Ecay de Lónguida, junio de 2024
—No sé, Ibai. No sé si tengo cuerpo para esto.
—Este sitio no es como los demás. Confía en mí.
Amaia permaneció un momento en silencio, valorando la situación.
No tenía ganas de conducir de vuelta a Vitoria.
—Vale. Pero solo un rato. Y tú vas primero.
El chico la tomó por la mano y la condujo a través de un camino de tierra que comenzaba a las afueras de su pueblo.
Anduvieron apenas unos minutos, sin pronunciar palabra, hasta que oyeron el rumor del caudal.
La luz del atardecer se reflejaba en el río y proyectaba diamantes dorados que bailaban sobre la superficie del agua.
Una nube de mosquitos levitaba a su alrededor como una banda de estorninos microscópicos.
Justo al lado vieron los primeros cascotes y cimientos derruidos .
En su día, la fábrica había contado con acceso directo al río, su principal medio de transporte durante mucho tiempo.
Enseguida apareció la enorme chimenea de ladrillo, símbolo de la prosperidad de otra época y que ahora demostraba la decadencia de lo que un día había sido una de las industrias más prósperas de la zona.
El aserradero de Ecay era el sitio al que le gustaba volver cuando todo se torcía. Tan solo un retazo industrial engullido por una vegetación inexorable que proporcionaba calma, paz y seguridad a Ibai cuando ya no le quedaba ningún otro lugar donde refugiarse.
No tuvieron que analizar el terreno ni examinar los alrededores. El edificio estaba abierto a la naturaleza, invadido por la luz, semejante a un santuario.
Amaia contuvo la respiración y tembló un poco al atravesar el umbral.
No podía volver a suceder.
Un cadáver siempre es demasiado. Dos, algo improbable. Tres sería una auténtica locura.
Ibai pareció leerle el pensamiento y le apretó la mano con fuerza, al igual que aquella terrible noche en Izarra. Ella reconoció el gesto y sonrió a duras penas . La guio a través de la nave principal hasta una puerta de la que solo quedaba el marco.
Amaia se quedó sin palabras.
Aquella habitación tenía pinta de oficina de otro tiempo.
Le faltaba una pared y en su lugar habitaba un árbol cuyas ramas penetraban hasta el mismísimo escritorio.
El resto de los muros estaban cubiertos de hiedra mullida y espesa.
Detrás de la mesa, oculta por las hojas de las ramas, asomaba una butaca marrón con remaches metálicos, raída por el tiempo y por la fauna.
Las chicharras llenaban el ambiente de un zumbido acogedor, casi místico .
Ibai se acercó a una esquina y levantó una piedra. Debajo se escondía una pequeña nevera de camping, encajada en la tierra. El chico sacó dos latas de cerveza. Le lanzó una Amaia y la invitó a sentarse en el sillón.
—Lo traje hace un par de semanas. Está limpio.
—¿Y esto? —preguntó, todavía asombrada, mostrándole la lata.
—Suelo escaparme bastante aquí y me gusta tener provisiones. Esta neverita me ha hecho más de un apaño.
—Tengo miedo, Ibai —confesó tras el primer trago mientras se repantingaba en el sofá.
— No ha sido un día bonito —admitió.
—Xabi me ha llamado hace un rato. Estaba preocupado. Siempre que me voy de abandonos le aviso, por si acaso.
—¿Y se lo has contado?
—No he tenido otra opción. Se ha puesto como un loco.
—Supongo que es normal.
Ambos dieron otro trago, pensativos.
— ¿Habías visto un cadáver alguna vez? —preguntó ella.
Él negó con la cabeza.
—Bueno… De pequeño vi a mi abuelo. Pero creo que eso no cuenta… Lo de Izarra fue algo… distinto. ¿Y tú?
—Nunca. Xabi me contó que un chico con el que salían de exploración en Valencia una vez vio un ahorcado.
— Guau… —susurró, encogido.
—Sí. Es algo que nunca había pensado que pudiera pasarme a mí. A nosotros. Y sin embargo… En apenas tres meses… —c omenzó a temblarle la voz—. No sé si voy a ser capaz de volver a entrar a otro sitio.
—Acabas de hacerlo —dijo él aproximándose y dándole un apretón en el hombro —. Es normal estar asustados. Yo también lo estoy. Va a ser una imagen difícil de olvidar.
Ella hundió la cara en el regazo. Emitió un hipido. Él se agachó hasta ponerse a la altura de sus ojos y borró sus lágrimas con el pulgar. Se quedaron mirándose durante un momento. Y, sin saber muy bien por qué, se besaron .
Fue un beso ávido, apasionado. Con un gesto rápido, ella se recostó sobre el escritorio, desabrochándose los pantalones.
La cerveza dejó un charco sobre la mesa mientras rodaba y caía al suelo.
Él se bajó los pantalones y comenzaron a moverse con rabia, con ansia, como si fuera una carrera por huir de los recuerdos que los acechaban.
El vaivén de los cuerpos agitaba el maltrecho mueble y el pelo de Amaia se mezclaba con el polvo y los restos de la bebida, pero parecía no importarles.
Los gemidos se entrelazaron con el rumor de la naturaleza y terminaron antes de lo que les hubiera gustado.
Ibai, aún temblando , se dejó caer sobre ella, apoyando la mejilla en su vientre, exhausto. Amaia le acariciaba el pelo y respiraba con calma.
—Espero que tu primo no se enfade conmigo —susurró, sonriendo.
—No digas tonterías. Él no es así. Solo se preocupa por mí.
—Lo sé. Jon, en cambio…
Amaia suspiró.
—No lo trago.
—¡No me digas! —bromeó—. No se te nota nada.
Ella le asestó un capón cariñoso.
—Yo creo que le molas.
—Pues va listo…
Ibai alzó un poco la vista hasta cruzar miradas.
—Me gustas mucho, Amaia Bergara.
Ella se incorporó, le sujetó la cara con ambas manos y lo miró de frente.
—Y tú a mí, Ibai Matute. Pero prométeme que no veremos más cadáveres juntos.