El pacto de las sombras (Inspectora Julia Arrondo 3) Pamplona, junio de 2024
13%

Pamplona, junio de 2024

—Joder, Aitor, es que no puedes llegar siempre tarde.

—Ya lo sé —dijo a la carrera—. Llego en dos minutos. Estoy entrando en la plaza del Ayuntamiento.

—Entonces te cuelgo, que voy a empezar por aquí —resolvió Leyre.

Era el día de la inauguración, y Aitor apenas había podido pegar ojo.

El revoltijo de emociones lo había mantenido en vela.

Sabía que siempre podía abandonar todo y recuperar su antiguo puesto como ingeniero, pero esa era una opción que formaba parte del pasado.

Tras la muerte de Mario, había encontrado re fugio en Julia y en los libros.

Ahora que la inspectora estaba fue ra, aquel proyecto lo mantenía vivo e ilusionado.

Además, Leyre se había implicado tanto que ahora él tampoco podía, ni quería, dejarla tirada.

El legado de su hermano no podía haber caído en mejores manos.

Aquello suponía, de alguna forma, honrar su m emoria y reparar muchas cosas.

Entre ellas, la culpa por no haber sabido acercarse a él.

Aitor atravesó la plaza casi al trote, con las bolsas repletas de carteles y otros elementos de papelería para vestir el local en el día de su puesta de largo. La inauguración estaba prevista para dos horas después y aún había mucho trabajo por delante.

Al doblar la esquina, vislumbró una guirnalda de globos gigante y una pequeña muchedumbre en la puerta de la librería.

—¡Sorpresa! —gritaron al unísono , alzando sus copas de cham pán.

Él se quedó inmóvil. Miró hacia atrás, como si aquello no fuera con él, buscando a cualquier otro afortunado, lo que despertó una oleada de risas entre la gente. Leyre estaba en medio, sonriendo, mientras hacía un brindis en su dirección, animándole a acercarse.

La madre de Aitor salió de entre el tumulto.

—Ay , hijo, no podía más. Casi se me escapa el otro día. Qué torpe, por Dios —dijo mientras lo rodeaba con los brazos.

Él permaneció con la boca abierta y los brazos hacia abajo, sujetando las bolsas.

—¿Estás bien? ¿Te hemos asustado? —su madre frunció el ceño .

—No… Quiero decir, sí… Es que no lo esperaba —tartamudeó.

Ella le respondió con una risita y lo arrastró hacia el gentío, que comenzó a fundirse en abrazos y besos con él.

Todos le daban la enhorabuena , reían y le propinaban pequeñas palmaditas en la espalda.

Era una oleada de amor tan inesperada como cálida que poco a poco fue desentumeciendo sus músculos hasta ponerle en marcha de nuevo.

Leyre llegó con una copa de champán y una sonrisa cegadora.

—Sorpresa —le susurró al oído besándolo en la mejilla.

Él dio un sorbo y se quedó mirándola durante un momento.

—Eres de lo que no hay.

—Me tomaré eso como un cumplido .

—Gracias, de verdad. No tenías por qué.

— Me apetecía. Además, sabía que no podía confiar el día de la inauguración a tu puntualidad británica.

Aitor observó a su alrededor.

—Joder, si ha venido gente que no veía desde el instituto. ¿Y ese de allá es … el alcalde?

Leyre asintió, mientras miraba discretamente por encima de la copa.

—Es un coleccionista de primeras ediciones, me lo chivó una amiga periodista. Nos puede venir muy bien para ganar visibilidad. Luego te lo presento.

—Vale , pero no me hagas hablar mucho rato —se ruborizó—. ¿Y eso? —señaló un photocall en el interior de la librería con unas chicas sacándose un selfi.

—Son influencers del mundillo de los libros. Las he invitado. Nos va a costar un pico, pero te aseguro que van a poner las redes y la web a tope desde el minuto uno.

—Eres increíble. —Le dio un abrazo—. No sé cómo voy a poder agradecerte todo esto .

—No es nada. Yo vivo de esto y a ti se te da fatal, hacemos un buen equipo —le guiñó un ojo—. Venga, tira para allá, ve a saludar al resto de la gente.

—Ese es… ¿ Raúl? ¿Raúl Alzórriz?

Ella asintió, sonriendo.

Aitor cabeceó, feliz, resignado ante el despliegue de la pelirroja.

—Gracias —reiteró mientras se mezclaba con el gentío.

El día aún encerraba alguna sorpresa más.

Un catering a base de recetas incluidas en libros, como el plato de duelos y quebrantos , a base de chorizo y morcilla, de El Quijote ; o una reinterpretación de los garbanzos de Fortunata y Jacinta .

Después , en el postre, llegó el momento más emotivo, cuando Leyre dio un breve discurso sobre la importancia del legado de las personas, de dar una nueva vida a los objetos y de las diferentes formas de honrar el pasado y nuestras raíces.

Como colofón, proyectaron un vídeo donde la familia y los amigos deseaban lo mejor para esta nueva etapa .

En la calle, algunos curiosos preguntaban por el negocio recién estrenado. Aitor se sentía como en una burbuja. Sacó el móvil para llamar a Julia. A aquella hora de la tarde la inspectora ya debía de estar en pie.

El móvil sonó un par de veces mientras intentaba adecentarse el pelo con el reflejo de la pantalla. Sus ojos brillaban como no lo hacían desde hacía mucho tiempo.

Julia respondió a la videollamada al tercer tono. Estaba sentada en la oficina. Se la veía de lado, enfrascada en el ordenador, mientras se sujetaba la barbilla, pensativa, sin dejar de mirar a la pantalla.

—Hola, cariño —musitó ella, sin mirar al móvil.

—¿Estás trabajando ya? —preguntó Aitor, con una súbita oleada de tristeza.

