarse en la pantalla del ordenador.
En apenas un par de minutos obtuvieron una recreación tridimensional del cuerpo que el forense se puso a comentar ahí mismo entre susurros.
—Esas manchas oscuras que se ven ahí son los órganos.
Después de tanto tiempo la mayoría estarán licuados, inservibles para la investigación.
No se aprecian fracturas de magnitud en el cráneo ni en los huesos, al menos no en este primer vistazo.
Así que podríamos descartar un traumatismo como principal causa de la muerte —murmuró, casi para sí—.
Tampoco se ven heridas por arma de fuego.
Tendremos que revisar la imagen a conciencia, pero una posible hipótesis es que dada su edad falleciera de un infarto repentino o provocado por una situación de estrés —añadió , señalando con un boli las bridas que aún llevaba puestas en las muñecas—.
El resto ha sido el resultado de la putrefacción del cuerpo y de la fauna cadavérica.
Lamentablemente, no vamos a poder recoger muestras de sangre u otros fluidos.
Solo nos que da abrir para ver qué nos encontramos.
—Gracias, Ricardo —dijo Crispín, con un cierto tono de admiración.
—Si nos acompañan de vuelta a la sala de autopsias —pidió el forense—, creo que hoy terminaremos rápido.
Volvieron a colocar el cadáver de Rufino sobre la camilla. El equipo deshizo el camino en dirección a la morgue. Cambiaron guantes y protecciones de nuevo, y colocaron el cuerpo sobre la camilla esterilizada de la sala de autopsias.
Raquel acercó la lámpara de brazo articulado .
Tomó fotos desde varios ángulos y comenzó a retirar la ropa con delicadeza.
El delantal de flores rosas que todavía llevaba puesto le restaba la poca dignidad que le quedaba .
Los pliegues del jersey marrón estaban repletos de pequeños puntitos blancos y la mujer tomó varias muestras.
—Son pupas de mosca azul —aclaró el forense mientras se acercaba con una pantalla de plástico a examinar de cerca el jersey—. Esto puede sernos de gran utilidad para acotar fechas.
Ricardo tomó unas pinzas y las introdujo por el orificio nasal del cadáver, extrayendo otras pupas vacías, solo que de mayor tamaño. Los capullos habían servido de tapón para una larva que salió de forma agitada por el orificio nasal .
Beloki contuvo una arcada. Apartó la cara en cuanto sintió el contenido de su estómago empujar hacia arriba.
— ¿Se encuentra bien, subinspector? —preguntó Raquel—. Puedo acompañarle fuera.
Beloki hizo un gesto con la mano para que continuaran. Una oleada de calor le hizo romper a sudar . Crispín no se rio en ningún momento, pero a Beloki le pareció que sus ojos disfrutaban de la situación.
Raquel terminó de retirar el delantal, el jersey, los zapatos y los pantalones.
El cadáver quedó desnudo y todos pudieron contemplar el horror de un cuerpo en aquel estado.
Un nido de decenas de larvas se movía de forma caótica sobre el abdomen, alimentándose de la carne que había quedado más protegida del cuerpo y de los restos de órganos.
La arcada esta vez se abrió paso hasta la laringe y Beloki no pudo hacer nada por contenerla.
Salió apresuradamente de la sala en dirección al baño de los vestuarios.
Parte del vómito no pudo esperar y quedó estampado contra su mascarilla.
Se la retiró, asqueado, respirando agitado.
Estaba de rodillas frente a la taza del váter.
Crispín tocó con los nudillos a la puerta y pasó sin esperar respuesta para ver cómo se encontraba su compañero. Beloki le observó un momento con la mascarilla en la mano y los ojos inyectados en sangre.
—Habla con Ricardo y dile que pediré el informe de la autopsia al juez —dijo el subinspector—. Creo que ya he visto suficiente.