El pacto de las sombras (Inspectora Julia Arrondo 3) Pamplona, junio de 2024
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Pamplona, junio de 2024

Ozcoidi fue el primero en llegar. El ambiente de la oficina aún estaba cargado del día anterior, pero abrir las ventanas, incluso temprano, era desaconsejable.

Probó a encender el aire acondicionado. Seguía sin funcionar, así que lo intentó de nuevo con el ventilador , que arrancó con un zumbido progresivo hasta llegar a las revoluciones adecuadas.

Satisfecho con aquel espejismo de frescor, preparó algunos papeles sobre la mesa para sus compañeros y fue a por un café.

Al volver, mientras soplaba el vaso de cartón forjado en las entrañas del infierno, se encontró con Aguirre.

—Buenos días, compañero —saludó, con una sonrisa.

—Veo que te has adelantado con el café . ¿Aún no ha llegado Beloki?

Ozcoidi negó con la cabeza. Su compañero chasqueó la lengua mientras murmuraba algo.

— ¿Qué dices…? —preguntó el joven.

—Que espero que no se le hayan pegado las sábanas.

—¿A Beloki? ¡Pero si es él quien pone las calles!

—Pues ya ves.

El chico frunció el ceño.

— Oye, ¿os pasa algo? Últimamente estáis a la gresca todo el rato.

—Buenos días —interrumpió el subinspector, que entraba acelerado—. Disculpad, he tenido que llevar a mi hija a un examen, que llegaba tarde. ¿Empezamos?

Los tres se sentaron alrededor de la mesa con el proyector, el portátil y varios papeles. Beloki tomó el lugar donde solía colocarse la inspectora Arrondo.

—Sugiero comenzar por los indicios y luego pasar a las hipótesis.

¿Bien? —Sus compañeros asintieron—. El laboratorio se ha dado prisa esta noche .

Han confirmado que el ADN del cadáver coincide con el de Carla Moreno, así que podemos afirmar que se trata del padre, Rufino Moreno .

Luego me acercaré a hablar con el forense para ver qué más puede contarme.

Hay que hablar con Carla y confirmarle la noticia.

¿Te encargas tú? —pidió a Ozcoidi, que aceptó en silencio—.

Sobre la víctima, esto es lo que sabemos por ahora: tenía setenta y tres años y era viudo, aunque, por lo que mencionó la propia Carla, parece que llevaba tiempo separado de su mujer. No se le conoce más descendencia.

—¿Profesión?

—Su familia era la propietaria del balneario de Belascoáin. Rufino figura en el registro público como dueño de una fábrica de colchones que se quemó en 2014 .

—Unos negocios algo dispares, ¿no? Bueno, los colchones le vendrían bien para el balneario —bromeó Aguirre.

—¿ La fábrica se quemó? ¿Qué ocurrió? —preguntó Ozcoidi.

— No está claro, pero por eso mismo me gustaría indagar un poco más. ¿Puedes encargarte? Cualquier cosa relacionada con el balneario, la fábrica o algún otro negocio donde figure su nombre.

—Me lo quedo —respondió el agente, entusiasmado.

—Aguirre, enciende el proyector.

La luz produjo una nebulosa blanca en la sala.

El aparato emitió un zumbido y los tres se quedaron mirando la pantalla.

El silencio flotaba como otra partícula más en el aire.

Poco a poco , un plano general de la cocina de Rufino comenzó a dibujarse en la pared.

En el centro de la imagen apareció la mancha oscura bajo el cuerpo sin vida y el resto de los elementos que acompañaban la cruel instantánea .

—Bien, esta es la escena principal. El cadáver está vestido y maniatado, con los codos sobre la mesa. Lleva puesto el delantal, como si le hubieran sorprendido cocinando.

—¿Vivía solo?

—Tendremos que averiguarlo.

—¿Y las bridas?

—Eso nos lleva a descartar el suicidio, a priori .

—Quizá le torturaron de alguna forma con la comida, como en Seven —sugirió Aguirre.

—Puede — admitió Beloki—, pero tampoco es que hubiera muchos residuos —murmur ó mientras cambiaba de diapositiva—. Si recordáis, esto es lo que había en la nevera.

Una sucesión de fotos mostró una olla con restos de pasta con tomate, un paquete de jamón enmohecido, queso y unos yogures de coco.

—¿Quién compra yogures de coco? —ironizó Aguirre—. Ni siquiera él llegó a comérselos.

Beloki frunció el ceño y continuó pasando imágenes donde se veían latas de cerveza.

—Parece el menú de un piso de estudiantes — susurró para sí mismo.

—¿Puede que fuera una indisposición? ¿Infarto? —elucubró Aguirre.

—Ya, claro. ¿Y lo de las manos atadas?

—Puede que lo asaltaran mientras estaba haciendo la comida y lo ataron así mientras registraban el resto de la casa.

—La puerta no estaba forzada —señaló Beloki—. Ni siquiera los chavales tuvieron problema para acceder. Hablaré con el forense para comprobar si la comida puede estar relacionada con cómo murió.

El subinspector continuó revisando las imágenes.

Planos del cadáver, detalles de la cara, manos, cuerpo y ropa; vajilla encima de la mesa.

Fotos del salón, de los dormitorios y de algunos objetos.

De pronto, se toparon con la instantánea de una tarjeta de visita.

Entrecerraron los ojos para intentar leer el texto mientras Aguirre la ampliaba.