— Ujum. —Julia no se percató de cómo se apagaba la cara de Aitor.

Un estallido de risas en la librería alertó a la inspectora. Miró la pantalla y se llevó la manos a la boca.

—Dios… Era hoy, ¿verdad?

—Sí —respondió, escueto—. Han organizado una fiesta sorpresa y…

—Lo siento, yo… —Se llevó las manos a la frente—. Hoy he venido antes a la oficina y se me había pasado por completo. Estaba con la documentación del viaje a Molucas.

—No pasa nada. Como no te he visto en el vídeo había pensado que igual…

—Mierda, soy un desastre. —Se tap ó la cara con las manos—. ¡Perdón, perdón, perdón! Leyre me avisó para que me grabara, pero con el jaleo de estos días se me ha pasado. Lo siento mucho , de verdad.

—No importa.

Se produjo un silencio roto por las risas y la música que se oía del lado de Aitor.

—¿Qué tal está yendo la fiesta?

—Muy bien —respondió con melancolía, buscando un lugar con mayor privacidad y menos ruido—. Está el alcalde y ya ha aparecido en algunas cuentas de redes sociales que…

«¡Julia!», se oyó en la oficina de la inspectora.

Ella se giró y gritó algo en inglés.

—Es Mark —aclaró—. Tenemos una reunión ahora.

— Si tienes trabajo, hablamos en otro momento.

—No, de verdad, quiero saber qué tal ha ido el día.

Él comenzó a relatarle las sorpresas que se habían ido sucediendo. Julia lo escuchaba atenta, pero Aitor percibía una cierta tensión por terminar cuanto antes.

—Qué bien —dijo ella, finalmente—. Parece que ha salido todo a pedir de boca. Me da mucha pena no estar allí.

—A mí también. Te echo de menos. ¿Tú qué tal?

—Bien, bien… ¿Te acuerdas de lo que habíamos encontrado bajo el suelo submarino? Son restos de una quilla — anunció, emocionada—. Puede que estemos muy cerca. Es la mayor pista en los últimos cincuenta años.

—Entonces a por todas.

Ella asintió.

—Tengo que dejarte. Mark me est á esperando. Hablamos pronto, ¿vale? Venga, disfruta mucho de la fiesta. Seguro que te están echando en falta dentro.

— Te quiero.

—Yo también.

La imagen de Julia se perdió de golpe. Aitor se quedó un momento mirando los adoquines de la calle.

Alguien le estiró de la camiseta por detrás. Era Leyre.

—Tengo al alcalde a tiro. Venga, vamos.

Obediente, tomó aire y guardó el móvil en el bolsillo. Resultó que aquel tipo era bastante conversador y afable, así que el mal trago pasó rápido.

El resto del día se sucedió entre risas, música y las primeras ventas.

Varias personas se interesaron por el nuevo local.

Leyre les mostró la zona con mesitas para leer , tomar café y unos enormes cojines.

Era un espacio destinado a redescubrir el valor de lo antiguo, y Aitor no podía evitar pensar en la ironía de aquel pa ralelismo con el proyecto de Julia.

Sabía que era importante para ella y quería respetarla, pero la echaba de menos y la notaba cada vez más lejos, aunque se encontrara a la misma distancia.

La tarde llegó a su fin y los invitados abandonaron el lugar poco a poco. Leyre sacó un par de escobas y regañó a la madre de Aitor cuando esta insistió en quedarse para ayudar a limpiar.

— Tú te marchas, que todavía tenéis un rato de viaje hasta el pueblo. Nosotros nos encargamos.

El padre de Aitor se encendió un cigarro en el local.

—Pap á, es una librería. Es el lugar menos indicado para fumar. Además, ¿tú no lo habías dejado?

El otro se encogió de hombros.

—Me parecía que hoy había que celebrar —se excusó, lanzando la colilla a la calle mientras su esposa le reprendía.

—Ahora lo barremos nosotros —dijo Leyre, casi empujándolos hacia la salida—. Gracias por venir.

—Gracias a ti, chiquilla, que vales oro —replicó la madre, con los ojos vidriosos.

—Mamá, por favor, no te eches a llorar ahora.

—Ay, hijo, es que ha sido un día muy bonito.

Aitor abrazó a sus padres y les despidió. Se quedaron Leyre y él solos en el local, con una capa de confeti cubriéndoles los pies y algunos globos desinflados.

La pelirroja revisó la caja registradora y anotó algo en el libro de cuentas.

—No ha estado nada mal para un primer día —anunció, contenta—. ¡Esto no ha hecho más que empezar!

Aitor dibujó una sonrisa triste y se dejó caer en uno de los cojines del suelo.

—¿Estás bien? —Leyre tomó un pequeño paquete y se sentó a su lado.

—Sí, un poco cansado, pero muy contento. De verdad que no sé ni qué decir para darte las gracias.

—Como sigas dándome las gracias voy a sellarte la boca con cinta adhesiva . Toma. No he encontrado un momento mejor —le tendió el paquete.

—Leyre… —balbuceó, cabizbajo.

Ella se llevó el dedo índice a la boca por toda respuesta.

Aitor sonreía, resignado, mientras desenvolvía el regalo. Era una edición antiquísima de Moby Dick .

—Oh… Esta es la novela que usábamos tu hermano y yo para esconder aquellos papeles durante el verano de las colonias… —confesó, emocionado.

— Lo sé. Mario me lo contó. Por eso me parecía el mejor regalo para el día de hoy.

Aitor la estrujó en un abrazo. Ella protestó con una llave de judo improvisada. Ambos se resbalaron de los cojines y acabaron con el trasero en el suelo, envueltos en una amalgama de brazos, piernas, risas, confeti y la historia del viejo Ismael.