—« VIP Lady’s» —recitó Ozcoidi—. ¿Ese no es el puticlub que está en la carretera de Donosti?

—Se encuentra a dos kilómetros de la casa —asintió Beloki—. La tarjeta estaba en el dormitorio principal, sobre la cómoda. Teniendo en cuenta lo que encontramos en la buhardilla, puede que Rufino fuera cliente o que contratara a chicas para recibirlas en casa.

—Seguro que se montaba la fiesta allí mismo. Material no le faltaba —añadió Aguirre.

—Igual puedes acercarte hasta allí y preguntar —sugirió Beloki.

—¿Al puti? —se revolvió, incómodo.

—Claro.

—Bueno. Vale .

—¿Algún problema?

—No.

—Pues no lo parece.

Aguirre frunció el ceño y se cruzó de brazos .

—Es que a Elisa no le va a hacer ni puta gracia que vaya allí.

—Joder, pues no se lo cuentes.

—Ya, pero es que yo le cuento todo.

—Eres consciente de que hay cosas que forman parte de una investigación y deben quedarse dentro del equipo, ¿verdad?

—Si queréis, puedo ir yo —se ofreció Ozcoidi.

—No —cortó el subinspector—. T ú encárgate de investigar los negocios de Rufino, yo voy a la autopsia, y Aguirre, al puticlub.

El muchacho asintió .

—¿Estamos de acuerdo? —insistió Beloki, mirando a Aguirre.

—Estamos —replicó de mala gana.

—Voy a pedir un registro de las llamadas telefónicas y de los movimientos bancarios. Espero que el juez no me ponga mu chos problemas —comentó tomando notas.

—¿Quién se encarga de la instrucción? —preguntó Aguirre, aún molesto.

—Hornillos .

—Puf, va a estar más áspero que una lija. La última vez tuvo que dar muchas explicaciones con lo del crimen de Viana. Julia le sacó los colores.

—Julia no está aquí —replicó Beloki, sin alzar la vista.

—Sí, de eso ya me he dado cuenta.

El subinspector continuó pasando diapositivas, sin mediar palabra .

Dio con un portarretrato con la foto de un hombre con tres chicas jóvenes en un entorno natural, con un edificio al fondo.

Tenían al lado un monumento de piedra que imitaba un pequeño retablo.

Las hombreras, la ropa holgada y los peinados los situaban en los años ochenta o noventa.

—¿Creéis que es él…? ¿Rufino? —preguntó Ozcoidi.

—Es muy posible.

—La chica de la derecha se me hace familiar —murmuró Aguirre.

—Igual son señoritas de compañía y por eso te suenan —brome ó Ozcoidi.

Aguirre le asestó un codazo, disgustado.

—No había más fotografías en toda la casa. Puede que sea Carla con unas primas —sugirió Beloki.

—Si es la única foto que había allí, debía de ser importante para él.

Siguieron examinando el dormitorio principal. Sobre el galán de noche había un polo con un escudo bordado .

—Es de Ardandegi —dijo Beloki, ampliando el emblema.

—¿La sociedad gastronómica?

—Sí. Es un polo exclusivo para los miembros. El primo de mi mujer es socio . Podrías pasarte al salir del… club —tanteó Beloki.

Aguirre resopló y asintió.

La siguiente diapositiva era una gran aspa negra con grilletes y otro tipo de ataduras.

—Entramos en terreno experto —Beloki pronunció con cierto retintín esta última palabra—. ¿Algo que aportar?

Aguirre y Ozcoidi negaron al unísono. Observaban con atención las atracciones de la mazmorra sadomasoquista.

—Quizá alguna de las chicas pueda ayudarnos con esta parte. Quiero decir, igual puede explicarnos para qué sirven esas cosas —matizó el subinspector—. ¿Alguna hipótesis?

—¿Sobre la buhardilla? —preguntó Aguirre.

—Sobre el caso en general.

—Lo primero que me viene a la cabeza es un móvil pasional. La puerta no estaba forzada. Una chica se pudo haber quedado a cenar después de una sesión de jueguecitos en la buhardilla, a Rufino se le fue la mano y ella se lo cargó —meditó Aguirre.

—Las habitaciones parecen más picaderos que dormitorios —siguió Ozcoidi—. Por esa casa ha pasado mucha gente. Amigos, quizá. Había colillas con restos de porros y seguro que la científica encuentra otras sustancias o cualquier otro rastro biológico.

—Puede que quisieran robarle —continuó elucubrando Aguirre.

—Sí, pero encontramos dinero y objetos de valor que no se llevaron.

Las bridas indican que lo inmovilizaron, puede que para hacerle hablar.

Y la causa de la muerte no está clara. No parece que tuviera ninguna herida de bala, contusión o incisión a simple vista.

Es como si simplemente lo hubieran dejado morir ahí.

Habrá que esperar a la autopsia. Si es que se puede recuperar algo del cuerpo —matizó Beloki—. Además, hay algo que no me cuadra.

—¿Qué es?

El subinspector reflexionó un segundo.

—¿Cuántas personas se han encontrado un cadáver alguna vez?

—Pocas, espero. —Ozcoidi parpadeó, perplejo .

—¿Y cuántas se han encontrado un cadáver dos veces?

Sus compañeros asintieron.

—Llama a la Ertzaintza y pide el atestado del colegio Izarra. Una vez es casualidad ; dos no puede ser coincidencia.